Los argonautas en tiempo de internautas (1-4)
Pedro Conde Sturla
13 octubre, 2023

Fue en esa época de vacaciones que conocí a Jasón y a su grupo de intrépidos amigos. Alguien se apareció en mi casa con un libro, un libro grande con una portada de color verde, y cuando lo abrí ya no pude cerrarlo. Me llamaban a comer y decía dos o tres veces que estaba ocupado, hasta que me enseñaban la correa. Me llamaban para salir a jugar pelota y no hacía caso. Me decían que me fuera a bañar y tenía que obedecer de inmediato.
Imagínense lo que significaba para un muchacho de diez o doce años encontrarse así de pronto con un personaje como Jasón y aquel grupo de navegantes, que eran los héroes más grandes que había tenido Grecia y que viajaban en un barco encantado llamado Argos.Argos era el nombre del entrañable perro de Ulises, que lo esperó durante veinte años, que fue el único que lo reconoció a su regreso, que sólo estaba esperando a que regresara para morir.
Argos era el nombre de un tipo que trabajaba para la diosa Hera, que tenía más de cien ojos, y cuando dormía dejaba la mitad abiertos y lo veía todo y lo vigilaba todo. Cuando lo mataron, la diosa le quitó los ojos y se los puso en la cola al pavo real, a todos los pavos reales.
Pero el Argos a que me refiero fue el que construyó el barco al que le pusieron su nombre. El barco en que viajarían los que llamarían Argonautas.
No fue trabajo fácil construirlo, según lo que cuenta en versos un tal Apolonio de Rodas. La misma diosa Atenea, también llamada Minerva (la diosa de la sabiduría que todavía veneramos), intervino personalmente. Fue ella quien le pidió a Argos que hiciera el barco, que tenía que ser grande, rápido, resistente, para aventurarse en el mar profundo y enfrentar todas las tempestades. Los planos, de origen divino, del que sería el más increíble navío de todos los mares, no podían llevarse a cabo sin intervención divina y mucho menos en tan corto tiempo. Cincuenta hombres dieron forma a la mejor madera del mundo para construir el Argos en apenas tres meses. Un barco que tenía el don de la palabra, un barco que hablaba y podía hacer profecías gracias a una pieza mágica, un tablón sagrado proveniente de un santuario de Zeus, que había tomado la diosa, quizás sin su consentimiento, y que había colocado en la proa. Era algo increíble y fascinante a la vez.
En el Argos viajaban cincuenta remeros y la más selecta tripulación de héroes y semidioses, y Jasón estaba al mando.
Con Jasón viajaba Hércules, uno de los tipos más fuertes del mundo, mitad dios y mitad humano, un semidiós, uno de los hijos de Zeus, que era el jefe del Olimpo, donde vivían los dioses, el jefe de todos los dioses griegos.
Viajaba también Orfeo, que era el mejor músico del mundo, «el padre de los cantos», como decía el poeta Píndaro. La música de la lira de Orfeo apaciguaba a las fieras, cambiaba y detenía el curso de los ríos y movía árboles y rocas, hechizaba a todos los seres y su presencia en el Argos sería de vital importancia.
También viajaba Teseo y viajaba Peleo, el futuro padre de Aquiles, viajaba Telamón, el futuro padre del poderoso Áyax y viajaban, entre otros más, los gemelos Cástor y Pólux, nacidos al mismo tiempo de la misma madre, pero de diferentes padres… Los “hermanos” de La Salle me habían predicado durante un año el catecismo, pero yo tenía un débil por la mitología griega.
No nos adelantemos, sin embargo, a los acontecimientos. El cuento comienza cuando Jasón se dispone a cruzar un río después de mucho caminar por campos y montañas y se encuentra en la orilla a una señora anciana que le pide ayuda…
«La travesía del río
»El sol de la mañana bañaba los campos cuando Jasón comenzó a bajar la escarpada montaña. Tras cruzar un sombreado pinar, se abrió camino por un viñedo de cepas enmarañadas. Ya a media tarde, se extendió ante sus ojos una amplia llanura llena de campos de maíz y salpicada de verdes limonares. Pero, para alcanzarla, Jasón debía cruzar el río Anaurio, que bajaba muy crecido por el deshielo de las nieves.
»Se disponía a meter los pies en el agua helada cuando vio a una anciana que observaba la corriente. Iba vestida con harapos y deambulaba junto a la orilla con los ojos clavados en el curso torrencial del Anaurio. Al ver a Jasón, dijo con débil voz:
»—¡Ayúdame, muchacho, por favor! ¡Ayúdame a cruzar el río!
»Jasón miró a la mujer y dudó por un instante. Si se echaba a aquella anciana sobre los hombros y él resbalaba, el agua los arrastraría fatalmente. Pero Quirón le había enseñado a ser generoso, así que contestó:
»—Mis hombros son anchos y tu cuerpo es ligero. ¡Sube a mis espaldas!
»Con la mujer a cuestas, Jasón hundió sus pies en el cauce cenagoso* del río y empezó a luchar contra la corriente. Pero la mujer se mostró quisquillosa y no paró de quejarse.
»—¡Me estás mojando la ropa! —decía—. »¿Es que pretendes ahogarme?
»Jasón tuvo que emplear todas sus fuerzas para alcanzar la otra orilla, pero al fin lo logró. Dejó a la anciana en el suelo y entonces notó que había perdido una de sus sandalias en el lecho del río. Se había cortado con el filo de una piedra, y de la planta del pie le manaba un hilillo de sangre.
»—Me he cortado —dijo Jasón.
»Entonces alzó la mirada, y lo que vio le dejó maravillado. La anciana a la que había llevado sobre sus hombros acababa de transformarse en una mujer alta y bellísima que vestía una deslumbrante túnica blanca. Lleno de asombro, Jasón preguntó:
»—¿Quién eres?
»Pero la respuesta saltaba a la vista: los ojos de la mujer resplandecían con una luz tan intensa que no había duda de que era una diosa.
»—No sufras por tu sandalia —dijo la mujer»—, pues no la has perdido en vano. Yo soy Hera, madre de todos los dioses, y te he pedido que me ayudases a cruzar el río para ponerte a prueba. Y como me has ayudado, de hoy en adelante te protegeré y te orientaré con mis consejos siempre que lo necesites. Ahora ve a Yolco y reclama lo que es tuyo.
»Jasón se arrodilló y bajó la cabeza en señal de gratitud y, cuando volvió a alzar los ojos, Hera ya había desaparecido. Todo había sido tan extraño que el muchacho se pasó un buen rato preguntándose si su conversación con la diosa habría sido algo más que un simple sueño».
El bello sino del oro
Pedro Conde Sturla
20 octubre, 2023

El asunto es que Jasón era hijo de un rey, el rey de Yolco o Jolcos, una ciudad griega que se encontraba frente al mar Egeo, entre lo que es hoy Grecia y Turquía. Había sido fundada (de acuerdo con las más acreditadas fuentes de la mitología griega), en época inmemorial por un señor llamado Creteo, que se la había dejado en herencia a su hijo Esón, pero el hermanastro de Esón, llamado Pelias, lo había destronado.
La genealogía de los personajes mitológicos griegos, la cuestión de la ascendencia y descendencia, siempre es más complicada de lo que parece. Pelias era hermano de Esón, pero de una manera adulterinamente morbosa. Poseidón, dios de los mares, estaba enamorado o encaprichado con Tiro, la mujer de Creteo, madre de Esón, pero ella no le hacía caso porque estaba perdida por Enipeo, un dios acuático, fluvial. He aquí, sin embargo, que Enipeo no mostraba interés en ella. Entonces a Poseidón se le ocurrió adoptar la figura de Enipeo y la llevó a la cama o a cualquier otro sitio donde tuvo sexo con ella. Entre los griegos no hay dioses infertiles ni métodos anticonceptivos. En su único acoplamiento Poseidón le pegó una barriga a Tiro y Tiro tuvo a Pelias y a un hermano gemelo de quienes Tiro no quiso saber y terminó repudiando y abandonando. Pelias era, pues un semidiós, un hijo de dios y mortal, que nunca manifestó algún poder especial. Era un simple intrigante que usurpó el trono de Esón, el que sería padre de Jasón.Por fuerza de las circunstancias, cuando Jason nació tuvieron que esconderlo para que no lo mataran, pues era el legítimo heredero al trono. De hecho, antes de que naciera, su madre hizo creer que había muerto. Después lo mandaron a estudiar con el sabio Quirón, que era un caballo con cabeza de gente que vivía en la cueva de un monte. Uno de esos seres maravillosos que llamaban centauros.
También el linaje de Quirón es complicado, turbio, un producto de transformaciones con propósitos inconfesables. Cronos, dios del tiempo, el que devorada a sus hijos, el dios que nos devora a todos, se prendó de Filira, hija del Titán Océano y Tetis, es decir, lo que los griegos llamaban una oceánide. Como Cronos tenía mujer, que también era diosa y muy celosa, se convirtió en caballo para no ser reconocido y copular con Filira, pero igualmente es posible que fuera Filira la que se convirtiera en yegua para tratar de librarse inútilmente del acosador. Huyó después al monte con el vientre hinchado para evitar la vergüenza y dio a luz a esa extraña y maravillosa criatura que del ombligo hacia arriba era una persona divina y del ombligo hacia atrás era un caballo.
Quirón era un maestro como los de antes, un maestro de renombre que había sido el tutor de grandes héroes. Quirón te educaba y entrenaba a la vez, te enseñaba arte y música, medicina y cirugía, te enseñaba a cazar, te enseñaba deportes probablemente. Siempre pensé que también te podía llevar a pasear en el lomo. Además, a diferencia de los demás centauros, que eran intratables, Quirón tenía buen carácter. Un personaje fascinante.
Jasón recibió, pues, una excelente educación y se convirtió en un tipo fornido, aguerrido y muy sabido. Cuando cumplió 20 años, regresó a Yolco para reclamar su reino. En el viaje de vuelta, en algún momento Jasón perdió una sandalia y ocurrió lo que contamos la vez pasada: ayudó a cruzar un río a una anciana que se convirtió en diosa y perdió una sandalia. Algo que según una profecía tenía la mayor importancia, según lo que cuenta Apolonio de Rodas en un poema épico famoso que la mayoría hemos leído en prosa novelada, al igual que la Ilíada y la Odisea, que son insoportables, para la gente de estos tiempos, en su poética forma original.
La nave y sus tripulantes
“Pelias, rey usurpador que imperaba en Jolcos, consultó el Oráculo deseando saber si su dominación sería duradera, y el Arúspice, tras de llevar a cabo la ceremonia ritual, respondió:
»—Soberano Señor: la Fortuna te será contraria. El pueblo, ingrato a tus beneficios, anhela tu destronamiento. Conocerás a tu sucesor en esta señal: se presentará ante tí con sólo un pie descalzo.
»Quedóse meditabundo Pelias oyendo este pronóstico, y algún tiempo después, llegó a su palacio Jasón, hijo de Esón, rey legítimo de Jolcos y de su esposa la reina Alcimeda, con objeto de reclamarle el cetro. En su adolescencia, Jasón, que demostraba grandes aficiones marítimas, bañándose frecuentemente en el Egeo, fué educado por el centauro Quirón. El Hado permitió que el mancebo, en su viaje a Jolcos, al vadear el río Anauro, perdiese una sandalia, que quedó enterrada en el fango, por lo cual apareció ante Pelias con un pie desnudo.
»Advertido el rey por el Oráculo (y del cual Jason no tenía conocimiento), prometióle espontáneamente la herencia de su reino, pero le puso por condición emprender un largo viaje por mar, y rescatar el vellocino de oro que Frixo había dejado en poder de los colquios.» (1)
Jasón estaba a punto de embarcarse pues en una misión imposible. El astuto rey Pelias lo había engatusado y lo enviaba a una remota y peligrosa región donde esperaba que en lugar del vellocino encontrara la muerte. El largo viaje, como se puede apreciar en la ilustración, comenzaría en la región griega de Tesalia y terminaría en Colquios, en la orilla oriental del mar Negro, una región que hoy pertenece a Georgia, la patria del monstruoso y no menos mitológico Stalin.
Una misión imposible
»Pelias sabía que el vellocino se hallaba en el límite oriental del mundo conocido, al otro lado de mares que nadie había surcado, protegido por una poderosa serpiente de fauces venenosas. Conquistar el vellocino de oro era un trabajo inaccesible a las fuerzas humanas. De modo que, si Jasón aceptaba aquella misión, no había duda de que perdería la vida en el intento de llevarla a cabo.
»Jasón permaneció pensativo unos instantes. Su maestro Quirón le había hablado muchas veces del vellocino de oro, y Jasón siempre había soñado con conquistarlo. Aquella aventura era una temeridad, pero Jasón estaba decidido a demostrar su valentía, así que miró a su tío con gesto seguro y respondió:
»—Sí, soy capaz: ¡Traeré a Grecia el vellocino de oro!» (2)
Notas:
(1) «Los argonautas», poema épico de Apolonio de Rodas, adaptado a la juventud por Carmela Eulate.
(2) “Jasón y los argonautas”, Ilustrado por Jason Cockcroft, Versión Agustín Sánchez Aguilar, Susana Camps, Vicens Vives Editorial.
Jasones y Medeas
Pedro Conde Sturla
27 octubre, 2023

La versión de los argonautas que leí en esa época (allá por los años cincuenta del pasado siglo), era una versión edulcorada, «adaptada a la juventud», en la que no aparecían muchas de las historias escabrosas que deleitan al lector adulto y que con tanta frecuencia adornan las mejores páginas de la mitología grecorromana y judeocristiana. Esas que tanto les deben a las de Mesopotamia y Egipto.
La misma historia del vellocino, que el usurpador Pelias le cuenta a Jasón al inicio, es de por sí bastante escabrosa y me pareció una injusticia y me causó gran tristeza. El vellocino de oro, que había sido en principio un carnero alado (lo que nosotros llamaríamos impropiamente un ovejo volador), pertenecía a un dios llamado Hermes y había brindado un gran servicio a dos hermanos que se encontraban en un gran peligro y recibió en pago la muerte.El caso es que la diosa Néfele lo manda a salvar a sus hijos Frixos y Hele de su despiadada madrastra. El carnero logra salvarlos y se los lleva volando sobre el mar. Lamentablemente Hele se cayó al agua y pereció en un lugar que desde entonces recibe el nombre de Helesponto, el mar de Helé, correspondiente a lo que hoy se llama estrecho de los Dardanelos.
El otro hermano, Freixo, llegó bien a su destino y para dar gracias a los dioses no se le ocurrió otra idea que sacrificar el carnero al cual debía la vida y dejó la piel en un bosque sagrado al cuidado de un dragón o una serpiente. Mejor hubiera sido que también se hubiera caído al agua. Por ingrato.
Así lo cuenta Apolonio de Rodas:
«Invitó a Jasón al banquete en el que se honraría al dios Neptuno y otras deidades del Olimpo, mas omitió el rey rendir homenaje a la diosa Juno, concitándose así su enemistad.
»—Narradme, ¡oh, noble señor! —exclamó Jasón, satisfecho de la cordial acogida de Pelias—, la historia del vellocino, y las circunstancias en que fué perdido.
»Meditó Pelias unos instantes, y luego repuso con acento majestuoso:
»—Voy a satisfacer, ¡oh, mancebo!, tus deseos. Atiende con cuidado. Atamante y Néfele tuvieron dos hijos por descendientes: Frixo y Hele. Perseguidos éstos por las acechanzas de su cruel madrastra, quisieron alejarse de Grecia utilizando para ello un carnero de vellón de oro, donativo del dios Mercurio.
»—Permíteme, ¡oh, rey!, que te interrumpa, pues tu narración me interesa sobremanera. Algo había oído referente a esos hermanos, pero el relato llegó a mí, confuso. ¿Lograron escapar a los furores de su cruel enemiga?
»Meditaba Pelias la respuesta, combinando en su imaginación las trazas que hicieran imposible el cumplimiento de las condiciones, y contestó así:
»—Abandonaron ambos hermanos las costas de Grecia, mas en su fuga, Hele cayó al mar, recibiendo por ello las aguas que franquean el misterioso Ponto Euxino, en honor de la doncella, el nombre de Helesponto. Frixo continuó su marcha hacia la Cólquide, en la que reinaba entonces Etas; allí sacrificó el carnero a Júpiter y su piel, cubierta de vellón áureo, quedó colgada en las ramas de una encina sacra.
»—¿Qué he de hacer yo? —interrogó el mancebo.
»—Has de ir a esa región misteriosa y traer el vellocino de oro. A tal precio, sin derramamiento de sangre, te otorgaré el cetro que perteneció a tus antepasados.
»—¿Y qué medios pondréis, ¡oh, rey!, a mi disposición para que pueda realizar la te- meraria empresa?
»Sonrió el monarca, al ver que su astucia despertaba las ambiciones de Jasón, y continuó así:
»—Te daré una hermosa nave, y llamarás, para que la tripulen, a hombres de todos los confines de Grecia; ellos se denominarán, como tú, argonautas, pues Argo será el apelaivo de la nave que te ofrezco». (1)
Mayor tristeza y agravio me causó saber lo que pasó al final con Medea y Jasón pues también ella sería víctima de una injusticia.
Fue ella quien sumió al dragón insomne que custodiaba el vellocino en un pesado sueño, fue ella y sólo ella la que hizo posible que Jasón lo obtuviera, la que ayudó a Jasón a vencer a unos toros con pezuña de bronce, la que abandonó por amor a Jasón todos los privilegios y lujos de que gozaba: su palacio, su padre, su corona de princesa, la que venció al gigante Talos que amenazaba con destruir la nave:
«La obedecen en silencio, y la maga apoyada en el brazo de Jasón, sube a cubierta, y saltando de banco en banco, se coloca en el punto más elevado de la nave; desde allí, vuelve el rostro hacia la atalaya, y extiende en dirección de Talo, sus manos. Ha subido Medea envuelta en un manto de púrpura, y entona por tres veces trágica cantilena, evocando a las Parcas dominadoras del éter, y a medida que su voz se eleva sobre el rumor de las olas, sus pupilas lanzan rayos que van a clavarse en el formidable cuerpo del monstruoso enemigo.
»No necesita la maga valerse de agudas flechas ni de flamígeros aceros, sino que su mirada centelleante va derritiendo el bronce, y cuando Talo se preparaba a arrojar un enorme peñasco para cerrar la entrada del puerto, la mirada de Medea se fija en el débil tendón, y por allí goteando plomo, y no sangre, empieza a escapársele la vida al gigante. Balancéase el cuerpo al que apenas pueden sostener ya los pies, las horrísonas pupilas quedan opacas, y el monstruo cae en las aguas de la isla de Creta impotente para guardarla». (2)
En la versión edulcorada, «adaptada a la juventud», Medea y Jasón se casan y tienen hijos y un amor que parece eterno y Jasón regresa felizmente a reclamar su premio:
«Por fin, un día, costeando la península roqueña del Atica, y dejando atrás ínclitas ciudades, penetran en la ensenada de Pagasa, donde son recibidos entre atronadores aplausos por entusiasta muchedumbre que recuerda la partida del Argo a la conquista del fabuloso vellocino de oro».
Sin embargo, lo cierto es que cuando llegan al palacio de Pelias y le entregan el vellocino, éste se niega a cederle el trono a Jasón. Medea se desquita haciendo que las propias hijas le quiten la vida, quizás con su consentimiento. Las convence, con malas artes, de que podían rejuvenecerlo, proporcionarle la eterna juventud si lo descuartizaban y hervían en una poción mágica que había preparado. Muy drogadas o estupidizadas por la magia de Meda debían estar las hijas para hacer lo que hicieron y muy loco debía estar Pelias si acaso consintió.
Aún así, Jasón no conseguiría el trono y emigró con Medea a la región de Corinto, tuvieron tres hijos y vivieron felices, al menos por unos diez años. A la larga, Medea sufriría la peor de las injusticias, la peor afrenta, pero mucho peor fue lo que ella se hizo a sí misma. El ingrato Jasón se enamoró de esa manera perrícola o perruna en que suelen enamorarse los hombres y la recompensó por todos sus inigualables servicios y sacrificios con la traición más humillante. La dejó por otra. La dejó por otra más joven y mejor dotada. Sucumbió a los encantos de la hija del rey de Corintio, se mostró dispuesto a abandonarlo todo para casarse con la hija del rey de Corintio y convertirse en rey. No sé qué estaba pensando Jasón en esos momentos, pero debió saber que una mujer como Medea no iba a tolerar infidelidades. Medea medita, en efecto, una venganza terrible, envió a la feliz consorte un manto y una corona envenenados. La esposa muere en medio de horribles dolores y muere el padre que la toca y Jasón queda viudo y alborotado. Para peor, en un rapto de mayor locura, enferma de dolor y desamor, y para causarle mayor sufrimiento, hizo Medea lo último que uno pensaría que haría una madre: mató también a sus propios hijos. Se infligió a sí misma, para infligir al padre de sus hijos, el peor infierno.
Otra versión menos truculenta afirma que fueron los corintios los que asesinaron a los niños porque Medea había mandado con ellos los venenosos regalos.
Muchas cosas no han cambiado desde entonces. Jasones y Jasonas y Medeas y Medeos se siguen sucediendo en la historia intermitentemente.
Notas:
«Los argonautas», poema épico de Apolonio de Rodas, adaptado a la juventud por Carmela Eulate.
Ibid
Ibid l
Mitologías y chismografías
Pedro Conde Sturla
El chisme como categoría épico lírica es una de las grandes constantes de la mitología. Todas las mitologías —incluso las más pudorosas, recatadas—, están plagadas de intrigas, de mugrientos secretos familiares, de historias no edificantes, de chismes al granel… Hermanas que emborrachan al papá, que lo violan, que salen encinta del papá, un rey que manda a matar al marido de una mujer para quedarse con ella, un dios asexual que manda a un espíritu a negociar un adulterio…
Lamentablemente, los chismes de algunas mitologías como la judeocristiana tienen el inconveniente de que todavía mucha gente cree en ellas. La mitología griega es más divertida, más humana que divina, más liviana, creativa, vaporosa, y nadie la toma en serio. Es puro chisme. Creo que son los chismes, más que las grandes hazañas de héroes y semidioses, los que le dan sabor y emoción a la mitología griega.
Los dioses griegos se emborrachan, crapulan, viven sedientos de vino y viven sedientos sexo y no de sangre, y a la hora de follar son mucho más liberales. Quizás liberales en exceso.
Del mismo Zeus, por ejemplo, el jefe de los dioses griegos, se dicen cosas horribles. No es sólo que había destronado a su padre (que había destronado a su vez al suyo, después de cortarle las bolas con una guadaña) y lo había encerrado en un oscuro abismo en el fondo de la tierra, no es sólo que libró interminables guerras, que cometió crímenes y abusos y se ponía histerico cuando lo contrariaban, sino que además era un sexópata, un adicto sexual incurable, un falócrata empedernido, violador y pedófilo. Y además era capaz de convertirse en cualquier cosa, en cualquier animal o elemento de la naturaleza para conseguir su objetivo. Las buenas maneras, el cortejo y las galanterías, no eran para Zeus. Tomaba lo que quería, generalmente a la fuerza.
Zeus estaba unido incestuosamente a su hermana Hera, a la que rescató del vientre de su padre. Del vientre de Cronos, el dios del tiempo, que tenía y tiene la mala costumbre de devorar a sus hijos. Se los tragaba enteros, literalmente, para que no le hicieran a él lo que había hecho con su padre, pero todo fue inútil. Zeus, con ayuda de su madre, lo obligó a vomitar y rescató a todos sus hermanos. Luego quiso cobrarle a su hermana Hera el favor y se lo cobró de mala manera. Quería que su hermana le pagara como quien dice en especie, y como Hera se negó, comenzó a acosarla. Pero Hera seguía negándose y el gran Zeus se valió de una de sus artimañas. Se le apareció de incógnito, en la forma de un pájaro cuco con las plumas mojadas y friolento, y Hera se enterneció y comenzó a acariciarlo y en cuanto se descuidó la poseyó, la violó, le quitó la virginidad, la deshonró, la avergonzó. La infeliz Hera, por vergüenza (y por venganza) se casó con él y permaneció siempre fiel, pero atormentada por los celos y por los cuernos que le ponía su infiel esposo. Su carácter se agrió probablemente. Los celos la consumían de tal manera que se pasaba el tiempo tramando venganzas contra las víctimas de Zeus y contra los hijos que tenía con ellas. Inútilmente trató de controlarlo para impedir que sedujera a una sacerdotisa, haciéndolo vigilar por su fiel Argos, que tenía ojos por todo el cuerpo y sólo cerraba una parte cuando dormía. La vigilancia de Argos impedía al dios acceder al objeto de su deseo y el dios lo mandó a suprimir. Fue entonces que Hera pegó sus ojos en la cola del pavo real.
Zeus, según se calcula, tuvo relaciones con innumerables personajes y dioses olímpicos, valiéndose en la mayoría de los casos de disfraces, engaños o simple violencia, y hasta se dice que abusó de su propia madre. En una ocasión se transformó en un sátiro para obtener los favores de la bella Antiope y se transformó en mujer para acostarse con la ninfa Calista, se convirtió en toro para raptar a una princesa fenicia llamada Europa, se transfiguró en una nube gris para violar a una sacerdotisa, se convirtió en Anfitrión, el esposo de la bella Alcmena, para meterse en su cama.
También se transformó en un cisne que fingía ser perseguido por un águila cuando vio a Leda bañándose desnuda en un río y la sedujo o la violó, como era su costumbre. Para complicar las cosas, el esposo de Leda también yació con ella ese día y Leda quedó en cinta de ambos y dio a luz un par de huevos en los que se formaron dos parejas de mellizos. Un lío detrás de otro.
Para poseer a Danae, que estaba encerrada en una torre, tuvo que ser más imaginativo y se convirtió en lluvia de oro. Aunque tal vez, como me decía mi padre, lo que quiere decir el cuento es que sobornó a los guardianes para que le abrieran la puerta,
Para peor, Zeus se sentía igualmente atraído por los varoncitos y los niños, por los de su mismo sexo, y en cuanto vió a Ganímedes (que era, según Homero «el más hermoso de los mortales») perdió completamente la cabeza, se convirtió en águila y le metió las garras. Dicen que el niño, aterrorizado, se orinó en el acto. El águilado Zeus remontó el vuelo llevándose a su presa, lo desfloró al pobre Ganímedes y se lo llevó al Olimpo para que sirviera copas a los dioses, pero también le daba otros usos.
La esposa le reprochaba:
«Y nunca tomas la copa de sus manos sin darle antes un beso, en presencia de todos, y su beso te resulta más dulce que el néctar. Y cuando él ha bebido, tomas la copa y bebes en ella poniendo tus labios en el mismo sitio que él lo hizo, para seguir besándolo mientras bebes.»
En fin, que Zeus era un inmoral, un vicioso, un intrigante, un chismoso, quizás igual que la legión de diosas y dioses que poblaba ese lupanar llamado Olimpo.
En fin, que son unos degenerados, unos promiscuos los dioses griegos (como diría con su latina elegancia mi gran mentor y amigo Dinaprius de Sotus Bellum), pero también más liberales, más tolerantes y divertidos. Dioses más tolerantes que el de los judíos y sobre todo más tolerantes y menos inhumanos que el de los brutales y crueles y sicorrígidos dirigentes de Israel.

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