Pedro Conde Sturla
Pocos acontecimientos han sacudido a México de manera tan brutal como la Guerra Cristera o de los Cristeros, la también llamada Cristiada, cuyo escenario principal fue el estado de Jalisco y los de la región del Bajío, el centro y el oeste de México.
Fue más bien una procesión de guerras y calamidades: una guerra a la que sucedió otra guerra a la que siguió una tercera, que se remontaban a otra.
Primero, una guerra devastadora, la de la Revolución Mexicana (1910-1917), que dejó un país en ruinas y un millón de muertos, quizás mucho más, porque a la guerra se sumaron el hambre, pandemias y enfermedades que causaron más víctimas que las balas. Después de la revolución vino la Guerra de los Cristeros (1926-1929), con un saldo estimado en doscientas cincuenta mil bajas. A ésta siguió una segunda parte de menor intensidad, la segunda Cristiada (1934-1941. Ambas tenían su origen en la Guerra de la Reforma (1858-1861), en un largo y amargo conflicto entre el estado y la iglesia católica.