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Con relativa frecuencia algún escritor dominicano da a conocer una nueva obra literaria. En la mayoría de los casos se trata de libros que caen en el olvido, no sólo por falta de público lector sino (especialmente en el caso de nuestra narrativa) por falta de calidad, de la magia necesaria para atrapar al lector. La experimentación desmedida, la poetización exagerada de lo narrado en detrimento
de la acción, también suelen acribillar la narración. Historias en las que no ocurre absolutamente nada, malas adivinanzas, parafraseo de libritos de historia, de eso está llena la actual narrativa dominicana.
Resulta agradable la lectura de un libro bien escrito, en el que los procedimientos técnicos y recursos formales son un medio para
que lo narrado resulte no sólo verosímil sino además interesante.
Esto es lo que sucede con Los cuentos negros del narrador y crítico
literario Pedro Conde Sturla (San Francisco de Macorís, 1945).
Libro encantador, capaz de generar el asombro que acompaña
a toda buena narración. Sus personajes, a veces tomados de una
realidad tan cercana y conocida como el Palacio de la Esquizofrenia
y la Zona Colonial de Santo Domingo, nos resultan entrañables y
marcados por una fantasía delirante.
“Como la literatura es un hecho, una expresión de la cultura”
—nos recuerda Marcio Veloz Maggiolo— , “es dable pensar que
así como no existe una ‘cultura universal’, sino culturas agrupadas
y acumuladas con diferentes valores, tampoco habría que pensar en
una ‘literatura universal’ capaz de contener valores coincidentes u
homogenizados y comunes a todas las literaturas de la tierra”.186 En
Los cuentos negros, Conde sitúa, a partir de una cultura particular
(la dominicana) sus personajes en un ambiente universal. El
localismo no entra en contradicción con la visión universal que
186 Marcio Veloz Maggiolo. “La literatura y los parámetros de ‘lo universal’.” Ponencias del
Congreso crítico de literatura dominicana. Diógenes Céspedes, Soledad Álvarez, Pedro Vergés
(editores). Santo Domingo, De Colores, 1994, p. 115.Pasión analítica | Apuntes sobre escritores dominicanos e hispanoamericanos
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sobre personajes y acontecimientos posee el autor. Sus cuentos, que
parten de la realidad nacional, trascienden fronteras hasta colocarse
en paradigmas internacionales.
Existen ciertos hilos conductores que enlazan un cuento con
el otro; y ese otro, con los demás. A veces es un personaje el que
reaparece —como el caso del personaje Villegas, Víctor Villegas, a
quien observamos mientras conversa con Carlos Gómez Doorly en
el Palacio de la Esquizofrenia, en el cuento “Más café, por favor,
infinitamente café”; y luego vemos a Villegas matando tiburones a
patadas en las inmediaciones del matadero del Soco, en el cuento
“Fábula del fabulador”, uno de los memorables de este libro—. Esta
intratextualidad ofrece un valor agregado al libro: nos reconforta
cuando un personaje que habíamos dejado páginas atrás nos sale al
frente, con una nueva secuencia de eventos estremecedores.
Once narraciones conforman Los cuentos negros. En “El ladrón”,
dos historias simultáneas se entrecruzan: por un lado, la del hombre
que intenta robar en una farmacia, a las tres de la madrugada, y es
descubierto, perseguido y violentamente golpeado; y por el otro,
la historia de la señora que llama con urgencia al doctor, acaso en
la misma farmacia pero en otro plano temporal, para que acuda a
curar a un hombre (al mismo ladrón) ya apaleado por la multitud
y finalmente acribillado por la Policía. Al final, los dos planos
narrativos confluyen y las historias son una sola. La simultaneidad
temporal, añadida al desarrollo de los acontecimientos, hace de “El
ladrón” un cuento entrañable dentro del conjunto.
El segundo cuento, “De profundis”, narra la angustia de una
familia ante la tragedia que enfrenta el padre, a quien, de tanto
llorar, los ojos se le volvían “rosas de sangre, mármol dolido de su
frente” (p. 23). El lector desea conocer el origen del sufrimiento,
no sólo el sufrimiento del padre sino de toda la familia y, de
manera particular, el del compadre. Y al final comprendemos,
con asombro, de dónde proviene semejante pesar: lo que ocurre
es que “después de treinta y cinco años de servicio en la Policía lo
habían puesto en retiro [al padre de familia] y sólo le faltaban dos,
apenas dos [compadre], únicamente dos muertos para llegar a cien
y empatar con el coronel” (p. 25). Como se puede colegir, la ironía,
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el sarcasmo, el humor negro están presentes en Los cuentos negros.
De ahí el título del libro.
Uno de los cuentos en que destaca el uso de la ironía es, en ese
orbe de perversión y fatalidad que puede llegar a ser la política, el
titulado “Al maestro con cariño”, texto censurado en el momento
de su aparición (1998); narra el encuentro, la reunión del profesor,
¿comprenden?, con cinco copias del Partido, (copias aquí significa
borregos, rebaño de ingenuos inútiles que flotan en la dirección del
viento) quienes tienen que acatar ciegamente las ideas del líder, sus
manías, su narcisismo. Hay que insistir en que el matiz político,
dada la cultura regional a la que el tema hace alusión, no malogra
el resultado. Así, el cuento trasciende la anécdota, y el “maestro”
puede ser cualquier líder de cualquier geografía; y el rebaño, legión.
La siguiente historia, “Yo adivino el parpadeo”, es la de un mulato
caribeño que se convierte en cantante de tangos. “Yo me sentía,
Señor” (dice el personaje) “un elegido, llamado me sentía, che Señor.
Lo sentía bailándome por dentro, una música bailándome por
dentro, rataplán, bordeándome por dentro, rataplán, coqueteando,
puteándome por dentro, rataplán, plan, plan... Yo iba para la gloria,
sí señor” (p. 36). Pero este infeliz quería ser Gardel. Y, al final,
un par de incidentes (un amigo que le aconsejó se dedicara a la
bachata, “que tú eres negro, che”, lo condujo a ser nadie. Si no
hubiera sido por eso, “no estaría aquí, con el mapo en las manos,
limpiando pisos en esta sala de hospital” (p. 41). Se trata de una
historia conmovedora, triste, decididamente azarosa. Nos hace
pensar en las tragedias griegas, pero con trasfondo suramericano y,
por necesidad, caribeña. Como un personaje onettiano, o rulfiano,
las metas que se traza parecieran ir justamente en la vía contraria
del destino. No importa, che puteado, lo que planifiques, el Diablo
tiene un lugar para ti, y un suape, un oscuro mapo, para llenar tus
manos anhelantes de grandeza. Maldita madre.
El tema de la religión o, para ser más específico, el de la crítica
mordaz a los jerarcas del catolicismo, Papa incluido, ocupa el centro
de atención de “El anticristo en palacio” y, también, de “Profundo
púrpura”. En este último, el narrador pone al desnudo, con una
economía de recursos y uso de la lengua insuperables, las bajas
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pasiones de la cúpula eclesial, su manejo de “la perversa virtud de
la inocencia” (p. 20), la avaricia del poder y el uso y abuso de todo
tipo de privilegios… terrenales. En ambos cuentos presentimos un
eco, más allá de lo que los títulos sugieren, de las ideas de Federico
Nietzsche, sobre todo de Más allá del bien y del mal y de El Anticristo.
Nietzsche, tan mencionado entre nuestros escritores, ha ejercido
menos influencia en ellos de lo pudiéramos imaginar. Por eso llama
la atención la forma en que Conde pone en la sicología de narrador
y personajes ideas del filósofo alemán.
“Sancocho a las tres en sombra (p. m.)” reúne a los contertulios,
los amigos Cepeda, Cordero, Mendy, Manolito, en una discusión
de variados asuntos, que va desde “los milagros del padre Emiliano
en Pimentel”, hasta el tema de “los misioneros anglicanos” que
“hablan [según Cepeda] de gentes partidas por la mitad, partidas
en cuatro y en cinco, que fueron de nuevo pegadas por la fe y
restituidas a la vida sin que mediaran costuras ni cicatrices” (p.
66). Todo transcurre mientras los comensales esperan con ansias el
sancocho de la comadre. En este texto es importante la figura del
cuenta cuentos, del hablador que imagina mundos alternos, que
lleva hasta el paroxismo el vicio por fabular, por crear realidades
deliberadamente ficticias.
Algunos cuentos rinden homenaje “a ciertos personajes y
situaciones del Palacio” de la Esquizofrenia, saloncito mágico del
imaginario poético dominicano. Es el caso del relato “Más café
por favor, infinitamente café”, así como del cuento “Barracuda”.
El primero narra un instante de la vida del poeta asesinado
Carlos Gómez Doorly. Ese instante transcurre en el Palacio, que
era, de algún modo, la oficina de Gómez Doorly. Sus hábitos, su
interminable lectura de periódicos (lee y subraya; subraya y lee)
mientras pide un café, otro café. La forma en que el narrador se
sumerge en la sicología del personaje impresiona. Me parece estar
viéndolo. Allí, sentado en su trono alucinado, Gómez Doorly recibe,
mientras lee o simula leer y subraya periódicos, a sus visitantes.
Conversa a veces, firma imaginarios autógrafos. Hasta que llega el
momento mágico, trascendental, en que cae de las nubes el poema.
Entonces ya Gómez Doorly no está para nadie. Cierra puertas y
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ventanas de su mundo, se sumerge en el abismo, se esfuma. Cuento
entrañable, no sólo para los que alguna vez importunamos a
Gómez Doorly en la realidad y en su delirio, sino para todo lector
que quiera sumergirse también en la sicología que nos crea Pedro
Conde Sturla en ese texto. Al leer el cuento, llego a la conclusión
de que Doorly no existió, que Pedro Conde lo creó en una página
de Los cuentos negros, que alguna vez nos reuniremos, en una suerte
de epílogo, en el Palacio que el Diablo posee (según testigos) en el
infierno.
El segundo cuento de esa especie, “Barracuda”, es otro homenaje
a uno de los seres entrañables del Palacio de la Esquizofrenia. En
“Barracuda” la narración toca los límites de la poesía, ingeniosa
búsqueda del autor, porque de esa manera cada cuento aporta
no sólo una anécdota, sino también un desafío lingüístico. Así, a
través de la poesía creada, Barracuda es “Náufrago en tierra firme”,
personaje “fluido en la fluidez de la palabra” (p. 76). La ambigüedad
semántica enriquece el texto, toda vez que el lector se interna en
un infinito universo de significados. Esa tendencia literaria, que en
nuestro país cuenta con autores como René Rodríguez Soriano y
Danilo Rodríguez, se enriquece con Pedro Conde Sturla debido a
que él no se aleja jamás de la anécdota, y logra, al mismo tiempo,
poesía y desplazamiento ininterrumpido de la acción.
Cuento singular es “El nazionalista”. En una sola página el
narrador describe la felicidad del personaje que “despertó con
el rostro inundado” de emoción, pues había soñado que “en la
calle Hostos de la Ciudad Colonial se había instalado un asadero
haitiano, tipo argentino” (p. 79). Del menú mejor no hablar. Es
una experiencia que ustedes, futuros lectores, deberán vivir. Es
como instalar a Nietzsche en el despacho de Hitler. Es, como todo
lo que escribe Conde Sturla, un desafío a la imaginación, y a los
falsos moralistas que se pasean en tenebrosos pasillos eclesiales y
gubernamentales.
El cuento más emblemático, el que mejor representa el conjunto,
es “Fábula del fabulador”. En él la imaginación no encuentra
fronteras que se interpongan. Paradójicamente, nos parece que
nunca hemos estado tan cerca de la realidad como en ese cuento.
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De nuevo un grupo de contertulios se reúne, esta vez capitaneados
por el superhéroe más connotado de las Antillas: el insigne doctor
Dato Pagán, Tarzán criollo con Chitas rubias y trigueñas, Charles
Atlas de la posmodernidad y el ciberespacio. El humor sobrepasa los
parámetros de la imaginación. Asimismo, es destacable el manejo
de la referencialidad cultural que el narrador va dejando caer
como quien no quiere la cosa. Los cambios de espacio y tiempo,
de plano narrativo, también se manifiestan con fuerza, llegando a
constituirse en rasgo diferenciador; pero apenas lo notamos.
¿Qué es lo que sucede en “Fábula del fabulador”? Sentado a una
mesa del Palacio de la Esquizofrenia, sin mover un pie de su silla,
Dato Pagán viaja por todo el mundo ante los ojos asombrados de
sus cofrades. Primero lo vemos atravesar los llanos venezolanos,
enfrentándose a serpientes capaces de hacer explotar las llantas de
un camión. Dato ni siquiera se inmuta. Apenas se incomoda al verse
obligado a interrumpir la lectura amena de Kant para asesinar a la
serpiente intrusa, poca cosa… Más adelante cambia de escenario: lo
vemos escapar estratégicamente por varios países de Europa: huye
del marido celoso de la duquesa en París: Dato no tiene parangón
entre los grandes amantes de la Historia. Ahora está frente a Jean
Paul Sartre, quien lo saluda efusivamente. Pobre filósofo francés
¿con cuáles argumentos podría rebatir al sabio Pagán?, creador
de inimaginables sistemas filosóficos intergalácticos… La cosa
no acaba ahí: Dato Pagán se encuentra, face to face, con otro
Nobel: Mucho gusto, Soy “Bertrand Russel, de la Universidad de
Oxford [...]” Mucho gusto, yo soy “Dato Pagán Perdomo, de la
Universidad Autónoma de Santo Domingo”, por si acaso (p. 89). Y
hay más, mucho más. Ahora encontramos a Dato Pagán envuelto
en arriesgadas misiones políticas. Corre peligro, pero se burla de
la CIA, de la INTERPOL, hasta de la mismísima KGB. Viaja por
la (ex) Unión Soviética. Hace el amor con una pirivoche, desnudos
sobre la nieve: Dato se calienta y el fuego de su propio cuerpo produce
una suerte de cráter de varios kilómetros cuadrados... El asombro
de los contertulios aumenta en la medida en que el personaje pone
en peligro su existencia, se expone sin más a los desafíos del orden
sideral. En la selva brasileña ahora sí que Dato Pagán está a punto
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de morir; casi lo perdemos, qué vaina, pues al hacer el amor con
una nativa en una canoa, los dardos y flechas envenenados intentan
asesinarlo. Pero he aquí que nuestro héroe huye (sin moverse de
su silla del Palacio), remando y al tiempo haciendo el amor, rema
y hace el amor, rema y lo hace sin poder detenerse de lo uno ni
de lo otro, acaso por miedo a que, si no continúa con ese doble
ritmo vertiginoso, la nativa lo acribille por el placer sexual que Dato
provoca. ¡Bárbaro!
Resulta curioso que un escritor como Pedro Conde Sturla, cuya
formación académica obedece al campo de la Historia, recurra a la
más acendrada ficción para crear sus cuentos, dejando de lado la
referencia a los acontecimientos históricos datados, que fácilmente
podría manejar. Estos últimos le sirven, eso sí, de coordenadas
para erigir sus ficciones. En un país en el que con frecuencia se
abusa de las paráfrasis basadas en los libros de historia; en el que
algunos narradores transcriben (¿se podría llamar plagio a estas
transcripciones?) capítulos de los textos de Cassá, Moya Pons
o Emilio Cordero Michel, tenemos a un historiador que basa su
mundo en la absoluta ficción. Labor loable, digna de ser imitada.
Sin embargo, la tendencia de muchos de nuestros narradores es la
práctica de literatura fácil, plagiara, y se constituyen en copiones
de los textos de historia. La historia debe ser un referente, no un
fin en sí misma. ¿Para qué reproducir, literalmente, el día a día de
tal o cual personaje si lo tenemos ubicado en los libros de historia?
Supuestamente se hace para contar lo que pudo haber sido, no lo
que fue. Pero a esa respuesta podríamos destinarle otra pregunta:
¿No poseen los libros de historia su propia ficción?
En fin, en los Cuentos negros, de Pedro Conde Sturla, sobresalen
la ironía y el humor negro. Los temas que trata y la forma en que los
aborda son suficientes para que el libro cause revuelo en el ambiente
cultural dominicano. El mayor valor de este libro lo constituye
el uso consciente y cauto de los recursos escriturales; también,
la maestría en el manejo de los diálogos, poseedores de la difícil
sencillez de lo sublime. Y la mezcla de realidad y ficción, capaz de
crear las más ilusorias fantasías con los elementos y personajes de
nuestra cotidianidad. Los mundos de sustitución, para usar una
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expresión de Antonio García Berrio, nos transportan a un universo
de fantasía aun sin alejarnos de la realidad.
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