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viernes, 9 de marzo de 2018

El Gatopardo







 







 

Burt Lancaster en la escena final de El Gatopardo. Fuente Externa 



Hace unos días volví a ver una película de Luchino Visconti que me ha traído intensos recuerdos y emociones, me ha sumergido más bien en la atmósfera cautivante de uno de los filmes más extraordinarios de la historia. En la impecable escena final, el adinerado y desencantado príncipe de Salina  sale de una fiesta, apoya una rodilla en el suelo, mira al cielo y pide a Venus que lo lleve al lugar de la “perenne certidumbre”. Desaparece luego con su elegancia a cuesta y su caminar felino por una callejuela.


El Gatopardo está a punto de entrar en el reino de la “perenne certidumbre”… 


 Los acontecimientos de los últimos meses han ido creando un ambiente de precariedad, inseguridad, inestabilidad, ambiente precisamente de incertidumbre que ahora invade el ánimo de Fabrizio Corbera, Príncipe de Salina. El desembarco de Garibaldi con su tropa de camisas rojas en 1860 (la expedición de los mil), anticipaba la caída de la dominante casa de Borbón en el sur de Italia (el Reino de las dos Sicilias).   Anticipaba, de otra manera, el resurgimiento, la futura unidad de Italia bajo la monarquía constitucional de Victorio  Enmanuel y la sustitución radical o paulatina de la rancia aristocracia por la trepadora burguesía capitalista. Quizás el enfrentamiento violento entre ambas clases, como había sucedido en Francia a fines del siglo XVIII. Un enfrentamiento que inspiraba terror.





“Fabrizio Corbera, Príncipe de Salina (…) representante de una aristocracia siciliana de larga tradición (…) asiste de forma entre estoica e irónica a las postrimerías del mundo al cual pertenece, marcadas por el ascenso de nuevos ricos de origen plebeyo al tiempo que por la unificación de Italia bajo el reinado de Víctor Manuel II. La obra consigue transmitir de forma incomparable, gracias a su peculiar ‘tempo’ narrativo, la esencia no sólo de una época de finitud y de cambio, sino también del singular carácter de Sicilia: de su insularidad, su paisaje, su luz y su aire, que consigue expresar hasta unos límites que los hacen casi palpables”.(http://www.bibliotecaspublicas.es/merida/imagenes/Novela_El_gatopardo.pdf).


El autor de la novela, Giuseppe Tomasi, príncipe de Lampedusa y duque de Palma di Montechiaro, era también un noble, tan noble y aristócrata como el director de la película, Luchino Visconti di Modrone, conde de Lonate  Pozzolo.








Pero Visconti era un noble de izquierda, el bien llamado príncipe rojo que se había identificado con los oprimidos pescadores sicilianos desde los años en que filmó “La tierra tiembla” (La terra trema, 1948). Alguien que denunció las miserables condiciones de vida de los campesinos y obreros del sur italiano y jugó un papel en la lucha antifascista.


Era además un gran director. Nadie mejor que él podía llevar la obra a la pantalla. Y lo hizo de tal manera que ambas parecen complementarse y son inseparables.


  El núcleo familiar característico de otras películas de Visconti y la importancia que siempre le concede reaparece enmarcado en un auténtico despliegue de virtuosismo escénico de gran belleza visual y un gran lujo de detalles. Recrea paso a paso el mundo perdido de la novela de Lampedusa.


Lampedusa describe con serenidad no exenta de irónica amargura la agonía, la irreversible decadencia de su entorno social, lo que para él representa el doloroso final de una clase, de una época de refinamiento aristocrático -pero también de pompa, afectación y estupidez- a otra de burguesa vulgaridad. Expone, simplemente, la idea del mundo o del mundo ideal de la nobleza siciliana con todos sus prejuicios y altanería.


La obra de Lampedusa fue recibida con desprecio y enojo por parte de la izquierda ortodoxa que no comprendió que su valor documental residía precisamente en la exposición minuciosa, detallada, de las ideas o ideario aristocrático de un príncipe en la tardía decadencia de la nobleza siciliana. Fue rechazada incluso su publicación en varias editoriales. Pero fue un izquierdista, un rojo radical, el excéntrico millonario y comunista Giangiacomo Feltrinelli quien finalmente la publicó en 1958. El mismo Feltrinelli que en 1957 había publicado “la primera edición mundial” de “Doctor Zhivago”, de Boris Pasternak.


Y fue Luchino Visconti, el llamado príncipe rojo, un marxista, simpatizante y colaborador del Partido Comunista Italiano, quien la acogió con admiración y la convirtió en una película admirable, convirtió la obra maestra en otra obra maestra.


El Gatopardo, en la película de Visconti, es Burt Lancaster en el mejor papel de su carrera, alguien que se parece extrañamente al personaje que se describe en el libro homónimo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa:


  “No es que fuera gordo: era inmenso y fortísimo; su cabeza rozaba -en las casas habitadas por la mayoría de mortales- el colgante inferior de las arañas; sus dedos sabían enroscar como si fueran papel de seda las monedas de un ducado; y entre Villa Salina y la tienda de un platero había un frecuente ir y venir para reparación de tenedores y cucharas que, en la mesa, su contenida ira convertía en círculos. Por otra parte, aquellos dedos también sabían ser delicadísimos en las caricias y en el manoseo, y esto, para su mal, lo recordaba Maria Stella, su mujer, y los tornillos, tuercas, botones, cristales esmerilados de los telescopios, catalejos y ‘buscadores de cometas’, que arriba, en lo alto de la villa, amontonábanse en su observatorio privado, manteníanse intactos bajo el leve roce. Los rayos del sol poniente, pero todavía alto, de aquella tarde de mayo encendían el color rosado del príncipe y su pelambre de color de miel lo que denunciaba el origen alemán de su madre, de aquella princesa Carolina cuya altivez había congelado, treinta años antes, la desaliñada Corte de las Dos Sicilias. Pero en la sangre de aquel aristócrata siciliano, en el año 1860, fermentaban otras esencias germánicas mucho más incómodas para él que todo lo atractivas que pudieran ser la piel blanquísima y los cabellos rubios en un ambiente de caras oliváceas y pelos de color de ala de cuervo: un temperamento autoritario, cierta rigidez moral, una propensión a las ideas abstractas que en el hábitat moral y muelle de la sociedad palermitana se habían convertido respectivamente en una prepotencia caprichosa, perpetuos escrúpulos morales y desprecio para con sus parientes y amigos, que le parecía anduvieran a la deriva por los meandros del lento río pragmático siciliano”.


En la descripción del personaje, en ese “hábitat moral y muelle de la sociedad palermitana”, en ese “lento río pragmático siciliano” hay una zurrapa ideológica, una reflexión política, todo el libro la tiene y también la película. Además, sugiere la presencia de otro protagonista que se llama Sicilia, la isla de Sicilia. La tormentosa y volcánica isla de Sicilia.


 EL GATOPARDO EN PALACIO


















  Pedro Conde Sturla











Fabrizio Corbera, príncipe de Salina, era un hombre de firmes creencias religiosas. En la mansión señorial de la familia, el rezo cotidiano del rosario era un hábito arraigado y puntual. Al atardecer, todos los días, en el exuberante salón rococó, “Durante media hora la voz sosegada del príncipe (recordaba) los misterios gloriosos y dolorosos” al tiempo que “otras voces, entremezcladas, (tejían) un rumor ondulante en el cual se (destacaban) las flores de oro de palabras no habituales: amor, virginidad, muerte…”.


En el ceremonial lo acompañan su mujer y siete hijos, los criados indispensables y el inefable padre Pirrone, un jesuita, el confesor de la familia. Sólo al enorme perro Bendicó no se le permite participar. Bendicó es uno de los personajes más importantes e influyentes del libro, una criatura simbólica con la que concluye la novela, no la película.


Los rezos tenían lugar sobre un ambiente pagano que “dejaba poco a poco descubiertas las desnudeces mitológicas que se dibujaban en el fondo lechoso de las baldosas”, y bajo un “Olimpo palermitano” que se despabila y despereza en cuanto callan las voces:


“En los frescos del techo se despertaron las divinidades. Las filas de tritones y dríadas, que desde los montes y los mares, entre nubes, frambuesas y ciclaminos, se precipitaban hacia una transfigurada Conca d'Oro para exaltar la gloria de la Casa de los Salina, aparecieron de pronto tan colmados de entusiasmo como para descuidar las más simples reglas de la perspectiva; y los dioses mayores, los príncipes entre los dioses, Júpiter fulgurante, Marte ceñudo, Venus lánguida, que habían precedido las turbas de los menores, embrazaban gustosamente el escudo azul con el Gatopardo. Sabían que ahora, por veintitrés horas y media, recobrarían el señorío de la villa. En las paredes los monos empezaron de nuevo a hacer muecas a las cacatoés”.


El Gatopardo es la opera prima, la primera y la única, de un lector voraz que muy poco había escrito, del cual se dice que nada hizo en su vida salvo viajar y leer, leer en cinco o seis idiomas a escritores clásicos y modernos, meditar y leer en soledad durante dieciséis horas al día. Eso le permitió sin duda adquirir la formación literaria necesaria para realizar en el último tramo de su vida la proeza que le dio póstuma fama.


Ésta no es en modo alguno -dice Julián Marías- una novela decimonónica, como algunos, confundidos acaso por el siglo en que se sitúa su acción, llegaron a afirmar en su momento. Es sin duda alguna una novela contemporánea (…), su autor no desconocía las nuevas técnicas ni los ‘avances’ del género, si es que puede llamárselos así, e incluso tuvo la modestia de descartar una posibilidad -contar una sola jornada en la vida del Príncipe Fabrizio di Salina- con la siguiente frase: ‘No sé cómo escribir el Ulises’. Pero sí sabía, por ejemplo, hacer un uso magistral de la elipsis, relatar fragmentariamente, sin subrayar y hasta sin contar del todo, dejar sin explicación lo que al lector le basta con vislumbrar o intuir, llevar a cabo iluminadoras asociaciones entre elementos dispersos y en apariencia secundarios o meramente anecdóticos, combinar sin fatiga ni trampa lo dicho y acaecido con lo sólo pensado (todo ello mucho más propio de la novela del siglo XX que de la del XIX), y sobre todo observar, reflexionar, insinuar, matizar”.(http://elpais.com/diario/2011/03/12/babelia/1299892342_850215.html).


Desde el primer párrafo, Lampedusa se revela como un maestro en el arte de escribir, el arte del bien decir y decir bien. La fina capilaridad sicológica con la que Lampedusa se introduce en el ambiente de “aquel Olimpo palermitano” y en la singularidad de sus personajes indica de forma inequívoca que estamos en presencia de la obra maestra de un talento literario de primer orden:


“La ansiosa arrogancia de la princesa hizo caer secamente el rosario en la bolsa bordada dejais, mientras sus ojos bellos y maníacos miraban de soslayo a los hijos siervos y al marido tirano hacia quien el minúsculo cuerpo tendía en un vano afán de dominio amoroso.


“Mientras tanto, él, el príncipe, se levantaba: el impacto de su peso de gigante hacía temblar el pavimento, y en sus ojos clarísimos se reflejó, por un instante, el orgullo de esta efímera confirmación de su señorío sobre hombres y edificios”.


Sí, en “aquel Olimpo palermitano”, el patriarca Fabrizio Corbera, príncipe de Salina, es el verdadero dios, el soberano de un reino en miniatura. Es el poseedor de cuantiosos bienes y de siervos, un castillo, un palacio. En el escudo nobiliario de Fabrizio Corbera figura en campo azul un gatopardo de oro (la traducción poética o “conscientemente errónea” del leopardo jaspeado, leopardo leonado o leopardo rampante). Fabrizio Corbera se siente orgulloso, desde luego, de su estatura social, envanecido más bien. Dice de vez en cuando, con refinada altanería, “que un palacio del cual se conozcan todas las habitaciones no es digno de ser habitado por un príncipe”.

















pcs, viernes 16 de marzo de 2018










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