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miércoles, 17 de octubre de 2018

Galileo












Pedro Conde Sturla

23 de noviembre de 2015/14 de diciembre de 2015






Unos años antes de que expusiera sus teorías, había ardido Giordano Bruno en la hoguera de Campo dei Fiori, en Roma, condenado por sus ideas teológicas y sus simpatías cosmológicas copernicanas.





El Galileo Galilei del famoso drama de Bertold Brecht trata de enseñar a Andrea, el hijo de su ama de llaves, a observar las cosas en vez de verlas o mirarlas. El muchacho ve “que el Sol está al atardecer en un lugar muy distinto que a la mañana. No puede entonces estar inmóvil. ¡Nunca! ¡Jamás!”


-¿Así que tú ves? –replica Galileo- ¿Qué es lo que ves? No ves nada. Tú miras sin observar. Mirar no es observar.


Galileo sabe que el mundo de las apariencias es engañoso: Cuando se viaja en un carruaje parece que los árboles se mueven en dirección contraria, y cuando nos hacemos a la mar parece que es la orilla la que se aleja de la embarcación.


 Galileo



“Durante dos mil años creyó la humanidad que el Sol y todos los astros del cielo daban vueltas a su alrededor. El Papa, los cardenales, los príncipes, los eruditos, capitanes, comerciantes, pescaderas y escolares creyeron estar sentados inmóviles…. Todo se mueve, mi amigo…”


Lo que Galileo está haciendo es jugar con fuego, rebatir creencias que sustentan el orden constituido, la ciencia, la religión, “los intereses creados”, el equilibrio de una sociedad basada, como todas las sociedades, en mentiras convencionales. Tolomeo está equivocado, nuestro sistema planetario no gira alrededor de la tierra, sino del sol, como propone Copérnico. Y la tierra no está fija. Vivimos y viajamos en una nave espacial.


Lo peor es que trata de meter sus ideas heréticas en la cabeza de un niño de once años, y la madre se queja, protesta con razón:


“- ¿Qué hace usted por Dios con mi hijo, señor Galilei? Usted lo trastorna tanto que pronto sostendrá que dos y dos son cinco. El pequeño confunde todo lo usted le dice. ¡Fíjese que ayer me demostró que la Tierra se mueve alrededor del Sol! Y además está seguro de que un señor llamado Quipérnico lo ha calculado todo…es usted quien le dice todos esos disparates! Luego los repite como un loro en la escuela y me vienen los señores del clero a protestar porque difunde esas cosas del diablo. ¡Vergüenza debía de darle, señor Galilei!!".


En el primer risueño acto de la obra que muchos consideran el más grande testamento literario de Bertold Brecht, Galileo Galilei juega con fuego, literalmente con fuego. Unos años antes de que expusiera sus teorías, había ardido Giordano Bruno en la hoguera de Campo dei Fiori, en Roma, condenado por sus ideas teológicas y sus simpatías cosmológicas copernicanas.


Galileo esta abriendo paso a la revolución científica y humanista que también protagonizan Bacon, Kepler, Descartes y tantos otros. Contribuye a la liberación de las taras  metafísicas que condicionan la investigación de la naturaleza, rechaza tajantemente el “principio de autoridad”. Abre paso, en fin, a la “emancipación de la mente humana” y emplea una clave diferente para entender el mundo:


“La filosofía está escrita en ese grandísimo libro que continuamente está abierto ante nuestros ojos (me refiero al universo), pero que no puede entenderse si primero no se aprende a entender la lengua y conocer los caracteres con los que está escrita. Está escrito en lenguaje matemático, y los caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas, sin las cuales es imposible entender humanamente una palabra; sin ellos sería enredarse vanamente por un oscuro laberinto".  




Acto primero (fragmento)


GALILEO GALILEI, MAESTRO DE MATEMÁTICAS EN PADUA, QUIERE DEMOSTRAR LA VALIDEZ DEL NUEVO SISTEMA UNIVERSAL DE COPÉRNICO. AÑO 1609.


El humilde gabinete de trabajo de Galilei en Padua. Es de mañana. Un muchacho, Andrea, hijo del ama de llaves, trae un vaso de leche y un bollo.


GALILEI (lavándose el pecho, resoplando, alegre). — Pon la leche sobre la mesa pero no cierres ningún libro.


ANDREA. — Mi madre dice que debemos pagar al lechero. Si no pronto hará un rodeo para no pasar por nuestra casa, señor Galilei.


GALILEI. — Se dice: describirá un círculo, Andrea.


ANDREA. — Como usted quiera, pero si no pagamos describirá un círculo en torno a nosotros, señor Galilei.


GALILEI. — En cambio, si el alguacil señor Cambione se dirige directamente a nuestra puerta, ¿qué distancia entre dos puntos elegirá?


ANDREA (sonríe). — La más corta.


GALILEI. — Bien. Tengo algo para ti. Mira atrás de las tablas astronómicas. (Andrea


levanta detrás de las tablas astronómicas un modelo de madera de gran tamaño del sistema de Ptolomeo.)


ANDREA. — ¿Qué es esto?


GALILEI. — Es un astrolabio. El aparato muestra cómo los astros se mueven alrededor de la tierra, según la opinión de los viejos.


ANDREA — ¿Cómo?


GALILEI. — Investiguemos. Primero la descripción.


ANDREA. — En el medio hay una pequeña piedra.


GALILEI. — Es la Tierra.


ANDREA. — Alrededor de ella hay anillos, siempre uno sobre el otro.


GALILEI. — ¿Cuántos?


ANDREA. — Ocho.


GALILEI. — Son las esferas de cristal.


ANDREA. — A los anillos se han fijado bolillas.


GALILEI. — Son los astros.


ANDREA. — Y ahí hay cintas en las que se leen nombres.


GALILEI. — ¿Qué nombres?


ANDREA. — Nombres de estrellas.


GALILEI. — ¿Por ejemplo?


ANDREA. — La más baja de las bolillas es la Luna y encima de ella el Sol.


GALILEI. — Y ahora haz correr el sol.


ANDREA (mueve los anillos). — Es hermoso todo esto, pero nosotros estamos tan encerrados…


GALILEI. — Sí. (Secándose.) Es lo que también yo sentí cuando vi el armatoste por primera vez. Algunos lo sienten. (Le tira la toalla a Andrea para que le frote la espalda.) Muros, anillos e inmovilidad. Durante dos mil años creyó la humanidad que el Sol y todos los astros del cielo daban vueltas a su alrededor. El Papa, los cardenales, los príncipes, los eruditos, capitanes, comerciantes, pescaderas y escolares creyeron estar sentados inmóviles en esa esfera de cristal. Todo se mueve, mi amigo…


ANDREA. — ¡Oh temprano albor del comenzar!


¡Oh soplo del viento que viene de nuevas costas!


Pero beba su leche que ya comenzarán de nuevo las visitas.


GALILEI. — ¿Has comprendido al fin lo que te dije ayer?


ANDREA. — ¿Qué? ¿Lo del Quipérnico con sus vueltas?


GALILEI. — Sí.


ANDREA. — No. ¿Por qué se empeña en que yo lo comprenda? Es muy difícil y yo en


octubre apenas cumpliré once años.


GALILEI. — Por eso mismo quiero que lo comprendas. Para ello trabajo y compro los libros en vez de pagar al lechero.


ANDREA. — Pero es que yo veo que el Sol está al atardecer en un lugar muy distinto que a la mañana. No puede entonces estar inmóvil. ¡Nunca! ¡Jamás!


GALILEI. — ¿Así que tú ves? ¿Qué es lo que ves? No ves nada. Tú miras sin observar.


Mirar no es observar. (Coloca el soporte con la palangana donde se ha lavado en el medio de la habitación). Aquí tienes el Sol. Siéntate. (Andrea se sienta en una silla. Galilei se para detrás de él.) ¿Dónde está el Sol, a la izquierda o a la derecha?


ANDREA. — A la izquierda.


GALILEI. — ¿Y cómo llegará a la derecha?


ANDREA. — Si usted lo lleva a la derecha, por supuesto.


GALILEI. — ¿Solamente así? (Carga la silla junto con Andrea y los traslada al otro lado de la palangana.) ¿Y ahora, dónde está el Sol?


ANDREA. — A la derecha.


GALILEI. — ¿Y se movió acaso el Sol?


ANDREA. — No.


GALILEI. — ¿Quién se movió?


ANDREA. — Yo.


GALILEI (ruge). — ¡Mal! ¡Alcornoque! ¡La silla!


ANDREA. — ¡Pero yo con ella!


GALILEI. — Claro… la silla es la Tierra. Y tú estás encima.


SEÑORA SARTI (que ha entrado para tender la cama y ha estado mirando la escena). — ¿Qué hace usted por Dios con mi hijo, señor Galilei?


GALILEI. — Le enseño a mirar, Sarti.


SRA. SARTI. — ¿Cómo? ¿Arrastrándolo por el cuarto?…


Nota: El texto ha sido editado para fines de publicación en este medio.









Galileo entre lo sabios



El padre de la verdad es el tiempo y no la autoridad. ¡Nuestra ignorancia es infinita, disminuyamos de ella tan siquiera un milímetro cúbico! ¿Por qué ahora ese afán de aparecer sabios cuando podríamos ser un poco menos tontos?





Dice el Galileo Galilei de la obra de Bertold Brecht que el “El pensar es uno de los más grandes placeres de la raza humana… Sí, yo creo en la apacible impetuosidad de la razón sobre los hombres. No podrán resistir a ella durante mucho tiempo.”


Su amigo Sagredo le previene contra los peligros de la ingenuidad:


“Galilei, te veo tomar por el mal camino. Cuando el hombre vislumbra la verdad sobreviene la noche del infortunio y la hora de la ofuscación suena cuando ese hombre cree en la razón de las criaturas humanas. ¿De quién se dice que marcha con los ojos abiertos? Precisamente de aquel que camina hacia su perdición. ¿Cómo podrían dejar libre los poderosos a alguien que posee la verdad? ¿Aunque esa verdad sea dicha acerca de las más lejanas estrellas?… Cuando hace unos momentos te veía mirar por el anteojo y contemplar esos nuevos planetas, fue para mí como si te viera en medio de las llamaradas de la hoguera, y cuando dijiste que creías en las pruebas me pareció oler carne quemada.”


Sagredo le pide que no abandone la tolerante y Serenísima República de Venecia  “para caer en las garras de príncipes y monjes con (su) anteojo en la mano.” Pero Galileo no le hace caso, marcha a Florencia donde se acoge al mecenazgo de los Medici. Ante ellos se doblega, en una misiva, en actitud servil (como la que mucho apreciaría mi docto amigo Avelinus):


“A las nuevas estrellas que he descubierto las bautizaré con el alto nombre de la estirpe de los Medici. Bien sé que a los dioses y héroes les ha bastado la elevación de sus nombres a lo alto para su eterna gloria, pero en este caso ocurrirá lo contrario, el nombre de los Medici asegurará a las estrellas que le lleven un inmortal recuerdo.”


En una memorable ocasión viaja a Roma para exponer sus teorías, y en la Sala del Colegio Romano “Altos representantes eclesiásticos, monjes y eruditos” lo reciben a carcajadas, se burlan en su cara de sus disparates:


UN PRELADO GORDO. —También lo creen, también lo creen. Sólo lo razonable no es creído. Que hay un diablo, eso sí que lo dudan. Pero que la tierra de vueltas como una bolilla en el sumidero, eso sí que es creído. ¡Sancta simplicitas!


UN MONJE (en chanza). —¡Me mareo, me mareo! ¡Se mueve demasiado rápido! Permítame que me apoye en usted, profesor. (Hace como si trastabillara y se tiene delante del erudito.)


EL ERUDITO (imitándolo). —Sí, la vieja tierra se ha emborrachado de nuevo. (Se apoya en otro.)


EL MONJE. —-¡Alto, alto! ¡Que nos caemos! ¡Alto!


UN SEGUNDO ERUDITO. —Venus está ya completamente torcida. Ahora le alcanzo a ver sólo la mitad del trasero. ¡Socorro! (Se forma una masa compacta de monjes que, entre risotadas, hacen como si se defendieran de caer al mar en un navío en tormenta.)


UN SEGUNDO MONJE. —¡Por lo menos que no caigamos en la luna! Hermanos: ahí parece que existen montañas con puntas muy afiladas.


EL PRIMER ERUDITO. —Apóyate en ellas con el pie.





Estatua Giordano Bruno en Plaza Campo dei Fiori



EL PRIMER MONJE. —¡Y no mires para abajo! ¡Ay, que sufro de vértigos!


EL PRELADO GORDO (intencionadamente, en dirección a Galilei). — ¡Imposible! ¡Patrañas en el Colegio Romano! (Grandes risotadas. Por una puerta trasera entran dos astrónomos del Colegio. Se hace silencio.)


            Lo peor es que, cuando no se burlan de Galileo, los sabios del Colegio Romano sugieren cosas macabras:


EL CARDENAL MUY VIEJO (a Galilei). —¿Así que es usted? Pues mire, yo ya no veo muy bien, pero sí puedo decirle que usted se parece muchísimo a esa persona que condenamos en su tiempo a la hoguera. ¿Cómo se llamaba?


 La taimada alusión a Giordano Bruno no es casual. Galileo proclama que el “cielo”, como lo concebía Tolomeo “ha muerto”, rechaza la doctrina científica de Aristóteles, “enloda a aristóteles”, que es uno de los puntales de la fe, de la doctrina de la fe católica. Se atreve a decir, dice y repite que la tierra gira alrededor del sol y no al revés.  El sol no se mueve y  no se puede parar pero la Biblia dice lo contrario. ¡Ay carijo!


UN MONJE MUY DELGADO (se adelanta con una Biblia abierta en la mano y señala fanáticamente un fragmento con el dedo).— ¿Qué es lo que dicen las Sagradas Escrituras? “Sol no te muevas de encima de Gabaón ni tú Luna de encima del valle de Ayalón.” ¿Cómo puede detenerse el Sol si no se mueve en absoluto, como sostienen esos herejes? ¿Mienten acaso las Sagradas Escrituras?


EL CARDENAL MUY VIEJO (rechazándolo, a Galilei). Usted quiere degradar a la tierra, a pesar de que viva sobre ella y que de ella todo lo recibe. ¡Usted ensucia su propio nido! ¡Ah, pero no lo consentiré! (Deja a un lado al monje y comienza a pasearse con orgullo.) Yo no soy un ser cualquiera que habita un astro cualquiera que da vueltas por algún tiempo. Yo camino sobre la tierra firme, con pasos seguros. Ella está inmóvil, ella es el centro del Todo y yo estoy en su centro y el ojo del Creador reposa en mí, solamente en mí, giran, sujetas en ocho esferas de cristal, las estrellas fijas y el poderoso Sol que ha sido creado para iluminar a mí alrededor. Y también a mí, para que Dios me vea. Así viene a parar todo sobre mí, visible e irrefutable, sobre el hombre, el esfuerzo divino, la criatura en el medio, la viva imagen de Dios, imperecedera y… (Se des-ploma.)


EL MONJE. —¡La patria del género humano convertida en una estrella errante! Al hombre, animal, planta y toda la demás naturaleza los meten en un carro y al carro lo hacen dar vueltas en un cielo vacío. Para ellos no hay más ni cielo ni tierra. La Tierra no existe porque sólo es un astro del cielo y tampoco el cielo porque está formado por muchas tierras. No hay más diferencia entre arriba y abajo entre lo eterno y lo perecedero.


Muchos se preguntan “¿Adónde iremos a parar?


Con “ese tubo del diablo” (el telescopio) “nos van a destruir todo el firmamento.”


Galileo pretende, al parecer, destruir toda la belleza y la poesía de la creación, “esa armonía”.





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EL FILÓSOFO. —El universo del divino Aristóteles con sus esferas de místicos sonidos y sus cristalinas bóvedas y los giros circulares de sus cuerpos celestes y el ángulo inclinado de la trayectoria solar y los misterios de las tablas de los satélites y la exuberancia de estrellas del catálogo del hemisferio austral y la inspirada construcción del globo celestial, es un edificio de tal orden y belleza que bien deberíamos recapacitar antes de destruir esa armonía.


Galileo, definitivamente “y sin ninguna duda es un enemigo de la naturaleza humana y como tal debe ser tratado. El hombre es la corona de la creación, eso lo sabe cualquier niño. La criatura más sublime y bienamada del Señor. ¿Cómo puede colocar él esa maravilla, ese magnífico esfuerzo en un asteroide minúsculo, apartado y que dispara continuamente? ¿Acaso él mismo mandaría a su propio hijo así, a un lugar cualquiera? ¿Cómo puede existir gente tan perversa que tenga fe en estos esclavos de sus tablas numéricas? ¿Qué criatura del Señor puede tolerar una cosa así?”


El principio de autoridad, en boca del Filósofo, sale a relucir para invalidar científicamente las teorías del hereje Galileo:


EL FILÓSOFO (importante). —Si aquí se procura enlodar la autoridad de Aristóteles reconocida no sólo por todas las ciencias de la antigüedad sino también por los Santos Padres de la Iglesia, debo entonces advertir que considero inútil toda continuación de la disputa. Rechazo toda discusión impertinente. ¡Ni una palabra más!


Pero el hereje impertinente  no se calla:


GALILEI. —El padre de la verdad es el tiempo y no la autoridad. ¡Nuestra ignorancia es infinita, disminuyamos de ella tan siquiera un milímetro cúbico! ¿Por qué ahora ese afán de aparecer sabios cuando podríamos ser un poco menos tontos? He tenido la inconcebible felicidad de recibir un instrumento con el cual se puede observar una puntita del universo, algo, no mucho. ¡Utilícenlo!


El tozudo Galileo está cortando leña para su hoguera.


NOTA:


HELIOCENTRISMO


La hipótesis heliocéntrica durmió hasta Copérnico. Uno de los responsables de esta catalepsia fue Aristóteles, que con su inmensa autoridad policial impidió cualquier alzamiento contra el régimen establecido. Schopenhauer y Bertrand Russell afirman que este filósofo constituyó una calamidad pública que duró veinte siglos. Muchos se enojan arguyendo que fue un gran genio. No veo la contradicción: solamente un gran genio puede constituir una gran calamidad. Si Aristóteles hubiese sido un mediocre no habría sido capaz de impedir durante dos mil años el advenimiento de la nueva física. Los genios promueven grandes adelantos en el pensamiento humano; pero, cuando les da por estar equivocados, son capaces de frenarlo durante varios siglos. (Ernesto Sabato, “Uno y el universo”)









Y sin embargo se mueve



El papa se opone en todo lo que puede oponerse a que su amigo sea sometido a los rigores del tratamiento inquisitorial para que se desdiga de sus disparatadas, absurdas y herejes teorías.





Las noticias no son buenas para el Galileo de la obra de Bertolt Brecht. En 1616 el Colegio Romano, Instituto de Investigaciones del Vaticano, había confirmado sus descubrimientos, pero el 5 de marzo del mismo año la santa inquisición pone la teoría de Copérnico en el Index o índice de los libros prohibidos.


“Su Eminencia, el Cardenal Belarmino, (advierte) al señor Galilei: ‘El Santo Oficio ha decidido anoche que la teoría de Copérnico, por la cual el Sol sería centro del Universo e inmóvil y la Tierra, en cambio, no conformaría ese centro y estaría en movimiento, es disparatada, absurda y hereje en la fe. He recibido la misión de prevenirle a usted para que abandone esas opiniones”.





La inquisición



Durante ocho años Galileo calla, se ve obligado a callar, y a Virginia, su única hija, no le han permitido casarse hasta que no pase el “período de prueba”. (De hecho no se casará nunca, terminará su vida en un convento y las cartas que desde allí escribió a su padre darán origen “a una inusual biografía que se lee como una novela”, una apasionante novela: “La hija de Galileo”, de Dava Sobel).


Poco tiempo después se produce un acontecimiento favorable: El cardenal Barberini, amigo de Galileo y con fama de hombre tolerante e ilustrado, accede al solio papal, y Galileo aprovecha las circunstancias para continuar sus estudios. 


“EN EL DECENIO SIGUIENTE, LAS TEORÍAS DE GALILEI SE DIFUNDEN EN EL PUEBLO. PANFLETISTAS Y CANTORES DE BALADAS RECOGEN LAS NUEVAS IDEAS POR TODOS LADOS. EN EL CARNAVAL DE 1632, MUCHAS CIUDADES ELIGEN A LA ASTRONOMÍA COMO MOTIVO PARA LAS COMPARSAS DE SUS GREMIOS.”


Como dice EL INQUISIDOR, “El triturador de la Biblia”, “El miserable sabe bien lo que hace cuando publica sus trabajos de astronomía en el idioma de las pescaderas y de los comerciantes de lana y no en latín.”


“Uno se podría preguntar: ¿por qué tanto interés repentino en una ciencia tan apartada como es la astronomía? ¿No es indiferente acaso cómo giran esas esferas? Pero en toda Italia no hay ninguno, hasta el último palafrenero, que no hable —por el mal ejemplo dado por ese florentino— de las fases de Venus, y al mismo tiempo no deje de pensar en tantas de esas cosas que se les señalan como indiscutibles en escuelas y otros lugares y que tan incómodas son. ¿Qué pasaría si todos esos débiles a la carne e inclinados a cualquier exceso creyesen sólo en la propia razón que ese loco define como la única instancia?”


Luego pasó lo que tenía que pasar:


“1633: EL FAMOSO INVESTIGADOR RECIBE ORDEN DE LA INQUISICIÓN DE TRASLADARSE A ROMA.”


UN ALTO FUNCIONARIO (baja la escalera). —Señor Galilei, tengo la misión de llevar a su conocimiento que la corte florentina no está más en condiciones de oponerse al deseo de la Santa Inquisición de interrogarlo, en Roma. El coche de la Santa Inquisición lo espera, señor Galilei.”


El papa se opone en todo lo que puede oponerse a que su amigo sea sometido a los rigores del tratamiento inquisitorial para que se desdiga de sus disparatadas, absurdas y herejes teorías.


EL PAPA. —Lo máximo es mostrarle los instrumentos (es decir los pavorosos instrumentos de tortura, pcs).


EL INQUISIDOR. —Eso bastará, Vuestra Santidad. El señor Galilei entiende de instrumentos.


El resultado no se deja esperar:





La inquisición



“22 DE JUNIO DE 1633: GALILEO GALILEI REVOCA ANTE LA INQUISICIÓN SU TEORÍA DEL MOVIMIENTO DE LA TIERRA.”


UNA VOZ. —“Yo, Galileo Galilei, maestro de matemáticas y de física en Florencia, abjuro solemnemente lo que he enseñado, que el Sol es el centro del mundo y está inmóvil en su lugar, y que la Tierra no es centro y no está inmóvil. Yo abjuro, maldigo y abomino con honrado corazón y con fe no fingida todos esos errores y herejías así como también todo otro error u opinión que se opongan a la Santa Iglesia.”


“1633-1642. GALILEO GALILEI VIVE HASTA SU MUERTE EN UNA CASA DE CAMPO EN LAS CERCANÍAS DE FLORENCIA, COMO PRISIONERO DE LA INQUISICIÓN.”


GALILEI. —Por mi arrepentimiento tan profundo me he ganado el beneplácito de mis superiores en tal forma que hasta se me han permitido estudios científicos de limitada importancia bajo control del clero.


ANDREA. —En efecto, también llegó a nuestros oídos que la Iglesia está contenta con usted. Su total sumisión ha dado buenos resultados. Se asegura que las autoridades han comprobado con satisfacción que desde que usted se sometió no se ha publicado en toda Italia ninguna obra con nuevas teorías.


GALILEI (mirándolo de reojo). —Por desgracia hay países que se substraen a la vigilancia de la Iglesia. Me temo que las teorías condenadas puedan seguir siendo estudiadas allá.


ANDREA. —También allá tuvo lugar un retroceso


GALILEI. —He terminado los “Discorsi”.


ANDREA. —¿”Los Discursos en torno a dos nuevas ciencias: mecánica y leyes de gravitación”? ¿Aquí?


GALILEI. —Oh, sí, me dan papel y pluma. Mis superiores no son tontos. Ellos saben que los vicios arraigados no se pueden quitar de hoy a mañana. Me protegen de consecuencias desagradables guardando página por página.


ANDREA. —¡Dios mío!


GALILEI. —¿Decías algo?


ANDREA. —¡Lo hacen arar en el mar! Le dan pluma y papel para que se tranquilice. ¿Cómo pudo escribir teniendo sus escritos ese destino?


GALILEI. —Oh, yo soy un esclavo de mis costumbres.


ANDREA. —¡Los “Discorsi” en manos de esos! ¡Y Amsterdam, Londres y Praga se mueren de sed por ellos!


La tierra seguirá moviéndose y, sin embargo, el Galileo de Brecht se siente mal consigo mismo. El discurso de Galileo al final de la obra de Brecht pone el acento sobre la responsabilidad del científico, que el Galileo de Brecht considera haber traicionado…Concretamente Bertolt Brecht se propuso establecer la responsabilidad o irresponsabilidad de científicos como los que se prestaron a la fabricación de la bomba atómica.


El Galileo de Brecht (o la última de las tres versiones) ha sido justamente calificado como una “obra antiatómica.”


Mi docto y tolemaico amigo Avelinus se revolcará al leer esto de indignación  en su catre.









Galileo y la bomba atómica



Todo lo anterior tiene que ver con un asunto que para Bertolt Brecht constituía una grave preocupación, la responsabilidad del científico o del técnico, el peligro que representa el uso inmoral de la ciencia y la técnica.





Dice Pérez-Reverte en ese dignísimo panfleto antibélico titulado “Territorio comanche”, que lo más eficaz en las guerras “es que el enemigo tenga, más que muertos, muchos heridos graves, mutilados y cosas así”. (Algo que también sabían los dominicanos cuando les hacían la guerra de guerrillas a los españoles durante la Restauración ).


Los muertos simplemente están muertos y basta enterrarlos, pero los heridos “requieren esfuerzos de evacuación, cura y hospitales, complican la logística del adversario y le revientan la organización y la moral.” Mejor “es hacerle muchos cojos y mancos y tetrapléjicos…”





La bomba atómica



“La bala retozona del 5.56 –dice Pérez-Reverte-, esa misma que hace zigzag y en vez de salir por aquí sale por allá o hace estallar el hígado, se comporta así porque un brillante ingeniero, hombre pacífico donde los haya, quizá cató1ico practicante, aficionado a Mozart y a la jardinería, pasó muchas horas estudiando el asunto. Tal vez hasta le dio nombre -Bala Louise, Pequeña Eusebia- porque el día que se le ocurrió el invento era el cumpleaños de su mujer, o su hija. Después, una vez terminados los planos, con la conciencia tranquila y la satisfacción del deber cumplido, el asesino de manos limpias apagó la luz en la mesa de proyectos y se fue a Disneylandia con la familia.”


Todo lo anterior tiene que ver con un asunto que para Bertolt Brecht constituía una grave preocupación, la responsabilidad del científico o del técnico, el peligro que representa el uso inmoral de la ciencia y la técnica. Sobre todo después de las bombas atómicas que se arrojaron graciosamente sobre Japón.


“La bomba atómica –dijo Bertolt Brecht- sólo ha impresionado a la gente simple como algo terrible”, pero es aún peor: “Este supertorpedo ha apagado el repique de las campanas de la victoria… La bomba atómica ha convertido realmente las relaciones entre sociedad y ciencia en un problema de vida o muerte”. Brecht, “Como Einstein, se ha dado cuenta de algo que no todos veían: se ha ganado la guerra, pero no la paz.”


El Galileo de Brecht, con su “panza de buda y socráticamente feo” como el Charles Laughton que lo representó, reflexiona amargamente sobre este tema en el monólogo final:


GALILEI. En las horas libres de que dispongo, y que son muchas, he recapacitado sobre mi caso. He meditado sobre cómo me juzgará el mundo de la ciencia del que no me considero más como miembro. Hasta un comerciante en lanas, además de comprar barato y vender caro, debe tener la preocupación de que el comercio con lanas no sufra tropiezos. El cultivo de la ciencia me parece que requiere especial valentía en este caso. La ciencia comercia con el saber, con un saber ganado por la duda. Proporcionar saber sobre todo y para todos, eso es lo que pretende, y hacer de cada uno un desconfiado. Ahora bien, la mayoría de la población es mantenida en un vaho nacarado de supersticiones y viejas palabras por sus príncipes, sus hacendados, sus clérigos, que sólo desean esconder sus propias maquinaciones. La miseria de la mayoría es vieja como la montaña y desde el pulpito y la cátedra se manifiesta que esa miseria es indestructible como la montaña. Nuestro nuevo arte de la duda encantó a la gran masa. Nos arrancó el telescopio de las manos y lo enfocó contra sus torturadores. Estos hombres egoístas y brutales, que aprovecharon ávidamente para sí los frutos de la ciencia, notaron al mismo tiempo que la fría mirada de la ciencia se dirigía hacia esa miseria milenaria pero artificial que podía ser terminantemente anulada, si se los anulaba a ellos. Nos cubrieron de amenazas y sobornos, irresistibles para las almas débiles. ¿Pero acaso podíamos negarnos a la masa y seguir siendo científicos al mismo tiempo? Los movimientos de los astros son ahora fáciles de comprender, pero lo que no pueden calcular los pueblos son los movimientos de sus señores. La lucha por la mensurabilidad del cielo se ha ganado por medio de la duda; mientras que las madres romanas, por la fe, pierden todos los días la disputa por la leche. A la ciencia le interesan las dos luchas. Una humanidad tambaleante en ese milenario vaho nacarado, demasiado ignorante para desplegar sus propias fuerzas no será capaz de desplegar las fuerzas de la naturaleza que vosotros descubrís. ¿Para qué trabajáis? Mi opinión es que el único fin de la ciencia debe ser aliviar las fatigas de la existencia humana. Si los hombres de ciencia, atemorizados por los déspotas, se conforman solamente con acumular saber por el saber


mismo, se corre el peligro de que la ciencia sea mutilada y que vuestras máquinas sólo signifiquen nuevas calamidades. Así vayáis descubriendo con el tiempo todo lo que hay que descubrir, vuestro progreso sólo será un alejamiento progresivo de la humanidad. El abismo entre vosotros y ella puede llegar a ser tan grande que vuestras exclamaciones de júbilo por un invento cualquiera recibirán como eco un aterrador griterío universal. Yo, como hombre de ciencia tuve una oportunidad excepcional: en mi época la astronomía llegó a los mercados. Bajo esas circunstancias únicas, la firmeza de un hombre hubiera provocado grandes conmociones. Si yo hubiese resistido, los estudiosos de las ciencias naturales habrían podido desarrollar algo así como el juramento de Hipócrates de los médicos, la solemne promesa de utilizar su ciencia sólo en beneficio de la humanidad. En cambio ahora, como están las cosas, lo máximo que se puede esperar es una generación de enanos inventores que puedan ser alquilados para todos los usos. Además estoy convencido que yo nunca estuve en grave peligro. Durante algunos años fui tan fuerte como la autoridad. Y entregué mi saber a los poderosos para que lo utilizaran, para que no lo utilizaran para que se abusaran de él, es decir, para que le dieran el uso que más sirviera a sus fines. Yo traicioné a mi profesión. Un hombre que hace lo que yo hice no puede ser tolerado en las filas de las ciencias.


Como dice Francisco Fernández Buey en un inapreciable artículo (“Brecht: sobre Galileo y la responsabilidad del científico”):  “Haciendo pensar a Galileo sobre su propio caso, y muy probablemente llevando en la cabeza el ejemplo del viejo Einstein, quien, con Leo Szilard, empujó a las autoridades norteamericanas a fabricar la bomba atómica para protestar luego por su utilización sobre las poblaciones de Hiroshima y Nagasaki y por la carrera armamentista, Brecht rechaza el progresismo ingenuo, advierte de las complicaciones de la vieja función prometeica de la ciencia, llama la atención sobre su función social presente y futura…”


El mismo Fernández Buey considera que  “en estos diálogos” de la obra “está el testamento ético-político de Brecht, su punto de vista maduro acerca de las relaciones entre ciencia y ética en la modernidad.”


Alguien la definió en italiano como un “Dramma implicitamente antiatomico.”


En opinión de otro alguien “No tenemos (en la obra) un héroe, como es de esperar, sino un conflicto fundamental entre verdad y dogma, entre la retractación y la vida.”






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