Pedro Conde Sturla
[Henrik Ibsen (1828-1906), dramaturgo y poeta
noruego -uno de los grandes entre los grandes- era un provocador, un pirómano,
un disociador que renegaba de los valores establecidos y castigaba con virulencia
el conformismo, el oportunismo, la hipocresía.
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| UN ENEMIGO DEL PUEBLO (PDF) |
“Un enemigo del pueblo” es, en este sentido,
una obra lapidaria, la más controvertida y polémica y seguramente la más actual
por su denuncia contra la podredumbre del poder, los intereses creados, la
venalidad de los llamados medios de información al servicio de los poderosos y,
sobre todo, por la anatema solemne, la condena irrevocable contra la opinión de la mayoría, que a su juicio es el
más grande enemigo de la razón, de la verdadera libertad.
En “Un enemigo del pueblo”, Tomás Stockmann,
médico del balneario que constituye una de las mayores fuentes de ingresos y
atractivo turístico de la comunidad, descubre que sus aguas están contaminadas y representan
un grave peligro para la salud. Convoca entonces una asamblea donde plantea la
necesidad de cerrarlo provisionalmente para no poner en riesgo la vida de
cientos de personas. Pero los notables del pueblo no entran en razones, las
pruebas que presenta Stockmann son desestimadas. Stockmann es vilipendiado,
insultado.
La mayoría, el voto de la mayoría, decide que
el balneario debe seguir abierto o numerosa gente va a perder dinero, que para
muchos es algo más importante que perder vidas.
El voto de la mayoría condena a Stockmann:
“- Sí; por unanimidad, menos el voto del
borracho, esta asamblea declara que Tomás Stockmann, médico del balneario, debe ser
considerado como un enemigo del pueblo.”
Mucho de lo que dijo Stockmann para merecer
ese calificativo forma parte de los más virulentos alegatos en contra de la mayoría.
La misma mayoría que condenó a Cristo y liberó
a Barrabás. PCS]
DOCTOR STOCKMANN.
- No pienso denigrar más a nuestros
superiores; quien crea que he de seguir haciéndolo, se equivoca de medio a medio. Estoy seguro de
que todos ellos, todos esos reaccionarios, sucumbirán tarde o temprano. No es
necesario atacarlos aún para que llegue su fin, y por ende, opino que no constituyen el peligro más
inminente de la sociedad. No, no son ellos los más peligrosos destructores de
las fuerzas vivas; no son ellos los más temibles enemigos de la razón y de la libertad. ¡No! MUCHAS
VOCES.
- Entonces, ¿quiénes? ¡Diga sus nombres!
DOCTOR STOCKMANN.
- Lo haré. Precisamente es este el gran
descubrimiento que hice ayer. El enemigo más peligroso de la razón y de la libertad de
nuestra sociedad es el sufragio universal. El mal
está en la maldita mayoría liberal del
sufragio, en esa masa amorfa. He dicho.
DOCTOR STOCKMANN.
- No; la mayoría no tiene razón nunca. Esa es
la mayor mentira social que se ha dicho. Todo ciudadano libre debe protestar contra
ella. ¿Quiénes suponen la mayoría en el
sufragio? ¿Los estúpidos o los inteligentes?
Espero que ustedes me concederán que los estúpidos están en todas partes, formando una
mayoría aplastante. Y creo que eso no es motivo suficiente para que manden los
estúpidos sobre los demás. (Escándalo, gritos.) ¡Ahogad mis palabras con vuestro vocerío! No
sabéis contestarme de otra manera. Oíd: la: mayoría tiene la fuerza, pero no tiene la
razón. Tenemos la razón yo y algunas otros. Laminoría siempre tiene razón. (Tumulto.)
DOCTOR
STOCKMANN.
- Os juro que no otorgaré ni una palabra de
limosna a los desgraciados de pecho comprimido y respiración vacilante, quienes no
tienen nada que ver con el movimiento de la vida. Para ellos no son posibles la
acción ni el progreso. Me refiero a la aristocracia intelectual que se apodera
de todas las verdades nacientes. Los hombres de esa aristocracia están siempre
en primera línea, lejos de la mayoría, y luchan por las nuevas verdades, demasiado
nuevas para que la mayoría las comprenda y las admita. Pienso dedicar todas mis
fuerzas y toda mi inteligencia a luchar contra esa mentira de que la voz del
pueblo es la voz de la razón. ¿Qué valor ofrecen las verdades proclamadas por
la masa? Son viejas y caducas. Y cuando una
verdad es vieja, se puede decir que es una mentira, porque acabará convirtiéndose en
mentira. (Se oyen risas, burlas, murmullos y exclamaciones de sorpresa.) No me importa lo
más mínimo que me creáis o no. En general, las verdades no tienen una vida tan
larga como Matusalén. Cuando una verdad es aceptada per todos, sólo le quedan de vida
unos quince o veinte años a lo sumo, y esas
verdades, que se han convertido así en viejas
y caducas, son las que impone la mayoría de la sociedad como buenas, como sanas. ¿De
qué sirve asimilar tamaña podredumbre?
Soy médico, y les aseguro que es un alimento
desastroso, créanme, tan malo como los arenques salados y el jamón rancio. Esa es la
razón por la cual las enfermedades morales acaban con el pueblo.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Por Dios, señor Hovstad, no me hable usted
ahora de verdades evidentes, reconocidas por todos! Las verdades que acepta la mayoría
no son otras que las que defendían los
pensadores de vanguardia en tiempos de nuestros
tatarabuelos. Ya no las queremos. No nos sirven. La única verdad evidente es que un
cuerpo social no puede desarrollarse con regularidad si no se alimenta más que de
verdades disecadas.
DOCTOR STOCKMANN.
- Sí, en efecto, ése ha sido otro de mis descubrimientos;
sólo el liberalismo tiene valores
morales. Así, pues, conceptúo indisculpable
por parte de La Voz del Pueblo afirmar que la mayoría, únicamente la mayoría,
está en posesión de los principios del liberalismo y de la moral; que la
corrupción, la vileza y todos los vicios son patrimonio de las clases altas de
la sociedad, y que de ellas proviene toda la
podredumbre, como el veneno que corrompe y contamina el agua del balneario proviene de
las porquerías del Valle de los Molinos.
(Escándalo). El DOCTOR STOCKMANN, sin
turbarse, prosigue sus palabras, arrastrado por sus pensamientos.) La misma Voz
del Pueblo pide para la mayoría una educación superior y cabal. Pero la verdad es que, según
la tesis del propio periódico, eso sería envenenar al pueblo. He aquí una vieja
equivocación popular: creer que la cultura intelectual es contraproducente, que
debilita al pueblo. Lo que de veras debilita al pueblo es la miseria, la
pobreza, y todo lo que se hace para embrutecerle. Cuando en una casa no se barre
ni se friega el suelo, sus habitantes acaban por perder en un par de años toda
noción de moralidad. La conciencia, como los pulmones, vive de oxígeno, y el
oxígeno falta en casi todas las casas del pueblo, porque una mayoría compacta,
que es harto inmoral, quiere basar el progreso de nuestra ciudad sobre
fundamentos arteros y engañosos.

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