Nathaniel Hawthorne
Pedro Conde Sturla
25 enero, 2025

Decía Borges que la «historia de las letras americanas» puede inaugurarse «con el examen de Hawthorne, el soñador». El soñador Nataniel Hawthorne.
A renglón seguido afirma:«Algo anteriores en el tiempo hay otros escritores americanos —Fenimore Cooper, una suerte de Eduardo Gutiérrez infinitamente inferior a Eduardo Gutiérrez; Washington Irving, urdidor de agradables españoladas— pero podemos olvidarlos sin riesgo».
Borges, como puede verse, ni siquiera menciona a Charles Brockden Brown y desprecia a los que menciona. No tiene en cuenta que la literatura tiene importancia histórica y no sólo literaria. Además, Borges era un radical, en su panteón literario sólo tenía cabida para dioses mayores y Nathaniel Hawthorne lo era. Hawthorne es en efecto, uno de los grandes escritores de la literatura usamericana, aunque no necesariamente el fundador. Uno de los grandes nombres de las letras del siglo XIX.
Hawthorne era uno de esos escritores puros, de los que sólo viven para escribir y sólo escriben para vivir, un escritor inseparable de su obra. La vida de Hawthorne forma un solo cuerpo y una sola alma con sus escritos. Un sólo sueño.
Basta decir que nació en Salem. Massachusetts, en 1804. El puerto de Salem, uno de los lugares del mundo donde menos me hubiera gustado nacer. En la santurrona Salem, con su asfixiante clima de puritanismo calvinista y un sistema educativo poco menos que represivo (sometida desde su fundación en 1626 al terror religioso), habían ocurrido los peores casos de intolerancia y la más famosa cacería de brujas de la historia. Casi doscientas personas, sobre todo mujeres, fueron acusadas y puntualmente torturadas entre 1692 y 1693, y unas veinte fueron ejecutadas.
En las ciudades calvinistas, las actividades recreativas estaban mal vistas o prohibidas, y eso incluía el baile y el teatro y los juegos y también la música que no fuera religiosa. Hasta escribir cuentos o novelas era pecaminoso. Se inculcaba en la población un sentimiento de culpa y de pecado. El temor a Dios, y sobre todo a la autoridad que decía representarlo.
Para peor, Hawthorne tenía vínculos de sangre con el puritanismo, vínculos hereditarios. Su tatarabuelo, William Hathorne había sido uno de los primeros colonos en establecerse en Salem, y entre sus antepasados figura un terrible juez llamado John Hathorne, que ganó fama por ser el único que se vio envuelto en el juicio de las supuestas brujas y nunca manifestó remordimiento o arrepentimiento. Además, aparte de brujas, los Hathorne también persiguieron cuáqueros. Esa sería la razón de que el escritor se modificara el apellido, añadiendo una w para diferenciar o ocultar el parentesco, quizás porque se sentía manchado por la sangre que habían derramado sus ancestros.
En Salem vivió Hawthorne hasta 1836, o sea treinta y dos años, y seguiría yendo y viniendo. De hecho, como afirman sus biógrafos nunca salió mentalmente. Seguiría siendo un puritano acosado por el sentido de la culpa y por pecados que no había cometido, el puritano que desaprobaba la desnudez de las estatuas de los escultores modernos. Incluso, como dice Borges, el mismo ejercicio de la literatura podía parecerle y le parecía pecaminoso.
Durante un largo periodo de su vida, y desde muy temprana edad, Hawthorne solía recluirse para escribir unos extraños cuentos, se encerraba, por días enteros, como un monje en su propia habitación, en su «nido de búho» hasta el caer de la tarde. Pero el hábito terminó convirtiéndose en una prisión, una adicción, dejó de ser voluntario y le costó mucho esfuerzo y mucho tiempo librarse. Lo dice en una carta que el año1837 le escribió al poeta Longfellow:
«Me he recluido; sin el menor propósito de hacerlo, sin la menor sospecha de que eso iba a ocurrirme. Me he convertido en un prisionero, me he encerrado en un calabozo, y ahora ya no doy con la llave, y aunque estuviera abierta la puerta, casi me daría miedo salir».
Hawthorne habitaba pues en un mundo interior y en compañía de seres poco recomendables, dictados por su imaginación: fanáticos religiosos y descarriados, exaltados, brujas y demonios, todo el pandemonio puritano. Muchos de los cuentos que escribía terminaban en la hoguera y unos pocos habían sido dados a conocer sin pena y sin gloria en periódicos y revistas.
Vivió, pues, en un insalubre anonimato hasta la gloriosa publicación de «Cuentos dos veces contados» (1837), o «Cuentos otra vez contados, como traduce Cortázar. Cuentos siniestros, muchos de ellos, y muchas veces de contenido moralista, un «moralismo plomizo», con el que quizás creía compensar el grave pecado de su dedicación a la escritura… Si acaso su puritanismo no era falso, como argumentan algunos críticos. Si acaso el puritanismo no es más que una fachada.
Después se casaría, viviría en otras ciudades más progresistas, se establecería brevemente en una comunidad utópica trascendentalista, fue vecino de Emerson y Thoreau, vivió en varias ciudades europeas, quizás trataría de sacudirse su camisa de fuerza puritana, la ideología religiosa que lo marcó de por vida, tal vez ensancharía sus horizontes… Según lo que dice Borges, «su realidad fue, siempre, el tenue mundo crepuscular, o lunar, de las imaginaciones fantásticas». Quizás seguiría viviendo en Salem.
En 1854, publicó otro respetable libro de cuentos, «Musgos de una vieja mansión». También publicó novelas que alcanzaron renombre y contribuyeron a cimentar su fama. La más celebrada de todas es «La letra escarlata» (1850), pero también es muy apreciada «La casa de los siete tejados»(1851), y en menor medida «La novela de Blithdale» (1852) y «El fauno de mármol»… Con anterioridad había publicado anónimamente otra de la que no quería saber, titulada «Fanshawe».
Borges concede mucho menos importancia a su novelas que a sus cuentos y asegura que es en estos donde mejor se da «la riqueza de su imaginación».
Edgar Allan Poe también lo admira más como cuentista y lo celebra en grande:
«Diremos enfáticamente de los cuentos de Mr. Hawthorne que pertenecen a la más alta esfera del arte, esa esfera que sólo se somete al genio en su expresión más cumplida. Habíamos supuesto -con buenas razones- que el autor había llegado a su situación actual por obra de una de esas descaradas diques que acosan a nuestra literatura, y cuyas pretensiones habremos de denunciar en otra oportunidad; pero, afortunadamente, nos engañábamos. Muy pocas obras conocemos que un crítico pueda elogiar con mayor honradez que Twice-Told Tales. Como norteamericanos, nos sentimos orgullosos de este libro.
»Los rasgos distintivos de Mr. Hawthorne son la invención, la creación, la imaginación y la originalidad -rasgos que, en la literatura de ficción, valen acentuadamente más que todo el resto. Pero la naturaleza de la originalidad, por lo menos en lo referente a su manifestación en las letras, suele ser mal entendida. La inteligencia inventiva u original se manifiesta tanto en la novedad del tono como en la del tema. Mr. Hawthorne es original en todos los sentidos». (Hawthorne, «Edgar Allan Poe», traducción: Julio Cortázar).
Harold Bloom, en cambio, lo alaba como novelista: «afirma que Hawthorne, junto con James y Faulkner, es el principal novelista estadounidense de todos los tiempos. Y La letra escarlata se destaca como una de las mejores novelas estadounidenses de todos los tiempos, solo superada por Moby-Dick como la Gran Novela Americana».
Cuentos otra vez contados
Pedro Conde Sturla
1 febrero, 2025

La atmósfera enrarecida, a veces tóxica, de los cuentos de Hawthorne es una de sus cualidades distintivas. Uno entra —a su propio riesgo—, en cualquiera de las narraciones y de inmediato sabe que está en una región desconocida. Algo puede pasar y pasará. Pero peor es si no pasa nada y el lector se queda esperando un desenlace inesperado. El viciado ambiente sombrío del gótico, la lobreguez de las representaciones, las criaturas fantásticas y a la vez cotidianas de la desbordante fantasía de Hawthorne crean un ambiente de suspenso y misterio, un temblor metafísico, crepuscular. En algunas historias prevalece la oscuridad, aunque el sol esté afuera, la fantasía oscura ejerce de una manera u otra su dominio, prevalecen las más lúgubres criaturas, las brujas y demonios de una imaginación puritana exacerbada en grado extremo. Aunque todo parezca común y corriente la sospecha corroe al lector, sabe por instinto, el instinto de la narración, que algo no anda nunca bien, que nada en los cuentos de Hawthorne es lo que parece. Hawthorne deslumbra también por su fina inteligencia, la forma en que construye el andamiaje en que se sostienen sus narraciones, el ambiente rural o pueblerino, sus mediocres jueces y pastores, sus temerosas y supersticiosas viudas, los más supersticiosos hombres de ciencia.
La elaborada urdimbre de la trama de estas extrañas historias fantásticas, con un final muchas veces racional y aleccionador (con moralina e incluso crítica social), inducen a creer que en verdad Hawthorne estaba tan obsesionado con sus creencias puritanas como lo estaba Poe con su idea de la muerte. Hay quien piensa, sin embargo, que ese puritanismo sería en gran parte teatral, escenificación y teatro, un pretexto para deslizar ideas incómodas para la época. La voz narrativa de Hawthorne, opinan algunos entendidos, quizás no debería ser confundida con la verdadera voz del escritor, pero estas no son más que conjeturas..El título de su primer libro de cuentos, «Cuentos contados dos veces», alude como se ha dicho y repetido a una frase de Shakespeare: «La vida es tan tediosa como un cuento contado dos veces», pero los cuentos de Hawthorne son cualquier cosa menos aburridos. El más famoso de todos es «Wakefield», el enigmático «Wakefield», que transcurre en Londres, uno que no parece encajar a primera vista en el contexto general de su narrativa, el más moderno y actual de sus cuentos.
Borges escribió sobre el mismo una reflexión que es tan larga como el texto. Un texto que define, no sé por qué, como una «breve y ominosa parábola»
Borges se emplea a fondo, como es su costumbre, para desentrañar el sentido de la narración. En realidad, lo que hace el taimado Borges es construir una narración paralela, narrar la historia a su antojo. Ha sucumbido a su encanto y se la apropia y la vuelve a contar felizmente, se le nota la felicidad en la prosa:
«Hawthorne había leído en un diario, o simuló por fines literarios haber leído en un diario, el caso de un señor inglés que dejó a su mujer sin motivo alguno, se alojó a la vuelta de su casa, y ahí, sin que nadie lo sospechara, pasó oculto veinte años. Durante ese largo período, pasó todos los días frente a su casa o la miró desde la esquina, y muchas veces divisó a su mujer. Cuando lo habían dado por muerto, cuando hacía mucho tiempo que su mujer se había resignado a ser viuda, el hombre, un día, abrió la puerta de su casa y entró. Sencillamente, como si hubiera faltado unas horas. (Fue hasta el día de su muerte un esposo ejemplar.) Hawthorne leyó con inquietud el curioso caso y trató de entenderlo, de imaginarlo. Caviló sobre el tema; el cuento Wakefield es la historia conjetural de ese desterrado. Las interpretaciones del enigma pueden ser infinitas; veamos la de Hawthorne.
»Éste imagina a Wakefield un hombre sosegado, tímidamente vanidoso, egoísta, propenso a misterios pueriles, a guardar secretos insignificantes; un hombre tibio, de gran pobreza imaginativa y mental, pero capaz de largas y ociosas e inconclusas y vagas meditaciones; un marido constante, defendido por la pereza. Wakefield, en el atardecer de una día de octubre, se despide de su mujer. Le ha dicho —no hay que olvidar que estamos a principios del siglo XIX— que va a tomar la diligencia y que regresará, a más tardar, dentro de unos días. La mujer, que lo sabe aficionado a misterios inofensivos, no le pregunta las razones del viaje. Wakefield está de botas, de galera, de sobretodo; lleva paraguas y valijas. Wakefield —esto me parece admirable— no sabe aún lo que ocurrirá, fatalmente. Sale, con la resolución más o menos firme de inquietar o asombrar a su mujer, faltando una semana entera de casa. Sale, cierra la puerta de la calle, luego la entreabre y, un momento, sonríe. Años después, la mujer recordará esa sonrisa última. Lo imaginará en un cajón con la sonrisa helada en la cara, o en el paraíso, en la gloria, sonriendo con astucia y tranquilidad. Todos creerán que ha muerto y ella recordará esa sonrisa y pensará que, acaso, no es viuda. Wakefield, al cabo de unos cuantos rodeos, llega al alojamiento que tenía listo. Se acomoda junto a la chimenea y sonríe; está a la vuelta de su casa y ha arribado al término de su viaje».
A decir verdad, el Wakefield de Borges es tan apasionante como el Wakefield de Hawthorne y se hace difícil distinguir a uno de otro. La diferencia estriba en que a Hawthorne le intrigan los motivos de Wakefield, y a Borges le intrigan los de ambos, y es aquí donde se produce lo que Julio Cortázar llamó en un famoso cuento «Continuidad de los parques». La serpiente se muerde la cola:
«Una tarde, una tarde igual a otras tardes, a las miles de tardes anteriores, Wakefield mira su casa. Por los cristales ve que en el primer piso han encendido el fuego; en el moldeado cielo raso las llamas lanzan grotescamente la sombra de la señora Wakefield. Rompe a llover; Wakefield siente una racha de frío. Le parece ridículo mojarse cuando ahí tiene su casa, su hogar. Sube pesadamente la escalera y abre la puerta. En su rostro juega, espectral, la taimada sonrisa que conocemos. Wakefield ha vuelto, al fin. Hawthorne no nos refiere su destino ulterior, pero nos deja adivinar que ya estaba, en cierto modo, muerto. Copio las palabras finales: “En el desorden aparente de nuestro misterioso mundo, cada hombre está ajustado a un sistema con tan exquisito rigor —y los sistemas entre sí, y todos a todo— que el individuo que se desvía un solo momento, corre el terrible albur de perder para siempre su lugar. Corre el albur de ser, como Wakefield, el Paria del Universo”»
Borges no se conformará, por supuesto, con esa explicación y aplicará su aparato crítico en busca de otros sentidos, pero quizás no hay otra explicación. El mismo Hawthorne se había apartado una vez del mundo y no había podido volver sino al cabo de doce años. Wakefield podría ser Hawthorne. Lo cierto es que ninguna explicación es exhaustiva y el lector siente que algo se ha quedado en el tintero y que el misterio no ha sido, afortunadamente, desentrañado.
Orígenes (4). El joven Goodman Brown
Pedro Conde Sturla
8 febrero, 2025

Aparte de «Wakefield», hay otros cuentos muy celebrados en la obra de Hawthorne, pero ninguno tan borrascoso como «El joven Goodman Brown» y, en menor medida, «El velo negro del pastor».
Dicen que «El joven Goodman Brown» (1835) es el mejor cuento de brujería escrito en inglés y quizás lo sea. Lo cierto es que se trata de un relato escalofriante, una de las más aterradoras narraciones de la literatura usamericana.Para aquilatar el efecto que la narración producía en el ánimo de los lectores hay que situarse en perspectiva, una perspectiva histórica como la de Nueva Inglaterra durante la época puritana. El cuento está ambientado en el poblado de Salem, en el siglo XVII, y se publicó por primera vez en el XVIII. No es probable que la mentalidad o el pueblo hayan cambiado gran cosa en ese lapso. El ambiente en que se desarrolla y se publica es el de una sociedad sometida a la creencia calvinista y puritana de que toda la humanidad existe en un estado de depravación y está destinada a la perdición, con excepción de un pocos predestinados graciosamente a la salvación y en cuyas vidas se refleja la gracia recibida. La gente vive abrumada por el sentido de la culpa y el pecado, convive mentalmente con brujas y demonios y lo sobrenatural está al acecho.
De ese entorno cultural y epocal se nutrían en gran parte los lectores de Hawthorne y no es difícil imaginar el efecto que en ellos producían sus aterradores cuentos y novelas, y en especial un cuento como «El joven Goodman Brown», que todavía pone los pelos de punta o hiela la sangre en las venas a mucha gente.
En rigor, el cuento es una especie de trampa que se apodera del lector desde la primera línea, lo desarma, lo predispone a sus peores miedos:
«Caía la tarde sobre el pueblo de Salem cuando el joven Goodman Brown salió a la calle; pero, una vez cruzado el zaguán, volvió la cabeza para intercambiar con su joven esposa un beso de despedida. Y Fe, pues este era su nombre —por cierto que muy adecuado—, asomó su linda cabeza a la calle, dejando que el viento jugara con las cintas color rosa de su gorrito mientras llamaba a Goodman Brown.
»—Corazón mío —murmuró ella con dulzura no exenta de tristeza, cuando sus labios hubieron rozado sus oídos—, te suplico que aplaces tu viaje hasta el amanecer y que duermas esta noche en tu cama. Una mujer sola se ve asaltada por tales sueños y pensamientos que a veces siente miedo de sí misma. Te ruego, querido esposo, que te quedes conmigo esta noche, tan sólo esta entre todas las del año.
»—Mi amor, mi Fe —replicó el joven Goodman Brown—, de todas las noches del año, esta es la única en que debo separarme de ti. Mi viaje, como tú lo llamas, es decir, la ida y la vuelta, debo realizarlo entre estos momentos y el amanecer. ¿Cómo dudas de mí, mi dulce y bella esposa, si apenas hace tres meses que nos hemos casado?
»—Entonces, que Dios te bendiga —dijo Fe, con sus rosadas cintas al aire—. Y ojalá que encuentres todo bien a tu regreso».
Nada, aparentemente, ha ocurrido y sin embargo el relato ha adquirido una inusitada intensidad y los personajes acusan un contagioso nerviosismo. Sabemos que algo trama el joven Brown, sabemos que está mintiendo. Su mismo nombre, Goodman, es engañoso.
»—Pobrecita Fe —pensó él con el corazón afligido—. ¡Cuán despreciable soy abandonándola para semejante cometido! Me ha hablado de sus sueños y, al hacerlo, me ha parecido que la amargura se pintaba en su rostro, como si un sueño le hubiese avisado de lo que va a acontecer esta noche. Pero no, no es posible, sólo el pensarlo la mataría. Bien, ella es un ángel bendito venido a este mundo y, después de esta noche, me pegaré a sus faldas y no dejaré de seguirla hasta llegar al cielo.
»Con tan inmejorables propósitos para el futuro, Goodman Brown se sintió justificado para acelerar el paso rumbo a su infame objetivo de la hora presente. Había tomado un camino sórdido, ensombrecido por los árboles más tenebrosos del bosque que, apenas apartados para poder pasar, ya se habían cerrado tras él de inmediato».
Algo maléfico o maligno impregna ahora el ambiente. Brown tiene un oscuro propósito definido, que nunca llegaremos a conocer. El misterio, en los relatos de Hawthorne, nunca se aclara. Pero intuimos que algo malo tiene que pasar y pasará:
«Al llegar a una curva del camino volvió la vista atrás, y cuando miró nuevamente al frente, se topó con la silueta de un hombre, severa y pulcramente ataviado, sentado al pie de un viejo árbol. Al acercársele Goodman Brown, se levantó y echó a andar, codo con codo, a su lado.
»—Llegas tarde, Goodman Brown —dijo—. Cuando pasé por Boston, el reloj de Old South estaba dando las campanadas y de eso hace un buen cuarto de hora.
»—Fe me entretuvo un rato —replicó el joven, con la voz temblorosa a causa de la repentina, aunque no del todo inesperada, aparición de su compañero».
Llama la atención la familiaridad con que se tratan el joven Brown y el extraño, que «tenía unos cincuenta años y parecía pertenecer a la misma clase social que Goodman Brown, con el que guardaba un notable parecido, aunque tal vez más por la expresión que por los rasgos». No sabemos su nombre, nos desconcierta su fina educación y sus modales: «lo único que llamaba la atención en él era su bastón, que tenía el aspecto de una gran serpiente negra, tan ingeniosamente labrada que se curvaba y contorsionaba como una serpiente de verdad». Sabemos y no sabemos quién es, pero es el diablo. Un diablo refinado y educado, conversador y afable como debían ser los diablos de Nueva Inglaterra.
En la medida en que se internan en el bosque los ánimos del joven empiezan a flaquear y su acompañante lo recrimina:
»—Vamos, Goodman Brown —exclamó su compañero de viaje—. Paso muy cansino es este para estar al principio de la caminata; ya que tan pronto te fatigas, coge mi bastón.
»—Amigo —dijo el otro trocando su lento caminar por una detención absoluta—, hemos convenido en encontrarnos aquí, mas ahora es mi propósito regresar por donde he venido, pues siento escrúpulos respecto al asunto que nos concierne.
»—¿Con esas vienes? —replicó el de la serpiente, disimulando una sonrisa—. Sigamos, empero, hablando mientras caminamos: y si te convenzo no has de volver atrás. Apenas nos hemos internado un poco en el bosque.
»—Para mí es ya demasiado, ¡demasiado lejos! —exclamó el buen hombre, echando a andar de nuevo sin darse cuenta—. Mi padre jamás se aventuró en el bosque en una correría de esta clase, ni tampoco el padre de mi padre. Desde los tiempos de los mártires hemos sido una casta de hombres honestos y buenos cristianos; y sería yo el primero de los Brown que tomase este camino y lo siguiera.
»—Con semejante compañía, ibas a decir —observó el de mayor edad interpretando su pausa—. ¡Muy bien dicho, Goodman Brown!, he sido tan amigo de tu familia como de muchos otros puritanos, lo cual no es decir poco. Ayudé a tu abuelo, el policía, cuando azotaba tan cruelmente a aquella cuáquera por las calles de Salem, y fui yo quien alcanzó a tu padre la tea de pino encendida en mi propio hogar con la que pegó fuego al poblado indio durante la guerra contra el rey Felipe. Ambos eran buenos amigos míos; han sido muchos los animados paseos que hemos dado juntos por este camino, tantos como nuestros alegres regresos pasada la medianoche. Será para mí un placer que, en memoria suya, tú y yo seamos amigos».
El joven Brown acababa de conocer una gran verdad que le cambiaría la vida, y aunque se resiste a creer lo que ha escuchado, todas sus convicciones y creencias terminarán por irse a pique. El diablo le había quitado el velo de la inocencia, le había quitado la virginidad y a continuación lo pondría en conocimiento de otras cosas terribles. El horror no ha sido revelado aún.
Orígenes (5). Los horrores del bosque
Pedro conde Sturla
15 febrero, 2025

El joven Goodman Brown no podía creer lo que le había dicho el diablo sobre su supuesta amistad con su padre y con su abuelo. Era demasiado para asimilar. Sin embargo, a continuación se enteraría de que el diablo no era un tipo tan aborrecido como se suponía. Al parecer era o parecía ser sociable:
«…tengo muchas amistades aquí en Nueva Inglaterra, los diáconos de muchas iglesias han bebido conmigo el vino de la comunión; los notables de varias ciudades me han hecho su presidente; y casi todos los miembros del Gran Consejo General son firmes defensores de mis intereses. El gobernador y yo también…, pero esto son secretos de Estado».Con mayor estupor descubriría el joven Brown que el pastor del pueblo de Salem, «ese venerable anciano», al igual que la dolce Goody Cloyse, también formaban parte de su círculo de amistades, una especie de cofradía.
Goody Cloyse era «una dama piadosísima y ejemplar, que le había enseñado el catecismo en su juventud y que todavía seguía siendo su consejera moral y espiritual, junto con el pastor y el diácono Gookin»… Cuál no sería, pues, la sorpresa de Brown al encontrarla casualmente en el bosque caminando o corriendo con mucha determinación y premura.
«—Es realmente increíble que Goody Cloyse se interne tanto en la espesura a la caída de la noche —dijo—. Pero con vuestra venia, amigo, daré un rodeo a través de la arboleda hasta que hayamos dejado atrás a esta cristiana mujer. Como no la conocéis podría preguntarme quién me acompaña y adónde me dirijo.
»—Sea como dices —dijo su compañero de viaje—. Ve tú entre los árboles y deja que yo siga mi camino.
»Así pues, el joven se apartó, pero teniendo cuidado de no perder de vista a su compañero, que avanzó lentamente por el camino hasta que hubo dado alcance a la anciana dama. Mientras tanto, esta corría a toda prisa, con una presteza bien singular en una mujer tan entrada en años, musitando al tiempo que caminaba palabras ininteligibles, sin duda una plegaria. El viajero alzó su bastón y tocó su marchita nuca con lo que parecía la cola de la serpiente.
»—¡El diablo! —gritó la piadosa anciana.
»—¡Así que Goody Cloyse reconoce a su viejo amigo! —observó el viajero, encarándosele mientras se apoyaba en su serpenteante bastón.
»—¡Ah!, desde luego. ¿Así que es vuesa merced en persona? —exclamó la buena señora—. Ah, sí que lo es, con la misma imagen de mi viejo compadre, Goodman Brown, el abuelo del idiota de ahora ».
»Pero ¿querrá creerlo vuesa merced?, mi escoba ha desaparecido sorprendentemente, robada, sospecho, por Goody Coory, esa bruja a la que todavía no han colgado, y precisamente, cuando estaba yo bien untada con el bálsamo de ojo de apio silvestre, cincoenrama y acónito…
»—Mezclado con harina de trigo y la grasa de un niño recién nacido —dijo el doble del viejo Goodman Brown.
»—Ah, vuesa merced conoce la receta —exclamó la anciana, lanzando una estruendosa carcajada—. Así pues, como iba diciendo, preparada ya para la reunión y sin montura me hice a la idea de ir caminando, pues me han dicho que esta noche comulga un guapo joven. Pero ahora vuesa merced me dará su brazo y estaremos allí en un abrir y cerrar de ojos.
»—Eso no es posible —respondió su amigo—. No puedo darle mi brazo, Goody Cloyse; pero aquí está mi bastón, si lo desea.
»Diciendo esto, lo arrojó a sus pies, donde cobró vida propia, pues era una de aquellas varas prestadas hace mucho tiempo a los magos egipcios.
»Sin embargo, Goodman Brown no pudo percatarse de esto último. Había elevado sus ojos al cielo lleno de asombro y al volver a bajarlos no vio a Goody Cloyse ni el bastón serpenteante, sino a su compañero de viaje, que le esperaba solitario y tan tranquilo como si nada hubiera ocurrido.
»—Esa anciana fue la que me enseñó el catecismo —dijo el joven; y en tan escueto comentario latía todo un mundo de significaciones».
Lo peor es que, por lo que había dicho Goody Cloyse, el «idiota de ahora» y el «guapo joven» que comulgaba esa noche parecían ser él mismo Goodman Brown. Todo indicaba que se trataba de un oscuro rito de iniciación y el iniciado era él. Ahora se enteraba, ahora entendía el significado de su presencia en ese lugar.
Con una firme y decidida determinación se dirigió entonces al diablo:
»—Amigo —dijo en tono obstinado—, estoy decidido. No daré un paso más en esta expedición. ¿Qué me importa a mí que una despreciable vieja haya optado por entregarse al diablo, cuando yo creía que iba derecha al cielo? ¿Es esa una razón para que yo abandone a mi querida Fe y me vaya tras ella?».
El diablo le pidió que descansara, que lo pensara un rato. Luego desapareció y lo dejó sólo en el bosque, disfrutando de las más dulces cavilaciones y felicitándose a sí mismo por la decisión que había tomado. Esa noche dormiría plácidamente en su cama con su amada Fe.
«En medio de tan placenteras y loables meditaciones, Goodman Brown oyó un trote de caballos por el camino y consideró aconsejable ocultarse entre el follaje, consciente del culpable propósito que le había llevado hasta allí, aunque ahora lo hubiera felizmente abandonado».
La oscuridad del bosque no le permitía ver más que sombras y difusas siluetas, pero la conversación llegaba con claridad a sus oídos y lo llenaría de estupefacción y terror.
«… hubiera jurado, caso de ser eso posible, haber reconocido las voces del pastor y del diácono Gookin, cabalgando tranquilamente, como solían hacerlo cuando se dirigían a una ordenación o a algún consejo eclesiástico. Todavía se les oía cuando uno de los jinetes se detuvo para coger una varita.
»—Si tuviera que elegir entre las dos cosas, reverendo —dijo la que parecía la voz del diácono—, antes hubiera preferido perderme una cena de ordenación que la reunión de esta noche. Me han dicho que vendrán algunos miembros de nuestra comunidad de Falmouth, y aún de más lejos, otros de Connecticut y Rhode Island, además de varios hechiceros indios, quienes, a su manera, son tan entendidos en las cosas del diablo como los más aventajados de entre nosotros. Por si fuera poco, se administrará la comunión a una hermosa muchacha».
El joven se estremeció. Las voces que escuchaba eran las de los más respetados guías espirituales del pueblo, las últimas personas que hubiera esperado encontrar en ese lugar.
«—¿Adónde, pues, podrían dirigirse aquellos santos varones que se adentraban en la pagana espesura? —el joven Goodman Brown se agarró a un árbol para sujetarse, pues estaba a punto de desmayarse, desfallecido y abrumado por el peso que acababa de caer en su corazón. Miró hacia el cielo, dudando de si realmente habría uno sobre su cabeza. Y efectivamente allí estaba la bóveda azul en la que brillaban las estrellas.
»—¡Con el cielo arriba y Fe abajo me mantendré firme ante el diablo! —gritó Goodman Brown».
La verdadera pesadilla no había, sin embargo empezado para el joven Brown. Muy pronto escucharía «un confuso e incierto rumor de voces», «creyó distinguir el habla de las gentes de la aldea, de sus paisanos y paisanas, los piadosos y los impíos», «timbres familiares de voz, oídos diariamente al amanecer en el pueblo de Salem». Finalmente «oyó la voz de una muchacha prorrumpiendo en lamentaciones…»:
“—¡Fe! —gritó Goodman Brown, con voz de angustia y desesperación; y el eco del bosque se burlaba repitiendo: «¡Fe! ¡Fe!», como si fuesen muchos los desgraciados que la buscaban, perdidos en medio de la espesura».
En este punto el joven no podía con su alma, se estaba desmoronando, sintiendo que se moría por dentro.
»Sobre Goodman Brown brillaba un cielo despejado y silencioso. Pero algo bajó revoloteando levemente, algo que al final se quedó prendido en la rama de un árbol. El joven lo tomó y vio que se trataba de una cinta rosa.
»—¡Mi Fe se ha ido! —gritó tras un momento de estupefacción—. No existe el bien sobre la tierra; y el pecado no es más que una palabra; ven, diablo; tuyo es este mundo»..
Fe se lo había pedido esa tarde en el momento de la despedida. Le dijo «te suplico que aplaces tu viaje hasta el amanecer y que duermas esta noche en tu cama». Ahora la había perdido. Había perdido a Fe, toda su fe.
Orígenes (6). La pesadilla de Goodman Brown
Pedro Conde Sturla
22 febrero, 2025

Goodman Brown nunca sabría si lo que sucedió en el bosque esa noche fue algo que había vivido o soñado. El hecho fue que pareció enloquecer de repente y empezó a correr a gran velocidad y a vociferar como un poseso:
«—¡Ja, ja, ja! —rugía Goodman Brown mientras el viento le hacía burla—. Veremos quién ríe el último. ¡No creas que vas a asustarme con tus satánicas argucias! ¡Venid brujos, venid brujas, venid hechiceros indios, y que venga el diablo en persona! ¡Aquí llega Goodman Brown! ¡Podéis temerle tanto como él os teme a vosotros!»Llegó al poco tiempo, después de haber recobrado la calma, a un claro donde se reunía «una numerosa congregación»:
«—He aquí una asamblea tan circunspecta como sombría en su indumentaria —articuló para sus adentros Goodman Brown.
»Y en verdad lo era. Entre ellos, oscilando una y otra vez entre la luz y las tinieblas, se veían rostros que serían vistos al día siguiente en el consejo de gobierno de la provincia y otros que, domingo tras domingo, miraban devotamente al cielo y con benevolencia a los bancos de los fieles, desde los más venerables púlpitos de la comarca.
»El estruendo de un himno pecaminoso se esparció entonces por el bosque con un compás lento y lastimero, de esos que tanto gustan a las personas piadosas, pero sus palabras expresaban todo lo que nuestra naturaleza pueda concebir de pecaminoso y, misteriosamente, insinuaban algo peor. Insondables son para los simples mortales los arcanos del maligno».
Luego alrededor del fuego que circundaba una roca «se hizo visible una figura».
«—Traed a los conversos —gritó una voz que repercutió en el campo y se perdió en la maleza.
»Al oír estas palabras, Goodman Brown salió de entre las sombras de los árboles y se acercó a la congregación, con la que se sentía repugnantemente hermanado por todo cuanto de perverso había en su corazón. Hubiera jurado que no era sino su propio padre aquella figura que le observaba desde una voluta de humo haciéndole señas para que avanzara, mientras que una mujer, con difusos rasgos de desesperación, levantaba la mano para detenerlo. ¿Sería su madre? Pero no tuvo fuerzas para dar un solo paso atrás, ni para resistirse tan siquiera con la mente, cuando el pastor y aquel bondadoso anciano, el diácono Gookin, le cogieron por los brazos y le condujeron a la roca en llamas. Hacia el mismo lugar se dirigía la esbelta figura de una mujer, cubierta por un velo y flanqueada por Goody Cloyse, aquella piadosa catequista, y Martha Carrier, a quien el diablo había prometido ser reina del infierno. Ella sí que era una verdadera bruja. Así fueron llevados los dos prosélitos bajo el dosel de fuego.
»—Bienvenidos hijos míos —dijo la tenebrosa figura—, a la comunión de los de vuestra estirpe. Os habéis encontrado muy jóvenes con vuestra naturaleza y vuestro destino. ¡Hijos míos, mirad a vuestra espalda!
«Se dieron la vuelta y, como proyectados, por así decirlo, en una sábana de fuego, vieron a los adoradores del diablo. Todos los rostros se iluminaron con una siniestra sonrisa de bienvenida. Ahora ya estáis desengañados. El mal es la verdadera naturaleza del hombre. Sólo en el mal encontraréis la felicidad. Una vez más, bienvenidos hijos míos a la comunión de los de vuestra estirpe».
Los únicos que ahora parecían resistirse a las palabras del maligno eran el joven Goodman Brown y su joven esposa Fe, pero en este punto todo parecía indicar que estaban a punto de sucumbir, sin embargo en el último momento Goodman Brown sacó valor y fuerzas:
«—¡Fe! ¡Fe!, —gritó el marido—, ¡mira arriba, hacia el cielo, y resiste al Maligno!
»Si Fe le obedeció o no es cosa que nunca llegó a saber. Apenas había hablado cuando se encontró en medio de la tranquila y solitaria noche, escuchando el rugir del viento que se adentraba en la floresta. Se agarró tambaleándose a la roca, sintiéndola fría y húmeda, mientras que una rama, hace unos instantes en llamas, le salpicaba ahora las mejillas con su gélido rocío.
»¿Se habría dormido en el bosque y sólo fue una pesadilla aquel aquelarre?»
Más importante aún es preguntarse si «El Joven Goodman Brown» es un simple relato siniestro para aleccionar a los fieles de acuerdo con el modelo de educación puritana calvinista o es es todo lo contrario: un aberrante muestrario de la más retorcida forma de pensar. De la hipocresía social.
Los escritos de Hawthorne no son necesariamente lo que parecen, están plagados de símbolos y alegorías, significados ambiguos y trampas literarias. Hay muchos que opinan que en el «Joven Goodman Brown» y en gran parte de su obra en general, Hathowne desafía las creencias y las pone al desnudo, obliga a los lectores a examinar su conciencia, a realizar un análisis crítico. Quizás, en el fondo, lo que hace Hawthorne, de la única manera en que podía hacerse en esa época, es poner en tela de juicio la moralidad de una sociedad tan herméticamente cerrada como la puritana. Cuestiona, sin duda, con la voz el diablo, la mojigatería, las buenas conciencias que rigen las normas de conducta social y sobre todo la hipocresía:
«Aquí, prosiguió la negra silueta, están todos aquellos a quienes habéis respetado desde que erais niños. Los creíais más virtuosos que vosotros mismos y os avergonzabais de vuestros pecados cuando os comparabais con sus vidas rectas y entregadas a la oración y a la búsqueda del cielo. Sin embargo, aquí están todos, en mi asamblea de adoradores. Esta noche podréis conocer sus actos secretos. Sabréis cómo los venerables sacerdotes de la iglesia, de blancas barbas, susurraban palabras lascivas a las jóvenes doncellas que servían en sus casas; cómo muchas mujeres, ansiando vestir las galas de luto, han dado a sus maridos, antes de acostarse, la pócima que entre sus brazos les conduciría a su último sueño; cómo algunos jóvenes imberbes se han apresurado a heredar antes de tiempo las riquezas de sus padres. Y cómo hermosas damiselas —no os ruboricéis, dulces criaturas— han cavado diminutas tumbas en su jardín, y sólo a mí han invitado al funeral de ese niño recién nacido».
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