Pedro Conde Sturla
3 de septiembre de 2012
[Tres pequeños grandes libros sacudieron las ideas y la moral
del Renacimiento. La “Utopía” de Tomás Moro, el “Elogio de
la locura” de Erasmo de Rotterdam y la obra póstuma de Nicolás
Maquiavelo, “El príncipe”, famosa entre todas las famosas y la
más digna –o indigna- de antología por el valor en
sí de la pieza.
Todas gravitan sobre el pensamiento universal, aunque muy pocos
las conocen más que de nombre, salvo los políticos ilustrados, y
generalmente malvados, que de ella se nutren.
Todavía se discute si Maquiavelo fue un cínico que propuso una
tesis para gobernar al margen de la moral y la ética, o si quiso
denunciar una práctica aberrante, o quiso dejar un manual para el
mejor de todos los gobiernos.
De hecho lo que hizo fue fundar la ciencia política. Teorizar,
trasponer desde el terreno de la práctica al terreno de las ideas,
como decía mi profesor de historia del arte moderno: Julio Carlo
Argán.
Una ciencia se constituye a partir del establecimiento de un
dominio (además de un objetivo y un método propios) y eso fue lo
que hizo Maquiavelo.
“El mérito fundamental de Maquiavelo consistió en su
habilidad para estructurar una teoría política con base en las
experiencias cotidianas, al margen de toda concepción
idealista. “El príncipe”, su obra maestra, ha
tenido una trascendencia universal por constituir un verdadero
manual para el ejercicio del poder. Se dice que, a lo largo de la
historia, ha sido el libro de cabecera de Napoleón, Richelieu y
muchos otros grandes políticos y estadistas.
“No es de extrañar la amoralidad del celebérrimo libro si se
toma en cuenta que Maquiavelo fue secretario de César Borgia, a
quien puede considerarse su principal inspirador. En efecto, el
escritor florentino estuvo al lado de César cuando éste convocó,
con pretextos amigables, a los capitanes que habían rehusado
servirle, y en seguida los mandó degollar. Maquiavelo redactó un
minucioso informe sobre aquel trágico episodio, donde ya se
advierte su manera de separar tajantemente la política y la
moral.”
Uno de los capítulos fundamentales de “El príncipe”, que
aquí se reproduce a continuación, trata sobre el deber y el modo
en que los príncipes deben cumplir sus promesas una vez
que han cambiado las circunstancias en que se vieron comprometidos
a hacerlas.
Más adelante veremos, con el correr de los tiempos, si el nuevo
príncipe dominicano se atiene a lo prometido o cambia de
opinión en el ejercicio del poder. Si se mantiene fiel a sus
palabras. O bien si se comporta igual que el ex monarca
constitucional, el de hablar soso y amanerado, el informal y
descarado que no cumplía ni con el horario. PCS]
Capitulo XVIII
DE QUE MODO LOS PRÍNCIPES DEBEN CUMPLIR SUS PROMESAS
Nadie deja de comprender cuán digno de alabanza es el príncipe
que cumple la palabra dada, que obra con rectitud y no con doblez;
pero la experiencia nos demuestra, por lo que sucede en
nuestros tiempos, que son precisamente los príncipes que han hecho
menos caso de la fe jurada, envuelto a los demás con su
astucia y reído de los que han confiado en su lealtad, los únicos
que han realizado grandes empresas.
Digamos primero que hay dos maneras de combatir: una, con las
leyes; otra, con la fuerza. La primera es distintiva del hombre; la
segunda, de la bestia. Pero como a menudo la primera no basta, es
forzoso recurrir a la segunda. Un príncipe debe saber entonces
comportarse como bestia y como hombre. Esto es lo que los antiguos
escritores enseñaron a los príncipes de un modo velado cuando
dijeron que Aquiles y muchos otros de los príncipes antiguos
fueron confiados al centauro Quirón para que los criara y
educase. Lo cual significa que, como el preceptor es mitad bestia y
mitad hombre, un príncipe debe saber emplear las cualidades de
ambas naturalezas, y que una no puede
durar mucho tiempo sin la otra. De manera que, ya que se ve
obligado a comportarse como bestia, conviene que el
príncipe se transforma en zorro y en león, porque el león no
sabe protegerse de las trampas ni el zorro protegerse de los lobos.
Hay, pues, que ser zorro para conocer las trampas y león para
espantar a los lobos. Los que sólo se sirven de las cualidades del
león demuestran poca experiencia. Por lo tanto, un príncipe
prudente no debe observar la fe jurada cuando semejante observancia
vaya en contra de sus intereses y cuando hayan
desaparecido las razones que le hicieron prometer. Si los
hombres fuesen todos buenos, este precepto no sería bueno; pero
como son perversos, y no la observarían contigo, tampoco tú debes
observarla con ellos. Nunca faltaron a un príncipe razones
legitimas para disfrazar la inobservancia. Se podrían citar
innumerables ejemplos modernos de tratados de paz y promesas
vueltos inútiles por la infidelidad de los príncipes. Que el que
mejor ha sabido ser zorro, ése ha triunfado. Pero hay que saber
disfrazarse bien y ser hábil en fingir y en disimular.
Los hombres son tan simples y de tal manera obedecen a
las necesidades del momento, que aquel que engaña con arte
encontrará siempre quien se deje engañar. Pero es menester saber
encubrir ese proceder artificioso y ser hábil en disimular y en
fingir.
No quiero callar uno de los ejemplos contemporáneos. Alejandro
VI nunca hizo ni pensó en otra cosa que en engañar a los hombres,
y siempre halló oportunidad para hacerlo. Jamás hubo hombre que
prometiese con más desparpajo ni que hiciera tantos
juramentos sin cumplir ninguno; y, sin embargo, los engaños
siempre le salieron a pedir de boca, porque conocía bien esta
parte del mundo.No es preciso que un príncipe posea todas las
virtudes citadas, pero es indispensable que aparente poseerlas. Y
hasta me atreveré a decir esto: que el tenerlas y practicarlas
siempre es perjudicial, y el aparentar tenerlas, útil. Está bien
mostrarse piadoso, fiel, humano, recto y religioso, y asimismo
serlo efectivamente; pero se debe estar dispuesto a irse al
otro extremo si ello fuera necesario. Y ha de tenerse presente que
un príncipe, y
sobre todo un príncipe nuevo, no puede observar todas las cosas
gracias a las cuales los hombres son considerados buenos, porque, a
menudo, para conservarse en el poder, se ve arrastrado a obrar
contra la fe, la caridad, la humanidad y la religión. Es preciso,
pues, que tenga una inteligencia capaz de adaptarse a todas las
circunstancias, y que, como he dicho antes, no se aparte del bien
mientras pueda, pero que, en caso de necesidad, no titubee en
entrar en el mal. Por todo esto un príncipe debe tener muchísimo
cuidado de que no le brote nunca de
los labios algo que no esté empapado de las cinco virtudes
citadas, y de que, al verlo y oírlo, parezca la clemencia, la fe,
la rectitud y la religión mismas, sobre todo esta última.
Pues los hombres, en general, juzgan más con los ojos que con
las manos, porque todos pueden ver, pero pocos tocar. Todos
ven lo que pareces ser, mas pocos saben lo que eres; y estos
pocos no se atreven a oponerse a la opinión de la mayoría, que se
escuda detrás de la majestad del Estado. Y en las acciones de los
hombres, y particularmente de los príncipes, donde no hay
apelación posible, se atiende a los resultados. Trate, pues, un
príncipe de vencer y conservar el Estado, que los medios
siempre serán honorables y loados por todos; porque el vulgo se
deja engañar por las apariencias y por el éxito; y en el mundo
sólo hay vulgo, ya que las minorías no cuentan sino cuando las
mayorías no tienen donde apoyarse. Un príncipe de estos tiempos,
a quien no es oportuno nombrar, jamás predica otra cosa que
concordia y buena fe; y es enemigo acérrimo de ambas, ya que, si
las hubiese observado, habría perdido más de una vez la fama y
las tierras. (Nicolas Maquiavelo,“El príncipe”)
(A José Ramón Bonilla Almonte, como anillo al dedo).

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