Ahora bien, esas batallas no eran “profanas”, aventuras de vagabundos sanguinarios, salteadores de caminos ni bandidos de la estepa, como los llama una crónica contemporánea de Tell-el-Amarna, sino obra de “un reino sacerdotal y nación santa” (Ex. 19, 6), de pastores de carácter puro, en los que “ardía el Espíritu divino” (Noth), a las órdenes de “caudillos carismáticos” (Würthwein). A la cabeza de todos ellos combatía Yahvé, el que no perdona a nadie su castigo, cuya nariz exhala humo y cuya boca escupe “fuego devorador”, el que “arroja llamas”, hace llover azufre, envía serpientes encendidas y la peste, el “Señor de los Ejércitos”, de las “huestes de Israel”, el “guerrero justo”, el “héroe terrible”, el “dios terrible”, el “dios celoso, que castiga en los hijos la maldad de los padres hasta la tercera y la cuarta generación de los que le aborrecen”. Cierto que alguna vez Yahvé “usa de misericordia” y realiza acciones “salvíficas”. Pero si alguna vez se preocupa por los paganos, ello sólo sucede en la medida que “los gentiles eran judíos en potencia” (Fairweather). Por lo demás, de él sólo emanan “tribulaciones”, “destrucción”, no poca “ruina súbita”, por ser “para los habitantes de toda la tierra”. Cuando hace acto de presencia, el mundo tiembla, se estremecen las montañas y los enemigos caen como moscas. La regla de oro para el trato con una ciudad enemiga: “Cuando gracias a Yahvé, tu Señor, haya caído en tus manos, pasarás por la espada a todos los hombres que en ella habiten, y serán tuyas las mujeres y los niños así como las bestias y todo cuanto hubiere en ella”. Evidentemente, tan misericordioso trato sólo está reservado a los enemigos lejanos; a los más próximos: “Ni uno solo debe quedar con vida”. Pero ese Dios, obsesionado por su absolutismo como ningún otro en toda la historia de las religiones, y de una crueldad asimismo inigualada, es el mismo Dios de la historia del cristianismo. Todavía hoy pretende que la humanidad crea en él, que le rece, que entregue la vida por él. Es un Dios tan singularmente sanguinario que “absorbió lo demoníaco”. Porque, “siendo él mismo el demonio más poderoso, no necesitó Israel demonios de ninguna otra especie” (Volz). Es un Dios que hierve de celos y de afán de venganza, que no admite ninguna tolerancia, que prohíbe del modo más estricto las demás creencias e incluso el trato con los infieles, los goyim, por antonomasia calificados de rasha, gente sin dios. Contra éstos reclama “espadas bien afiladas” para ejercer el “exterminio”..., “por sus errores, ¡aleluya!”. “Cuando el Señor Dios tuyo te introdujere en la tierra que vas a poseer, y destruyere a tu vista muchas naciones [...] has de acabar con ellas sin dejar alma viviente. No contraerás amistad con ellas, ni las tendrás lástima; no emparentarás con las tales, dando tus hijas a sus hijos, ni tomando sus hijas para tus hijos [...]. Exterminarás todos los pueblos que tu Señor Dios pondrá en tus manos. No se apiaden de ellos tus ojos.” Nada complace tanto a ese Dios como la venganza y la ruina. Se embriaga de sangre. Desde el “asentamiento”, los libros históricos del Antiguo Testamento “no son sino larga crónica de matanzas siempre renovadas, sin motivo y sin misericordia” (Brock): “Ved cómo Yo soy el solo y único Dios, y cómo no hay otro fuera de Mí [...]. Vivo Yo para siempre, que si aguzaré mi espada y la hiciere como el rayo, y empuñaré mi mano la justicia, tomaré venganza de mis enemigos [...]. Embriagaré de sangre suya mis saetas, de la sangre de los muertos y de los prisioneros, que a manera de esclavos van con la cabeza rapada; en sus propias carnes cebarse ha mi espada”.
Deschner, Karlheinz - Historia Criminal Del Cristianismo

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