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viernes, 17 de julio de 2009

MÁXIMO GORKI: EL RELOJ

Pedro Conde Sturla



Máximo Gorki (1868-1936) pobló mi adolescencia de paisajes tristísimos, de páginas amargas que siempre he agradecido. En esas páginas, la terrible injusticia y el más terrible clima de la Madre Rusia conspiran contra los seres humanos en la búsqueda elemental de la elemental subsistencia. Máximo Gorki me enseñó a ver el mundo de otra manera, me hizo diferente, lo hizo con generaciones de lectores en la época en que era un escritor de culto. Nos enseñó a mirar con ojos no inocentes.

Esos paisajes tristes y fríos, esas páginas amargas son un lugar común en casi toda la literatura rusa que conozco, la más amada y admirada y trágica literatura que conozco, quizás la más auténtica y sin dudas la más sombría de todas las literaturas. La única que sólo proyecta luces a través de sus sombras.

Ahora pienso en Gogol y en su libro “Las almas muertas”, un libro que intentó quemar y quemó en parte (un poco igual a lo que pretendería Kavka). De hecho quemó el final y lo dejó “inconcluso” por amor al fuego. Pienso ahora en lo que dijo un crítico y amigo de Gogol en relación a esa obra: “Dios mío, qué triste es nuestra Rusia.” Pienso en Dostoiesvski y Tolstói, en sus novelas monumentales y en la inmensa desolación que representan. La narrativa rusa tiene como ninguna profundas raíces en un dolor nacional, en la lucha plurisecular de un pueblo digno de mejor suerte contra la opresión. Nada o poco es festivo en las obras de la gran narrativa rusa. Menos aún en las obras de Máximo Gorki. El mismo Gorki que a la larga sería una de las tantas víctimas de Stalin.

Máximo Gorki es el seudónimo de Alexéi Maxímovich Péshkov. Gorki, no en balde, significa amargura o sufrimiento. En uno de los peores momentos de su vida intentó suicidarse con un disparo al corazón. Pero Gorki tenía, por suerte, mala puntería. El disparo atravesó un pulmón y vivió para contarlo, vivió para contar las grandes tragedias, las grandes luchas del pueblo ruso, vivió para exaltar los ideales que animaban a esas luchas. Gorki, antes que Nicolai Ostrovsky en su famosa novela, mostró la forma en que “se templó el acero”.

La imagen que hoy tenemos de Máximo Gorki como hombre de su época es sobre todo la de alguien atrapado entre la rebeldía ante una triste realidad que conoció y sufrió en su propia piel y unas relaciones complicadas con el poder dictatorial al que la revolución en la que había puesto sus esperanzas estaba dando lugar. Este carácter de puente entre dos mundos es tal vez lo que mejor sintetiza su vida. Por lo que respecta a su obra, ésta permanece entre nosotros sobre todo por el retrato que su enorme talento de narrador le permitió dibujar de los años que precedieron a la revolución de Octubre, un retrato que refleja todo el dolor y también la esperanza de aquel tiempo. El impulso descarnado e indagador de su prosa, que evidencia siempre un compromiso con la transformación de la realidad, sigue mostrándosenos hoy como una contribución original y brillante a la gran literatura que el mundo necesita”. (http://www.jesusaller.com).

En el conjunto de la obra literaria de Gorki,“El reloj” es un texto fuera de serie, es un texto apacible, aparentemente apacible, que se inscribe, sin embargo, en ese “impulso descarnado e indagador de su prosa, que evidencia siempre un compromiso con la transformación de la realidad.” Es el texto de un idealista, uno de esos seres “inútiles” -como los mejores seres humanos que he conocido-, uno que no renuncia a la utopía, a lo que puede ser, “incluso al sueño de lo que puede ser”. Es un autorretrato, una invitación a la búsqueda de la felicidad a través de la lucha, de “la voluntad de hacer el bien”, de “avanzar siempre” como “objetivo de la vida”. Es uno de esos textos “que el mundo necesita”. La oración de un ateo que quiere creer en Dios.





EL RELOJ


I-Tic tac, tic, tac. En la noche, en medio del silencio y la soledad, resulta impresionante escuchar la elocuencia impasible del reloj: los golpes son monótonos y matemáticamente iguales, miden perpetuamente la misma cosa: el movimiento incesante de la vida. La oscuridad y el suelo envuelven la Tierra. Todo se calla, sólo los relojes marcan, fríos y sonoros, la huída de los segundos. Sobre el cuadrante, la aguja camina, y, sin retorno, la vida reduce segundo a segundo de una ínfima parcela del tiempo otorgado a cada uno de nosotros, un segundo que jamás volverá. De dónde vienen los segundos y adónde van: misterio. Hay otras muchas cuestiones sin respuesta, cuestiones más importantes todavía, y de cuya solución depende nuestra felicidad. Cómo vivir, cómo saberse indispensable en la vida, cómo no perder toda fe y todo deseo, cómo hacer para que ningún segundo pase sin que haya conmovido el alma y el corazón. ¿Responderá el reloj preguntas? ¿Qué dirá el reloj a estas preguntas? ¿Qué dirá, con su movimiento que no tiene fin?


III-Tic tac, tic, tac. En el movimiento incesante del reloj no hay punto fijo. ¿A qué llamamos presente? Después de un segundo nace otro que empuja al primero en el abismo de lo desconocido. ¡Tic, tac! Y ustedes son felices y he aquí que se derrama en su corazón el veneno del dolor, el cual puede permanecer allí para toda la vida, sino se esfuerza en llenar cada segundo de algo nuevo y vivo. El sufrimiento seduce, pero es un privilegio peligroso; generalmente no buscamos otro derecho que la dignidad humana. El sufrimiento está en todas partes. Nos alcanza tan fácilmente que casi no llama la atención a la gente. No vale la pena buscar el sufrimiento. Mejor llenarse el alma de preocupaciones más originales, más preciosas… El sufrimiento es un valor en crisis… La vida es más completa y más interesante cuando el hombre lucha contra aquello que le impide vivir. En la lucha, las horas fastidiosas y angustiantes pasan rápidas, desapercibidas.


V- Tic tac, tic tac. Si usted calculara su importancia según el movimiento infinito del reloj, terminaría aplastado por la conciencia de su propia nulidad… Cuando la naturaleza ha privado al hombre de la facultad de andar en cuatro patas, le ha dado en compensación el cargar una cruz: ¡El Ideal! Y, desde entonces, tiende inconsciente, instintivamente hacia lo mejor. Haga realidad este impulso, enseñe a la gente a comprender que la verdadera felicidad consiste solamente en la voluntad de hacer el Bien. La única cosa que puede hacerle pronunciar una queja es la compasión, la limosna de los pobres de espíritu. Todos los hombres son igualmente desgraciados, pero aquél que se queja de su desgracia es todavía más miserable. Son aquellos sedientos de atraer sobre ellos la atención de los otros, los que son menos dignos. Avanzar siempre es el objetivo de la vida. Que este avance sea siempre un esfuerzo que nos procure horas de pura belleza. (Fuente Post: Gorki, Máximo. En Prisión. Buenos Aires. Nuevo Siglo. 1995).


pcs, viernes, 17 de julio de 2009






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