He pasado tres horas viendo una vieja película que me ha traído intensos recuerdos y emociones, sumergido más bien en la atmósfera cautivante de uno de los filmes más extraordinarios de la historia.
El adinerado y desencantado príncipe de Salina sale de una fiesta, apoya una rodilla en el suelo, pide al cielo que lo lleve al lugar de la eterna certidumbre. Desaparece al final con su elegancia a cuesta y su caminar felino por una callejuela.
El Gatopardo está a punto de entrar en el lugar de la eterna certidumbre.
PCS
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