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viernes, 1 de diciembre de 2023

En este pueblo no hay ladrones (1)

García Márquez era tan ocurrente que envidiaba a su abuela porque a él lo obligaban cada bendita noche a cepillarse los dientes y tenía que dormir con ellos puestos mientras la abuela ponía cómodamente los suyos en un vaso de agua y al otro día se los volvía poner

En este pueblo no hay ladrones (1)

Durante aquella luminosa y cálida noche de invierno en Canadá, de la cual hablé hace unos días, me enfrasqué tanto en la lectura que los cien años de soledad de García Márquez se me agotaron en unas cuantas horas y me quedé con hambre, con el apetito de la curiosidad abierto de par en par. Al pasar el tiempo me fui enterando de muchas otras cosas que suceden en Macondo. La mayoría de los escritos de García Márquez se desarrollan en Macondo o son macondianos, aunque no se mencione el nombre. En Macondo sucedían o suceden y seguirán sucediendo todas las cosas que escribió García Márquez hasta el fin de los tiempos, como todavía sucede en la Odisea y sucede en el Quijote y sobre todo en Comala.

Digo Comala y Macondo porque son ciudades emblemáticas, aunque situadas en dimensiones opuestas. En Comala —el México de Juan Rulfo—, todos los habitantes están muertos. Se vive una tristeza que cala los huesos. En Macondo —la Colombia de García Márquez—, todos los habitantes están locos.

Las cosas que allí suceden no tienen nombre. En uno de los cuentos que el autor cuenta con esa magia que parece sobrenatural alguien sueña que va a pasar algo y comienza a decir que aquí va a pasar algo y al final, de tanto decirlo, pasa algo. La gente abandona el pueblo por miedo a lo que puede pasar.

Una vez pusieron un cine y lo destrozaron unos días después porque el artista que representaba un papel y moría apareció vivo la semana siguiente en otra película y la gente no toleró la burla y rompió todas las sillas. Igual pudieron haberle pegado fuego al cine:

«Deslumbrada por tantas y tan maravillosas invenciones, la gente de Macondo no sabía por dónde empezar a asombrarse. Se trasnochaban contemplando las pálidas bombillas eléctricas alimentadas por la planta que llevó Aureliano Triste en el segundo viaje del tren, y a cuyo obsesionante tumtum costó tiempo y trabajo acostumbrarse. Se indignaron con las imágenes vivas que el próspero comerciante don Bruno Crespi proyectaba en el teatro con taquillas de bocas de león, porque un personaje muerto y sepultado en una película y por cuya desgracia se derramaron lágrimas de aflicción, reapareció vivo y convertido en árabe en la película siguiente. El público que pagaba dos centavos para compartir las vicisitudes de los personajes, no pudo soportar aquella burla inaudita y rompió la silletería. El alcalde, a instancias de don Bruno Crespi, explicó mediante un bando que el cine era una máquina de ilusión que no merecía los desbordamientos pasionales del público. Ante la desalentadora explicación, muchos estimaron que habían sido víctimas de un nuevo y aparatoso asunto de gitanos, de modo que optaron por no volver a ir al cine, considerando que ya tenían bastante con sus propias penas, para llorar por fingidas desventuras de seres imaginarios».

García Márquez era tan ocurrente que envidiaba a su abuela porque a él lo obligaban cada bendita noche a cepillarse los dientes y tenía que dormir con ellos puestos mientras la abuela ponía cómodamente los suyos en un vaso de agua y al otro día se los volvía poner.

Antes de «Cien años de soledad» había escrito un cuento que es toda una radiografía de la vida de un apartado pueblo de Colombia, un pueblo que no puede ser otro que Macondo, o por lo menos otro Macondo. Lo absurdo del título es de por sí macondiano: «En este pueblo no hay ladrones».

¿A quién se le ocurre pensar que pueda haber un pueblo sin ladrones? Aquí entre nosotros, donde los ladrones asoman por dondequiera la cabeza, sería punto menos que imposible.

Sin embargo, lo cierto es que en el dichoso pueblo de marras no había ladrones hasta que el joven Dámaso se mete en el salón de billar y como no encuentra dinero ni otra cosa de valor se roba tres bolas, dos blancas y una roja.

Su mujer, encinta de varios meses, lo espera levantada con el corazón en la boca. Había hecho todo lo posible para que Dámaso desistiera de su empeño, pero al llegar lo recrimina por la exigüidad del botín. Dámaso dice que apenas había unos centavos en la caja registradora, le cuenta una historia que los vecinos desmienten al día siguiente. Había dinero en abundancia —dirá la gente—, y otras cosas valiosas. El ladrón, decía la gente, había arrasado con todo, incluyendo la pesada mesa de billar. Lo decía «con tanta convicción que Dámaso no pudo creer que no fuera cierto».

«El sol calentó tarde. Cuando Dámaso despertó, hacía rato que su mujer estaba levantada. Metió la cabeza en el chorro del patio y la tuvo allí varios minutos, hasta que acabó de despertar. El cuarto formaba parte de una galería de habitaciones iguales e independientes, con un patio común atravesado por alambres de secar ropa. Contra la pared posterior, separados del patio por un tabique de lata, Ana había instalado un anafe para cocinar y calentar las planchas, y una mesita para comer y planchar. Cuando vio acercarse a su marido puso a un lado la ropa planchada y quitó las planchas de hierro del anafe para calentar el café. Era mayor que él, de piel muy pálida, y sus movimientos tenían esa suave eficacia de la gente acostumbrada a la realidad.

»Desde la niebla de su dolor de cabeza, Dámaso comprendió que su mujer quería decirle algo con la mirada. Hasta entonces no había puesto atención a las voces del patio.

»—No han hablado de otra cosa en toda la mañana —murmuró Ana, sirviéndose el café—. Los hombres se fueron para allá desde hace rato.

»Dámaso comprobó que los hombres y los niños habían desaparecido del patio. Mientras tomaba el café, siguió en silencio la conversación de las mujeres que colgaban la ropa al sol. Al final encendió un cigarrillo y salió de la cocina.

»—Teresa —llamó.

»Una muchacha con la ropa mojada, adherida al cuerpo, respondió al llamado.

»—Ten cuidado —dijo Ana. La muchacha se acercó.

»—¿Qué es lo que pasa? —preguntó Dámaso.

»—Que se metieron en el salón de billar y cargaron con todo —dijo la muchacha.

»Parecía minuciosamente informada. Explicó cómo desmantelaron el establecimiento, pieza por pieza, hasta llevarse la mesa de billar. Hablaba con tanta convicción que Dámaso no pudo creer que no fuera cierto.

»—Mierda —dijo, de regreso a la cocina.

»Ana se puso a cantar entre dientes. Dámaso recostó un asiento contra la pared del patio, procurando reprimir la ansiedad. Tres meses antes, cuando cumplió 20 años, el bigote lineal, cultivado no sólo con un secreto espíritu de sacrificio sino también con cierta ternura, puso un toque de madurez en su rostro petrificado por la viruela. Desde entonces se sintió adulto. Pero aquella mañana, con los recuerdos de la noche anterior flotando en la ciénaga de su dolor de cabeza, no encontraba por dónde empezar a vivir».

Si por casualidad se hubiera metido a robar en la iglesia y se hubiera llevado la estatua de la virgen y violado al cura y al monaguillo las consecuencias no hubiesen sido tan desastrosas ni para el pueblo ni para Dámaso



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En este pueblo no hay ladrones (2)

Los sirios habían guardado sus trapos de colores para almorzar, y los almacenes parecían cabecear bajo los toldos de lona


El salón de billar no era un simple salón de billar. Era un centro de recreo, el club social, el mentidero donde la gente se enteraba de todas las noticias y chismes. Además parecía ser el único lugar del pueblo en el que había una radio. Allí se congregaba la gente todas las noches para escuchar «la transmisión radial del campeonato de béisbol». No había nada más importante en el pueblo que la transmisión del juego y el billar. Y el billar estaba ahora inutilizado. Faltaban las bolas blancas y una roja. La roja no tenía mayor importancia, se hubiera podido jugar sin ella. Pero las blancas son imprescindibles. La bola blanca, la que llamamos mingo, es la que se golpea con el taco, la que choca con las demás y las mete en las troneras, en esos agujeros que se encuentran en las bandas y esquinas de las afelpadas mesas de billar.

«Un grupo de hombres jugó a las cartas en la mañana y antes del almuerzo hubo una afluencia momentánea. Pero era evidente que el establecimiento había perdido su atractivo. Sólo al anochecer, cuando empezaba la transmisión del béisbol, recobraba un poco de su antigua animación».

El salón de billar ahora languidecía y el lánguido pueblo empezaba a relanguidecer con el billar. Mejor hubiera sido que hubiera cogido fuego la iglesia.

Ana, la mujer de Dámaso, sale en busca de noticias y la noticia está en todas partes, pasa de boca en boca, se transforma y se deforma. Se enriquece con nuevas pinceladas.Todo el mundo tiene algo que decir y lo dice sin tapujos. La vida del pueblo, un pueblo de carne y hueso, empieza desfilar ante nuestros ojos.

«No se hablaba de nada distinto en el pueblo. Ana tuvo que escuchar varias veces, en versiones diferentes y contradictorias, los pormenores del mismo episodio. Cuando acabó de repartir la ropa, en vez de ir al mercado como todos los sábados, fue directamente a la plaza.

»No encontró frente al salón de billar tanta gente como imaginaba. Algunos hombres conversaban a la sombra de los almendros. Los sirios habían guardado sus trapos de colores para almorzar, y los almacenes parecían cabecear bajo los toldos de lona. Un hombre dormía desparramado en un mecedor, con la boca y las piernas y los brazos abiertos, en la sala del hotel. Todo estaba paralizado en el calor de las doce.

»Ana siguió de largo por el salón de billar, y al pasar por el solar baldío situado frente al puerto se encontró con la multitud. Entonces recordó algo que Dámaso le había contado, que todo el mundo sabia pero que sólo los clientes del establecimiento podían tener presente: la puerta posterior del salón de billar daba al solar baldío. Un momento después, protegiéndose el vientre con los brazos, se encontró confundida con la multitud, los ojos fijos en la puerta violada. El candado estaba intacto, pero una de las argollas había sido arrancada como una muela. Ana contempló por un momento los estragos de aquel trabajo solitario y modesto, y pensó en, su marido con un sentimiento de piedad.

»—¿Quién fue?
No se atrevió a mirar en torno suyo.
»—No se sabe —le respondieron—.
Dicen que fue un forastero.
»—Tuvo que ser —dijo una mujer a
sus espaldas—. En este pueblo no hay
ladrones. Todo el mundo conoce a todo el mundo.
»Ana volvió la cabeza.
»—Así es —dijo sonriendo. Estaba empapada en sudor. A su lado había un hombre muy viejo con arrugas profundas en la nuca.
»—¿Cargaron con todo? —preguntó ella.
»—Doscientos pesos y las bolas de
billar —dijo el viejo. La examinó con una atención fuera de lugar—. Dentro de poco habrá que dormir con los ojos abiertos.
»Ana apartó la mirada».

«En este pueblo no hay ladrones», había dicho alguien, el culpable tenía que ser alguien de fuera, un forastero, y si era un negro, mejor. De hecho, ya había un sospechoso. El mismo «Dámaso pensó en el forastero que no había visto nunca y por un instante sospechó de él con una convicción sincera».
Al negro lo encontraron en el cine mientras Dámaso veía una película de Cantinflas y se llevó tremendo susto:

«De pronto, las imágenes de la pantalla palidecieron y hubo un estrépito en el fondo de la platea. En la claridad repentina, Dámaso se sintió descubierto y señalado, y trató de correr. Pero en seguida vio al público de la platea, paralizado, y a un agente de la policía, el cinturón enrollado en la mano, que golpeaba rabiosamente a un hombre con la pesada hebilla de cobre. Era un negro monumental. Las mujeres empezaron a gritar, y el agente que golpeaba al negro empezó a gritar por encima de los gritos de las mujeres: “¡Ratero! ¡Ratero!”. El negro se rodó por entre el reguero de sillas, perseguido por dos agentes que lo golpearon en los riñones hasta que pudieron trabarlo por la espalda. Luego el que lo había azotado le amarró los codos por detrás con la correa y los tres lo empujaron hacia la puerta. Las cosas sucedieron con tanta rapidez, que Dámaso sólo comprendió lo ocurrido cuando el negro pasó junto a él, con la camisa rota y la cara embadurnada de un amasijo de polvo, sudor y sangre, sollozando: “Asesinos, asesinos”. Después encendieron las luces y se reanudó la película».

El negro no tenía nada que ver con el robo y la policía lo sabía y lo sabía una prostituta con la que Dámaso se había acostado. Sólo Dámaso, al parecer, alberga ciertas dudas:

«—Todo el mundo se va para el puerto —dijo.
»Dámaso tuvo la sensación de no haber dormido más de una hora en toda la noche.
»—¿A qué?
»—A ver al negro que se robó las bolas —dijo ella—. Hoy se lo llevan.
»Dámaso encendió un cigarrillo.
»—Pobre hombre —suspiró la muchacha.
»—Pobre por qué —dijo Dámaso—. Nadie lo obligó a ser ratero.
»La muchacha pensó un momento con la cabeza apoyada en su pecho. Dijo en voz muy baja:
»—No fue él.
»—Quién dijo.
»—Yo lo sé —dijo ella—. La noche que se metieron en el salón de billar el negro estaba con Gloria, y pasó todo el día siguiente en su cuarto hasta por la noche. Después vinieron diciendo que lo habían cogido en el cine.
»—Gloria se lo puede decir a la
policía.
»—El negro se lo dijo —dijo ella—. El alcalde vino donde Gloria, volteó el cuarto al derecho y al revés, y dijo que la iba a llevar a la cárcel por cómplice. Al fin se arregló por veinte pesos.»
Al negro se lo llevaron en una lancha con «las muñecas amarradas a la espalda con una soga (…), sin camisa, el labio inferior partido y una ceja hinchada, como un boxeador». Lo subieron al techo de la lancha, «amarrado de pies y manos a un tambor de petróleo». Sólo conservaba intacta su dignidad, «una dignidad pasiva».
«—Pobre hombre —murmuró Ana.
»—Criminales —dijo alguien cerca de ella—. Un ser humano no puede aguantar tanto sol.
»Dámaso localizó la voz en una mujer extraordinariamente gorda, y empezó a moverse hacia la plaza.
»—Hablas mucho —susurró al oído de Ana—. Lo único que falta es que te pongas a gritar el cuento.»

La policía sabía que no era culpable, pero el negro tenía la culpa escrita en el color, había nacido culpable de ser negro.



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En este pueblo no hay ladrones (3 de 3)

Para mucha gente parecía como si de repente hubiera perdido la razón de vivir. Muchos de «los clientes del salón, que habían envejecido en torno al billar, no tenían ahora más diversión que las transmisiones del campeonato de béisbol»

Botella en el mar
En este pueblo no hay ladrones (3 de 3)

Con el pasar de los días Dámaso comienza a hacer crisis, una crisis de conciencia o lo que fuera que tuviera en lugar de la conciencia, un extraño sentimiento de culpa y de inutilidad. Las bolas de billar, a pesar de que las había enterrado bajo la cama, no lo dejaban vivir. Las bolas de billar y también el negro.

«—Total —concluyó Dámaso—, que sin quererlo nos tiramos al pueblo.
»—Sin ninguna gracia —dijo Ana.
»—La semana entrante se acaba el campeonato —dijo Dámaso.
»—Y eso no es lo peor. Lo peor es el negro».

Para mucha gente parecía como si de repente hubiera perdido la razón de vivir. Muchos de «los clientes del salón, que habían envejecido en torno al billar, no tenían ahora más diversión que las transmisiones del campeonato de béisbol». El salón de billar era como quien dice el alma de aquel apartado lugar y el alma se le había escapado con las bolas. Parecía como si fuera Semana Santa, decían algunos.

«El salón se abrió el lunes y fue invadido por una clientela exaltada. La mesa de billar había sido cubierta con un paño morado que le imprimió al establecimiento un carácter funerario. Pusieron un letrero en la pared: “No hay servicio por falta de bolas”. La gente entraba a leer el letrero como si fuera una novedad. Algunos permanecían, frente a él, releyéndolo con una devoción indescifrable».

No era ciertamente para menos. Era imperdonable, era inimaginable. Le habían quitado las bolas al pueblo. Quizás en el asunto de las bolas el travieso García Márquez quiso infiltrar un mensaje secreto, una metáfora, quizás una alegoría. Lo cierto es que el billar y el pueblo habían perdido sus bolas.

De hecho, el propietario ya estaba pensando en vender la mesa de billar y poner barajas y Dámaso estaba pensando en irse del pueblo.

La riqueza de la trama y la complejidad del personaje van más allá de lo anecdótico. No se trata sólo del robo de unas bolas de billar, sino del efecto que una cosa tan aparentemente insignificante tiene en el pueblo y en el comportamiento de Dámaso. Dámaso es un vago, un bebedor y fumador y mujeriego empedernidos, que vive de la mujer y golpea a la mujer cuando se le antoja. Es, además, un busca pleitos, que se enreda en peleas de bares sin motivo y encima de eso se permite despreciar al cantinero que le ofrece su ayuda y sus encantos:

«Tuvo que apoyar las manos en la mesa para levantarse. Cuando recobró el equilibrio el cantinero estaba cruzado de brazos frente a él.
»—Son nueve con ochenta —dijo—. Este convento no es del gobierno.
»Dámaso lo apartó.
»—No me gustan los maricas —dijo.
»El cantinero lo agarró por la manga, pero a una señal de la muchacha lo dejó pasar, diciendo:
»—Pues no sabes lo que te pierdes».

En su forma retorcida y atrabiliaria de ver las cosas entiende que el estado calamitoso en que se encuentra el pueblo es culpa suya y quiere enmendarlo. El vago e irresponsable Dámaso se sentía culpable por lo que estaba pasando en el pueblo. quiere enmendar las cosas y las enmendará a su modo. Un modo estúpido, idiota. Todo lo que le pasará y lo que le pasó no es por ser malo sino por bruto. Ana lo aconseja, se aferra a él con una desesperada cuanto inútil obstinación. Dámaso aprenderá, al final, y el aprendizaje lo llevará a la perdición.

«Ana lo sintió registrando el baúl. Se volteó contra la pared para evitar la luz de la lámpara, pero luego se dio cuenta de que su marido no se estaba desvistiendo. Un golpe de clarividencia la sentó en la cama. Dámaso estaba junto al baúl, con el envoltorio de las bolas y la linterna en la mano.
»Se puso el índice en los labios.
»Ana saltó de la cama. —Estás loco —susurró corriendo hacia la puerta. Rápidamente pasó la tranca. Dámaso se guardó la linterna en el bolsillo del pantalón junto con el cuchillito y la lima afilada, y avanzó hacia ella con el envoltorio apretado bajo el brazo. Ana apoyó la espalda contra la puerta.
»—De aquí no sales mientras yo esté viva —murmuró.
»Dámaso trató de apartarla.
»—Quítate —dijo.
»Ana se agarró con las dos manos al marco de la puerta. Se miraron a los ojos sin parpadear.
»—Eres un burro —murmuró Ana—. Lo que Dios te dio en ojos te lo quitó en sesos.
»Dámaso la agarró por el cabello, torció la muñeca y le hizo bajar la cabeza, diciendo con los dientes apretados:
»—Te dije que te quitaras.
»Ana lo miró de lado con el ojo torcido como el de un buey bajo el yugo. Por un momento se sintió invulnerable al dolor, y más fuerte que su marido, pero él siguió torciéndole el cabello hasta que se le atragantaron las lágrimas.
»—Me vas a matar el muchacho en la barriga dijo.
»Dámaso la llevó casi en vilo hasta la cama. Al sentirse libre, ella le saltó por la espalda, lo trabó con las piernas y los brazos, y ambos cayeron en la cama. Habían empezado a perder fuerzas por la sofocación.
»—Grito —susurró Ana contra su
oído—. Si te mueves me pongo a gritar.
»Dámaso bufó en una cólera sorda, golpeándole las rodillas con el envoltorio de las bolas. Ana lanzó un quejido y aflojó las piernas, pero volvió a abrazarse a su cintura para impedirle que llegara a la puerta. Entonces empezó a suplicar.
»—Te prometo que yo misma las llevo mañana —decía—. Las pondré sin que nadie se dé cuenta.
»Cada vez más cerca de la puerta, Dámaso le golpeaba las manos con las bolas. Ella lo soltaba por momentos mientras pasaba el dolor. Después lo abrazaba de nuevo y seguía suplicando.
»—Puedo decir que fui yo —decía—. Así como estoy no pueden meterme en el cepo.
Dámaso se liberó.
—Te va a ver todo el pueblo —dijo Ana—. Eres tan bruto que no te das cuenta que hay luna clara. —Volvió a abrazarlo antes de que acabara de quitar la tranca. Entonces, con los ojos cerrados, lo golpeó en el cuello y en la cara, casi gritando:— Animal, animal. —Dámaso trató de protegerse, y ella se abrazó a la tranca y se la arrebató de las manos. Le lanzó un golpe a la cabeza. Dámaso lo esquivó, y la tranca sonó en el hueso de su hombro como un cristal.
»—Puta —gritó.

Los que quieran conocer el final léanse por favor el cuento completo y vivan esa truculenta aventura. Léanse todo, por favor, no sean güevones:

«En este pueblo no hay ladrones», (https://www.literatura.us/garciamarquez/eneste.html)
Gabriel García Márquez, (Aracataca, Colombia 1928 – México DF, 2014).



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