(1)
El salto de la nunciatura (1-2)
Pedro Conde Sturla
10 marzo, 2023
A Consuelo Despradel

Pedro de Alvarado pasó a la historia por un famoso salto que en realidad fue un brinco al que se le sigue llamando salto. El salto de Alvarado. En el libro de historia que estudiamos en bachillerato se lo describe como uno de los grandes acontecimientos de “la conquista y evangelización de América”. El rubicundo Alvarado estaba siendo perseguido por los mexicas en Tenochtitlan, una banda de maleantes, unos pelafustanes inciviles o salvajes que lo querían probablemente desollar vivo. Se vió de repente acorralado, casi atrapado, pero el valor de seguir huyendo no lo abandonó. Le echó mano a una lanza, no para morir peleando, sino para usarla como pértiga o garrocha y atravesar volando, de un salto olímpico, uno de los tantos canales de la fastuosa ciudad.
Lamentablemente las cosas no son en realidad tan bonitas como las que pintaba aquel manual de historia apologética en el que los españoles representaban la civilización y los indígenas la barbarie.
Alvarado llegó a Tenochtitlán el 8 de noviembre de 1519 con las tropas de Hernán Cortés, a quien el emperador Moctezuma recibió como si fuera un dios, lo colmó de honores y le dio alojamiento en su palacio. Cortés le pagó semejantes honores haciéndolo prisionero, tomándolo como rehén en su propia casa, junto a un grupo de nobles, y apoderándose de sus cuantiosos tesoros.
Un año después, Cortés se vio precisado a salir al encuentro de los hombres de Pánfilo de Narváez, que venían desde Cuba con órdenes de arrestarlo y dejó a Alvarado al mando, a pesar de los consejos de algunos de sus más cercanos colaboradores. Alvarado era abusador y era cruel, era un incontrolable y no le tenían confianza, pero Cortes no hizo caso.
En su ausencia, los nobles empezaron a hacer preparativos para celebrar una fiesta sagrada en el templo mayor. Alvarado recibió o se inventó noticias de que la fiesta no era más que un ardid para darle muerte o iniciar una sublevación y ordenó una matanza, la conocida matanza del templo mayor, una feroz carnicería contra hombres desarmados, y provocó la insurrección de los mexicas, también llamados aztecas. La insurrección que supuestamente había tratado de evitar.
Cortés volvió en su ayuda, pero ya no había nada que hacer. Los mexicas se habían cansado de los abusos, las violaciones, las rapiñas, y atacaban por todas partes. Los españoles se batieron heroicamente en retirada, según dice la historia que escribieron los españoles, o se retiraron simplemente a la carrera y sin batirse.
Alvarado se encontraba con sus tropas en la retaguardia y fue el único que salvó la vida gracias a su ingenioso ardid o quizás por haberlas abandonado. Nadie vio lo que hizo o lo que dijo que hizo cuando se vio acorralado: “solo e mal herido, e el caballo muerto e viéndome de esta manera, pasé el dicho paso por una viga, e no me lo habían de tener a mal ni dármelo por cargo, pues fue milagro poderme escapar, e no lo pudiera hacer si no fuera porque uno de caballo estaba de la otra parte, que era Cristóbal Martín de Gamboa, que me tomó a las ancas de su caballo e me salvó”.
O sea, que Alvarado dijo que clavó su muy larga lanza en medio del canal que le impedía el paso y tomó impulso y logró salvar la distancia de una a otra orilla y salvar la vida. En realidad lo que lo salvó fue la mentira.
En fin, que el heroísmo de Alvarado es un chiste, puro heroísmo verbal, si acaso hubo heroísmo.
El famoso salto de Alvarado es insignificante, en definitiva, un acontecimiento sobrevalorado en exceso, sobre todo en comparación con otro salto verdaderamente genial que la historia dominicana registra. El salto de la nunciatura, un prodigioso salto de más dos metros de altura protagonizado el día 17 de enero del año 1962 por el entonces agilísimo doctor Joaquin Amparo Balaguer Ricardo.
Balaguer era presidente de mentirillas, presidente putativo, verdaderamente putativo, desde el 3 de agosto de 1960, desde cuando Trujillo decidió ponerlo en sustitución de su hermano Negro Trujillo.
Después mataron felizmente a Trujillo el día 30 de mayo de 1961 y el país quedó en manos de Ramfis y Petán Trujillo, pero Balaguer siguió siendo presidente putativo, todavía más putativo de lo que era. El papel que le habían asignado en ese momento consistía en gestionar una transición del trujillismo al trujillismo sin Trujillo, algo que la oposición interna y la presión internacional no permitía.
Así las cosas, frente al desbordado crecimiento de las fuerzas vivas del país, la caverna trujillista, encabezada por Petán Trujillo, urdió un complot que daría al traste con el régimen de las apariencias y ahogaría en sangre al país. Los líderes de la oposición y multitud de seguidores serían ejecutados, encarcelados, torturados, desaparecidos. Familias enteras serían exterminadas. El mismo Balaguer sería suprimido… Se habló de una lista que comprendía varios miles de personas.
Pero el complot fue abortado por la llamada conspiración de los pilotos, la iniciativa de un grupo de pilotos que tuvo lugar en la mañana del día 19 de noviembre de 1961 y que fue encabezada por el comandante de la base aérea de Santiago, general Pedro Rodríguez Echavarría. Ese luminoso día fueron bombardeadas las fortalezas de Mao y Puerto Plata, la base aérea de San Isidro y otras instalaciones militares.
Lo que se produjo entonces fue una estampida. Una colosal estampida. El barco se estaba hundiendo y las ratas empezaron a salir en desorden. Salieron los Trujillo, en su mayoría, y salieron muchos de sus cómplices y algunos de los más connotados asesinos.
Balaguer ordenó o se le ordenó que abriera las arcas de los bancos del estado para que los hijos y hermanos y otros familiares cercanos de Trujillo se llevaran en maletas todo el dinero que pudieran. Antes de partir, el vesánico Ramfis Trujillo torturó y ejecutó a los implicados en el ajusticiamiento de su padre que permanecían en prisión.
De cualquier manera, aquel día fue de fiesta, una fiesta nacional no declarada, una fiesta inolvidable con multitud de gentes en las calles, celebrando el fin de la tiranía.
El complot de la caverna y la inesperada conspiración de los pilotos precipitó de esta suerte la salida de la familia Trujillo del país y convirtió a Balaguer en presidente más o menos de verdad, pero con una férrea oposición.
(2 de 2)
Ante los reclamos populares que exigían en todo momento su destitución y sometimiento a la justicia, pronunció el 23 de noviembre de 1961 un discurso de barricada en el que se acogía al destino manifiesto y ponía en claro sus intenciones:
“Tengo conciencia de la misión histórica que me ha señalado el destino y voy a cumplirla sin temores y sin vacilaciones. Las responsabilidades que he asumido me obligarán, en el curso de esta dura tarea, a herirme en mi propia carne y a tomar determinaciones inflexibles que no me es dable eludir”.
En el mismo discurso citaría, por cierto, unas palabras del ex presidente colombiano Mariano Ospina Pérez con las que pretendía demostrar un valor personal que sólo resultó ser verbal:
“Para el honor y para la grandeza de la República, más vale un Presidente muerto que un Presidente fugitivo”.
Mientras tanto, se pautaron elecciones para el 20 de diciembre de 1962. En los planes de Balaguer estaba el seguir gobernando hasta entonces y quizás después. Pero la oposición frustró su proyecto. Lo quería fuera del poder y lo sacaría del poder. Incontables movimientos de masas, episodios heroicos como los de la Calle Espaillat, con su trágica secuela de muertos, y una gran huelga nacional de once días durante el mes de noviembre y diciembre le doblarían el pulso. La oposición radical, encabezada por el Movimiento Revolucionario Catorce de Junio y el Partido Revolucionario Dominicano pretendía derrocarlo y encarcelarlo, pero la Unión Cívica Nacional aceptó una fórmula de compromiso: la modificación de la constitución y la instauración, el día 1 de enero de 1962, de un Consejo de Estado de siete miembros, con un disminuido Balaguer a la cabeza. El héroe del momento, el héroe efímero, general Rodríguez Echavarría, ocupó la secretaría de estado de las fuerzas armadas.
No obstante, las voces y los movimientos de masa pidiendo la salida de Balaguer no cesaron ni cesarían. En consecuencia, dos semanas más tarde, el día 16 de enero, Rodríguez Echavarría encabezaría un autogolpe a favor de Balaguer. Se esparcieron entonces rumores de una movilización de tanques sobre la ciudad y se produjo una matanza en el Parque Independencia. Una llamada junta cívico-militar usurpó el poder y varios miembros del Consejo de Estado fueron arrestados, pero sólo por cuarenta y ocho horas. El día 18, un contragolpe encabezado por Rafael Fernández Domínguez y Elías Wessin y Wessin reinstaló el Consejo de Estado con Rafael F. Bonnelly a la cabeza.
El héroe del momento, Rodríguez Echavarría, se había convertido en villano y fue apresado. Joaquín Balaguer, el hombre que en un alarde de valor verbal había dicho que era preferible un presidente muerto a un presidente fugitivo, se dio de inmediato a la fuga. Fue entonces que tuvo lugar aquel famoso salto de más de dos metros de altura que lo puso a salvo en la Nunciatura Apostólica de Santo Domingo, justo al lado de su casa.
La heroica y olímpica hazaña no está, sin embargo, exenta de controversia y quizás ni siquiera suficientemente esclarecida.
Miguel Guerrero, por ejemplo, en su columna de El Caribe del 14 de marzo de 2015, afirma lo siguiente:
“En realidad Balaguer no tuvo necesidad de saltar esa verja, muy alta, del lado norte de la residencia en la que vivió, hasta su muerte en julio del 2002.
“Existen otras dos versiones, más creíbles, de la forma en la que él penetró a ese recinto. Según la primera, Balaguer llamó al secretario de la Nunciatura y encargado de la misión, monseñor Antonio Del Guidice (sic), de quien era muy amigo, para expresarle su intención de buscar asilo y que más tarde fue tranquilamente caminando hasta la puerta de la Máximo Gómez que da a los jardines y garajes de la parte trasera de la residencia diplomática, separada de la suya por unos escasos metros, por donde penetró. La otra versión señala que el propio Del Guidice (sic) fue a buscarle a su casa después de recibir aquella llamada y que ambos entraron a la Nunciatura caminando minutos más tarde”.
Con el Balaguer de Miguel Guerrero pasa algo parecido a lo del Guillermo Tell de Ernesto Sabato. De acuerdo con la historia o la leyenda Guillermo Tell era un famoso ballestero suizo que se negó a rendir homenaje a un representante de los ocupantes de su país. Le infligieron, a causa de su rebeldía, un curioso y cruel castigo: disparar una flecha a una manzana colocada en la cabeza de su hijo. Guillermo Tell superó, sin embargo, la difícil prueba: atravesó la manzana de un flechazo sin dañar al hijo.
Para Ernesto Sabato el hecho constituye casi una vergüenza, por lo menos un desperdicio. A juicio de este escritor, como dice en un libro memorable, perdieron los suizos la oportunidad de tener una gran tragedia nacional. “¿Qué puede esperarse de un país semejante? Una raza de relojeros, en el mejor de los casos”.
Con el Balaguer de Miguel Guerrero la nación dominicana pierde lo que podría ser un grandioso mito, amén de un récord merecedor del libro Guinness. El Balaguer de Miguel Guerrero es un hombre digno, aplomado, que entró a la nunciatura por la puerta delantera o trasera. Quizás Antonio del Giudice lo fue a buscar. Pierde, Balaguer, en todo caso, su posible estatura olímpica. Nunca fue el hombre que en un acto de férrea voluntad (o quizás porque lo atenazaba el terror a las masas vociferantes que lo habrían descuartizado) dio aquel salto épico sobre una pared de más de dos metros de altura. Yo prefiero imaginarlo de esa manera. Saltando o trepando. Por lo menos trepando como un gato, usando las uñas. Soltando el lastre. Aligerando seguramente el vientre en el trámite para facilitar la fuga. Tocata y fuga en re menor.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario