Un relato del libro Ritos ancestrales
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Pedro Conde Sturla Visiblemente contrariado y aparentemente sorprendi- do, Balaguer lo miró y no lo miró, permaneció indeciso unos segundos, mirándolo y no mirándolo, cavilando. Por alguna razón pasó por alto el exabrupto de Flaubert y con- sultó en voz baja con uno de sus generales que dijo que |
no con la cabeza. El general consultó a su vez con otros generales que dijeron que no de igual manera, moviendo a uno y otro lado con gran esfuerzo y voluntad de ánimo las cabezotas, todas las cabezotas. Luego, casi al oído, el doctor Balaguer le habló a su amigo el ministro, que puso cara de asombro, cara de circunstancias, se echó hacia atrás, negó enfáticamente. Todos los funcionarios civiles y militares adoptaron entonces una actitud perpleja, aflo- jaron las mandíbulas, pestañaron al unísono, sonrieron al mismo tiempo como los chicos de un coro, se pusieron las |
–Me dicen que eso no puede ser, señor Flaubert, y lo suscribo. Vivimos en un estado de derecho donde casi todos los estamentos militares obedecen a mi mandato y nada en mi mandato autoriza tales desmanes, aunque le repito que hay fuerzas incontrolables fuera de mi poder. Le prometo que se hará una investigación. |
Flaubert se removió sobre la incómoda silla de madera en que lo habían sentado como si hubiera recibido una puñalada trasera, y tomó de nuevo la palabra para insistir, con el mayor respeto, señor presidente, pero los diarios de la tarde, programas de radio y televisión dan cuenta de las peores noticias y traen fotos de incontables víctimas. Víc- timas de las llamadas fuerzas del orden, señor presidente. ¿Es que no pueden controlarse esos desmanes? |
El Presidente permaneció esta vez más o menos imper- térrito, se limitó a hacer un gesto gazmoño, perpendicular, |
bilioso, desangelado. Se dirigió a Flaubert con intención
piadosa y puso un rostro triste con pretensión beata.
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–Generalmente no tengo tiempo para prestar atención a periódicos y noticias. Soy un hombre ocupado, señor Ramírez. |
Flaubert se quedó de una pieza al escuchar aquel ra- zonamiento que lo indignaba y desapatrillaba a la vez. Se dejó llevar por la ira. |
–Con el mayor respeto, señor presidente, pero me pa- rece una excusa muy pobre para desentenderse de los gran- des males del país. |
Balaguer golpeó enérgicamente con la mano abierta en el brazo derecho de su sillón ejecutivo y se dio por ofendi- do, muy ofendido, y al mismo tiempo levantó la voz que adquirió un tono agudo, muy agudo y rasgado. |
–Eso es una infamia– dijo con un esfuerzo solemne que le aflojó las tripas. –Mida usted sus palabras, señor Ramírez. |
Era el característico golpe de escena que tantas veces le había salido bien en televisión y ante multitudes enervadas por el fanatismo, cuando fingía ser un hombre de recia reciedumbre, cuando cantaba como gallo que ponía como gallina, al decir de Juan Bosch respecto a otro personaje: El típico cacareo del presidente hembra. |
De inmediato acudió a su lado el ministro Aníbal Paéz, el alto funcionario que le cambiaba los pampers y limpia- |
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ba las nalguitas cuando se ensuciaba. El solícito servidor acercó la nariz, hizo una somera inspección visual. Algo olió el alto funcionario que no le pareció aceptable, aun- que tampoco al parecer revestía mayor gravedad. Además el presidente lucía evidentemente irritado. No era el caso de importunarlo en ese momento y decirle que pronto necesitaría un cambio de pañales. |
El rostro bilioso y desangelado de Joaquín Amparo Balaguer Ricardo ponía en evidencia su talante hemofíli- co, al amante de la sangre que derramaban a raudales sus sicarios. Sicarios que tenían carta blanca para ejecutar a sus adversarios de izquierda, de derecha, de centro, a pe- riodistas que criticaban su régimen, a miembros de clubes culturales, a familias enteras que no escuchaban la voz de alto al pasar en sus vehículos por un retén militar, a pordioseros que se desplomaban de inanición en la calle, a vulgares ladrones, a transeúntes trasnochados, a obreros que salían a deshora del trabajo, a borrachos que dormían en bancos de parques. Carta blanca, en fin, para disparar primero y preguntar después. |
La sangre era una vía de ascenso en el escalafón policial y militar. Se ascendía de rango por el número de cadáveres acumulados, y algunos de sus mejores oficiales tenían más de cien. Nadie como él permitía, aprobaba, autorizaba a priori y con tanta ligereza matar por matar. Matar por matar fue siempre su razón de estado. Matar y, sobre todo, garan- tizar la impunidad. Sin impunidad no era negocio matar o |
robar. Castigar, para gobernar, no era provechoso. Castigar a un asesino –o a un ladrón de cuello blanco– fue siempre cosa contraria a su moral, si acaso alguna vez la tuvo. |
Flaubert sufrió un escalofrío, un corrientazo brutal de la cabeza a los pies. La imagen del abuelito dulce y sua- ve, la imagen que tenía de Balaguer, se había desvanecido por completo. Frente a él estaba aquel siniestro personaje, tan lánguido, tan leve, tan sublime, curtido en el ejercicio demoníaco del poder. Y estaba allí Flaubert en medio, ro- deado de matarifes con uniforme y sin uniforme. Ahora comprendía lo que al principio le había parecido confuso, los gestos de impaciencia, de intolerancia y de odio que en sus rostros se dibujaban y desdibujaban, y decidió no tentar su suerte más allá de lo prudente, aunque de hecho |




Sencillamente ganial...Pedro te lo repito ....eres genial
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