14 sept. 2002

Pedro Conde Sturla
18 enero, 2025
Fue Hemingway quien lo dijo en 1934. Dijo: “Toda la literatura moderna de Estados Unidos proviene de un solo libro de Mark Twain llamado Huckleberry Finn”. Dijo: “Antes de él no había nada”. Dijo: “Después no ha habido nada tan bueno”.
El juicio de Hemingway es sin lugar a dudas tremendista y no resiste un análisis. Parecería más bien una ingeniosa ocurrencia. Antes de Mark Twain, y junto a Mark Twain, estaban Washington Irving, James Fenimore Cooper, Nathaniel Hawthorne, Charles Brockden Brown, Edgar Allan Poe, Herman Melville, Walt Whitman, Emily Dickinson, Henry James, Jack London, Ralph Waldo Emerson, Henry David Thoreau y otros.Más acertado es decir, como dijo William Faulkner, que Twain es el padre de la literatura norteamericana o mejor dicho usamericana. De hecho, Whitman y Twain y Edgar Allan Poe inventaron la literatura usamericana, le dieron identidad propia.
En los inicios, junto a Washington Irving como cuentista sobresale James Fenimore Cooper como novelista.
Irving se hizo de una nombradía excepcional con “Rip van Winkle” y “La leyenda de Sleepy Hollow” (1819 ). Hay quien lo define como el patriarca de la literatura de su país y muchos lo consideran como el mejor escritor de habla inglesa de su época. Otros, como Haskell Springer, lo celebraron como el “mejor escritor británico que había producido América”. Carlo Izzo asegura que Washington Irving “no tuvo de americano casi nada más que el lugar de su nacimiento y algunos temas de sus escritos”. Unos cuantos lo acusan de plagio o de ser un escritor muy poco original. Edgar Allan Poe, con su espíritu crítico y analítico, lo reconocía por su condición de innovador y pionero, pero sostenía: “Ningún hombre en la República de las Letras ha estado más sobrevalorado que Washington Irving”. Sin embargo, se reconoce en deuda con él, no niega su filiación. Lo innegable es que Washington Irving ha calado muy a fondo en la querencia y preferencia de sus compatriotas, por no hablar de sus lectores en todo el mundo y en las más variadas lenguas… Pocos escritores tan vigentes y venerados como él. Un escritor de culto.
Por su parte, Fenimore Cooper logró un amplio reconocimiento con una serie de novelas de aventuras, o por lo menos con una de ellas. Su obra más conocida, “El último de los mohicanos” (1826), introduce al lector en el mundo de las tribus indígenas que tomaron parte a favor de ingleses o franceses en las sangrientas luchas por el dominio de las tierras que pertenecían a los indígenas. La historia de un sangriento batallar entre ingleses y franceses y sus aliados nativos.
Es también la historia del héroe blanco criado por los indígenas que se expresa en perfecto inglés y protege a dos chicas francesas, el héroe blanco y su némesis. La historia de una atracción entre dos miembros de diferentes razas y un sinfín de peripecias. Todos los estereotipos de una visión paternalista, maniqueísta: lucha entre el bien y el mal, entre civilización y barbarie, el contraste entre los buenos y malos salvajes, la bondad de los civilizados y la crueldad de tribus brutales que comen animales crudos y masacran a los bondadosos e indefensos ingleses..
La obra ha sido tan leída como criticada por su desmesura y cierta innegable pesadez. Es decir, gozó y sigue gozando de gran popularidad entre los lectores, aunque no tanta entre los críticos, o mejor dicho entre los entendidos. Mark Twain se quejaba de su falta de variedad estilística y de lo que consideraba un derroche de palabras, el derroche de quien llama “el generoso derrochador”. De hecho, Mark Twain le dedicó a la obra de este autor todo un artículo satírico titulado “Los delitos literarios de Fenimore Cooper” donde pone en entredicho sus dotes de narrador. Lo acusa, incluso, de que “en el espacio restringido de dos tercios de una página, Cooper ha cometido ciento catorce delitos contra el arte literario”.
Los méritos de la conocida novela no parecen estar a la altura de su fama, como sucede a menudo con tantas obras de renombre. Lo innegable, sin embargo, es que Fenimore Cooper fue el primer novelista estadounidense que alcanzó amplio reconocimiento en su país y en el extranjero. A pesar de sus defectos, “El último de los mohicanos” le dio visibilidad y participación en un gran escenario a los pueblos nativos y es de alguna manera un clásico, lo que se llama un clásico.
La obra de Charles Brockden Brown (1771-1810), a quien algunos consideran el primer escritor profesional y el iniciador de la novela estadunidense, no compite en popularidad con la de Washington Irving y Fenimore Cooper, pero es sin duda un mejor escritor. Brown fue un cultor del género gótico, de la novela de terror que estaba tan de moda en esa época en Inglaterra y Alemania y otros países europeos. Su obra de más renombre es la novela “Wieland o la transformación” (1798 ) , basada en unos crímenes horribles, como los que dieron origen a la novela “A sangre fría”, de Truman Capote más de un siglo y medio después.
En el paisaje del gótico usamericano no hay castillos feudales como los de Europa, pero hay mansiones y casas más modestas igualmente pobladas de fantasmas. Sin embargo el terror y la locura provienen de otra fuente: la teocracia puritana calvinista, el fanatismo religioso que imperaba en casi toda la región. Un granjero que escucha la voz de Dios y habla con Dios, es víctima de un rapto de locura y por mandato divino o del demonio extermina a su familia. Esa es la fuente de inspiración de Charles Brockden Brown. El fanático religioso de “Wieland” también escucha voces y mata a su esposa y mata a sus hijos y estuvo la punto de matar a su hermana. Pero ese es el nudo y no la esencia de la novela. “Wieland” es una obra de gran intensidad analítica y sicológica, una novela alucinante. Clara, la hermana que sobrevive a la matanza, es la que cuenta la historia, la angustiada y temerosa Clara que escucha misteriosas pisadas y es víctima de oscuras premoniciones.
“La aparición de estas luces despertó en mí una sucesión de horrores; sobre este lugar se cernía la destrucción; la voz que acababa de escuchar me había advertido que me marchase, amenazándome con el destino de mi padre si rehusaba. Quería, pero no podía obedecer; estos resplandores eran semejantes a los que habían precedido al golpe que le derribó, tal vez la hora fuera la misma. Temblé como si hubiese visto suspendida sobre mi cabeza la espada aniquiladora”.
Prácticamente olvidada o muy poco leída, la novela no ha dejado, sin embargo, de hacer sentir su saludable terror e influencia en obras de escritores mayores como Hawthorne y Poe, Melville, Faulkner y Capote. Incluso sobre la Mary Shelley de “Frankenstein”.
Lo sorprendente, de muchas maneras, es la forma en que irrumpe en el escenario intercontinental la literatura de los Estados Unidos, con la misma inusitada fuerza explosiva con que surge y pasa todo en ese país.
Es el engañoso país que Francis Scott Key definió en 1814 como “tierra del libre y hogar de los valientes”, el país que presumía de su inocencia (la cacareada “inocencia americana” de la que tanto habla Henry James) y de haber sido fundado sobre un sueño que en realidad es una pesadilla: el exterminio de los indígenas y la esclavitud de los negros africanos.
En mayor medida, desde el punto de vista de la clase dirigente, es mucho más el país del mismo Francis Scott Key, el autor de la letra del himno nacional de los Estados Unidos, el hombre que decía que los negros son “una raza distinta e inferior de personas, de las que toda experiencia demuestra que son el mayor mal que aflige a una comunidad”. Es, pues, el país del valiente, del libre y del racista. El país de la esclavitud durante dos siglos y medio.
De hecho, son muchos países dentro de un solo país, un mosaico cultural, étnico y geográfico, un mosaico ideológico en el que coexisten el blanco, el negro y el indio, el asiático, los opresores y los oprimidos, los soñadores e idealistas y los sicorrígidos puritanos, un manantial en el que abreva una original producción social de sentido artístico y literario en el que están representadas múltiples facetas de una realidad siempre cambiante. El imaginario selectivo.
En el proceso de formación de esa literatura se escribieron obras anodinas y sin mayor trascendencia, hasta que algunos autores con conciencia de oficio fueron encontrando el camino y se fueron encontrando a sí mismos, dieron con una voz, una escritura que los identificaba, los distinguía, formaba parte de un colectivo. Empezó a perfilarse una literatura y un arte distintivos, propios del país o de la suma de países que lo componen, una literatura nacional, una literatura diferenciada, fragmentada, con multitud de representaciones que recogen la experiencia histórica de sus pobladores. Una literatura que surgió con una decisiva vocación cosmopolita.
Washington Irving y Fenimore Cooper, un cuentista y un novelista, fueron los dos primeros hombres de letras que rompieron las fronteras, los primeros dos escritores estadunidenses que lograron un gran reconocimiento dentro y fuera del país. (aunque también, en cierta manera, Charles Brockden Brown). Pero además Washington Irving fue tan exitoso que se convirtió en el primer escritor estadounidense que llegó a vivir de lo que producían sus escritos.
Irving era un autor travieso, que escribió historias folclóricas y fantásticas y fue el primer humorista de las letras usamericanas, en cierta manera un precursor de Mark Twain, un caricaturista literario que ridiculizó y se burló del ambiente cultural de Nueva York, a la que bautizó como Gotham City (ciudad de las cabras), el nombre de una ciudad inglesa cuyos habitantes tienen fama de brutos y locos. La futura Ciudad Gótica de Batman.
Washington Irving nació en Manhattan en 1783 y murió en 1859, a los setenta y seis años, en su amada casa de Tarrytown, un poblado a orillas de río Hudson, cerca de los lugares en que transcurren algunas de sus más famosas narraciones. Incluso el nombre del cementerio donde lo enterraron alude al nombre de una de ellas: Sleepy Holow.
Pero Washington Irving fue un ciudadano del mundo, un viajero impetuoso, un típico representante de un cierto romanticismo, polifacético, inquieto, un enamorado de España y de Inglaterra. Y de Cristóbal Colón.
No todos los juicios sobre su persona y su obra son unánimes y elogiosos, por supuesto. Hay quien lo define como el patriarca de la literatura de su país y muchos lo consideran como el mejor escritor de habla inglesa de su época. Otros, como Haskell Springer, lo celebraron como el “mejor escritor británico que había producido América”. Carlo Izzo asegura que Washington Irving “no tuvo de americano casi nada más que el lugar de su nacimiento y algunos temas de sus escritos”. Unos cuantos lo acusan de plagio o de ser un escritor muy poco original. Edgar Allan Poe, con su espíritu crítico y analítico, lo reconocía por su condición de innovador y pionero, pero sostenía: “Ningún hombre en la República de las Letras ha estado más sobrevalorado que Washington Irving”. Sin embargo, se reconoce en deuda con él, no niega su filiación.
De cualquier manera, lo cierto es que Washington Irving ha calado muy a fondo en la querencia y preferencia de sus compatriotas, por no hablar de sus lectores en todo el mundo y en las más variadas lenguas… Pocos escritores tan vigentes y venerados como él. Un escritor de culto.
No es, desde luego, para menos. La obra de este escritor, cuentista, biógrafo, historiador y diplomático, es vasta y polifacética y muy apreciada e incluye, entre otros, los siguientes títulos:
El libro de bosquejos de Geoffrey Crayon, (1919), Historia de la vida y viajes de Cristóbal Colón (1828), Crónica de la conquista de Granada (1829), Cuentos de la Alhambra (1832), Cuentos del antiguo Nueva York (1835), Crónicas moriscas: Leyendas de la conquista de España (1835), Viaje por las praderas (1835), Los buscadores de tesoros (1847), Oliver Goldsmith (1849), Mahoma y sus sucesores (1850), Vida de Washington (1855-1859).
Nada, sin embargo, contribuyó tanto a su fama como sus relatos fantásticos y folclóricos, en especial dos de ellos: Rip van Winkle y La leyenda de Sleepy Hollow.
Lo que representó para la literatura estadounidense la publicación de Rip van Winkle y La leyenda de Sleepy Hollow (incluidos en El libro de bosquejos de Geoffrey Crayon), fue todo un acontecimiento, una alteración de orden público literario, el fin y el inicio de algo. Rip Van Winkle, es considerado el primer cuento de la literatura usamericana, un primer gran cuento. Un texto fundacional.
En esa época nadie en el extranjero conocía o leía un libro de algún escritor estadounidense, pero tras el éxito arrollador de Rip Van Winkle se abrirían todas las puertas. Pronto, junto a Washington Irving, saltaría a la fama un tropel de extraordinarios escritores y poetas que asombrarían al mundo. Entre ellos Fenimore Cooper, Charles Brockden Brown, Nathaniel Hawthorne, Edgar Allan Poe, Walt Whitman, Henry Wadsworth Longfellow, Hrman Melville, Emily Dickinson, Mark Twain, Henry James…

Desde su mismo título, Rip van Winkle empieza a desgranar significados. Salta a la vista que el mismo nombre puede significar descanse en paz y puede significar desgarrado o que está dañado, deshecho. Muchas cosas en este relato aluden a un sentido disimulado u oculto y eso es parte de su gracia. Es una mina de significados.
No hay muchas cosas originales en la historia, comenzando por el argumento, que se remonta a varias fuentes debidamente comprobadas, pero tampoco hace falta. Es la manera de contar el cuento lo que cuenta. Lo que convierte a Washington Irving en el primer bestseller o superventas de los Estados Unidos y la gran acogida que tuvo entre los anglosajones es la manera de decir, no lo que dice. La manera de seducir o atrapar al lector.Como ocurre tantas veces en la literatura, el autor se vale de un socorrido y conocido recurso y atribuye la historia a un autor imaginario y a un manuscrito: unos papeles que este caso pertenecían a un difunto. Y así comienza la historia de Rip Van Winkle…
«La siguiente relación se encontró entre los papeles del difunto Dietrich Knickerbocker, un anciano caballero de Nueva York que se interesó profundamente por la historia de las colonias holandesas de la provincia y las costumbres de los descendientes de los primitivos pobladores. Sus investigaciones históricas no se efectuaban, sin embargo, entre libros, sino entre seres humanos, pues en los primeros no abundaban sus temas favoritos, mientras que los encontraba en los viejos burgueses y aun más en sus mujeres, que poseían enormes tesoros de aquel folclor, tan valioso para el verdadero historiador. En cuanto hallaba una auténtica familia holandesa, cuidadosamente encerrada entre sus cuatro paredes, en su casa de techo bajo, construida casi debajo de la ancha copa de algún árbol, la consideraba como un pequeño volumen y la estudiaba con el celo de un ratón de biblioteca.
»De todas estas investigaciones resultó una historia de la provincia bajo los gobernadores holandeses, que se publicó hace unos años. Existen numerosas opiniones acerca del verdadero carácter literario de ese libro, que, a decir verdad, no es lo que debería ser. Su mérito principal consiste en la escrupulosa exactitud, de la que se dudó al aparecer, pero que ha sido demostrada después sin lugar a dudas. Se le admite ahora en todas las bibliotecas de historia como un libro cuya autoridad es indiscutible.
»Aquel anciano caballero murió poco después de publicar su obra y, ahora que ha desaparecido, puede decirse, sin ofender su memoria, que su tiempo hubiera estado mucho mejor empleado si se hubiera dedicado a tareas más importantes. Tendría que seguir sus inclinaciones personales, de acuerdo con métodos propios y, aunque alguna que otra vez molestó a sus vecinos y ofendió a amigos, por los cuales sentía gran afecto, hoy se recuerdan sus errores y locuras más con lástima que con rencor y algunos empiezan a sospechar que nunca tuvo la intención de ofender a nadie. De cualquier modo que los críticos aprecien su memoria, la tienen en muy alta estima muchas personas cuya opinión puede compartirse, particularmente ciertos confiteros que en su admiración han llegado a reproducir su efigie en los pasteles de Año Nuevo, dándole así una oportunidad de hacerse inmortal, casi equivalente a la que proporciona una medalla de Waterloo o de la reina Ana».
La palabra Knickerbocker es el nombre de unos pantalones cortos, arremangados bajo las rodillas, muy usados entre los colonos holandeses de Manhattan, y hoy, gracias a Washington Irvirng, se aplica a los descendientes de holandeses y a los neoyorquinos en general. Desde luego es también el nombre de un equipo de baloncesto, los muy famosos New York Knickerbockers o simplemente New York Knick…Introducir palabras en el idioma y modificar su sentido era parte de las habilidades de Irving. Al igual que su fuerza descriptiva. En unas cuantas palabras crea un personaje y crea un mundo. O por lo menos un escenario que lo parece.
El escenario de Rip van Winkle, que Washington Irving conoció de pequeño y a cuyo encanto sucumbió, es el de las celebradas montañas de Kaatskill (Catskill) en la entonces bucólica ruta del río Hudson, unas montañas mágicas con colores cambiantes que permiten a sus habitantes predecir el tiempo. Al pie de esas montañas se encontraba en esa época un poblado fundado por colonos holandeses, una villa soñolienta al pie de unas montañas como de cuentos de hadas, un lugar de ensueño, con incontables fuentes de agua: arroyos y cascadas, manantiales y riachuelos y cañadas, misteriosas cavernas y vaporosos seres, quizás incluso duendes… La amorosa y nostálgica descripción que hace Washington Irving de estos parajes transportan suavemente al lector por una especie de acuarela, un ambiente de fantasía realista:
«Cualquier persona que haya viajado río arriba por el Hudson, recordará los montes Kaatskill. Son un desprendimiento aislado del gran sistema orográfico de los Apalaches. Se les ve al oeste del río elevándose lentamente hasta considerables alturas y enseñoreándose del país circundante. Todo cambio de estación o del tiempo, hasta cada hora del día, producen alguna modificación en las mágicas formas de estas montañas; todas las buenas mujeres de los alrededores, y hasta las de lejos, tienen a esos montes por barómetros perfectos. Cuando el tiempo es bueno y se mantiene así, parecen revestirse de azul y púrpura y se destacan nítidamente sobre el fondo azul del cielo; algunas veces cuando el firmamento de la región está completamente limpio de nubes, alrededor de sus picos se forma una corona de grises vapores, que al recibir los últimos reflejos del sol poniente despiden rayos como aureola de un santo.
»A los pies de estas bellas montañas, el viajero habrá percibido columnas de humo que se desprenden de un villorrio cuyos techos se destacan entre los árboles, allí donde la coloración azul de las tierras altas se confunde con el verde esmeralda de la vegetación de las bajas. Es una pequeña villa de gran antigüedad, pues fue fundada por los primeros colonos holandeses, en los primeros tiempos de la provincia, al iniciarse el período de gobierno de Pedro Stuyvesant, a quien Dios tenga en su gloria; hasta hace unos pocos años, todavía quedaban algunas de las casas de los primeros colonos. Eran edificios construidos de ladrillos amarillos, traídos de Holanda».
Como se puede apreciar, Irving pone mucho cuidado en los detalles. Solo después de haber consolidado debidamente la ambientación del paisaje, el marco geográfico de la historia, introducirá al protagonista:
«En aquella misma villa y en una de esas mismas casas (que, a decir verdad, el tiempo y los años habían maltratado bastante), vivió hace ya de esto mucho tiempo, cuando el territorio era todavía una provincia inglesa, un buen hombre que se llamaba Rip Van Winkle».
Vicisitudes de Rip van Winkle
Pedro Conde Sturla
28 septiembre, 2024

Rip van Winkle es un personaje común y corriente, alguien que vive, sin darse cuenta, en una aldea del Hudson, no lejos de Manhattan, y en un periodo anterior a la guerra de independencia. Es un tipo ordinario al que le va a ocurrir sin embargo algo extraordinario. Para empezar, es uno de esos maridos que viven quejándose de la mujer (y del que la mujer se queja continuamente) y no dan un golpe en la casa, como no sea de barriga, pero se muestra siempre dispuesto a colaborar con los vecinos. Es un tipo de vago improductivo, pero sólo ejerce la vagancia en su propio hogar:
«El gran defecto de Rip consistía en su invencible aversión por toda clase de trabajo provechoso. Eso no procedía de carencia de asiduidad o perseverancia, pues era capaz de pasarse sentado en una roca húmeda, con una caña tan pesada como la lanza de un tártaro, tratando de pescar todo el día, aunque los peces no se dignasen morder el anzuelo ni una sola vez. Con un fusil al hombro, recorría a pie bosques y pantanos durante muchas horas, para matar algún pájaro. Nunca se negaba a asistir a un vecino, hasta para el trabajo más duro. Era el primero en tomar parte en todas las diversiones campesinas, como tostar maíz o construir una empalizada de piedras; las mujeres de la aldea se valían de él para los pequeños servicios y hacer aquellas labores menudas que sus esposos, menos corteses, no querían llevar a cabo. En una palabra: Rip estaba pronto a efectuar cualquier trabajo menos el propio: le era completamente imposible mantener su granja en orden o dar cumplimiento a sus deberes de padre de familia».Rip van Winkle es, pues, un tipo manso, apacible, y todos en el pueblo lo quieren, sobre todo los chiquillos que hacen fiestas al verlo. La gente lo aprecia, curiosamente, por las mismas razones que su esposa lo detesta. Por su exasperante mansedumbre. La mansedumbre de Rip van Winkle es propia de su naturaleza, pero es también una coraza de la que se reviste para soportar los arrebatos de su mujer:
«De mañana, al mediodía, de tarde y de noche, aquella mujer no daba descanso a su lengua; cualquier cosa que dijese o hiciera, provocaba, con toda seguridad, un torrente de elocuencia doméstica. Rip tenía un método propio de replicar a estos sermones y que ya se estaba convirtiendo en hábito. Consistía en encogerse de hombros, sacudir la cabeza, bajar los ojos y no decir una palabra. Sin embargo, esta actitud siempre provocaba una nueva andanada de reproches de su mujer, por lo que se veía obligado a retirarse y refugiarse fuera de la casa, el único lugar que corresponde a un marido demasiado paciente».
En honor a la verdad, y con permiso de Washington Irving, mucho de lo que hace Rip van Winkle, o mejor dicho lo que no hace, lo convierte en acreedor de una buena tanda de palos. No le faltan razones a la mujer para despreciarlo, pero nadie se las concede. El desprecio de la esposa, y el castigarlo verbalmente con tanta rudeza, están más que justificados. El no trabajaba ni por equivocación para su mujer pero realizaba alegremente para las mujeres ajenas «aquellas labores menudas que sus esposos, menos corteses, no querían llevar a cabo». Nadie, sin embargo, se compadece de ella, ni siquiera las demás mujeres del pueblo. Todas simpatizan, por Rip, aunque a ninguna hubiera gustado estar casada con un vago irresponsable. A ella él autor la define como una tarasca, una serpiente con una boca enorme, pero Rip parecería un santo…
«Debo hacer notar que era de buen natural, vecino bondadoso y esposo sumiso, pegado a las faldas de su mujer. A esta última circunstancia, a esta mansedumbre se debía su enorme popularidad, pues estos hombres, que en casa están bajo el dominio de una tarasca, tienden en la calle a ser conciliadores y obsequiosos. Sin duda, sus temperamentos se ablandan y se hacen maleables en el terrible fuego del hogar conyugal; los gritos de su mujer equivalen a todos los sermones del mundo, en lo que respecta al aprendizaje de la paciencia y de la longanimidad. En un cierto sentido, una mujer bravía puede considerarse como una bendición; si así es, Rip Van Winkle estaba bendito tres veces».
Lo peor del caso es que los hijos habían salido igual a él, sobre todo el mayor, que hasta tenía el mismo nombre y el mismo desgarbado porte, la misma irritante mansedumbre. A él nada parecía importarle nada, nada había digno de ser tomado en serio: «Si hubiera estado solo se habría desprendido de todas sus dificultades vitales, pero su mujer no cesaba de echarle en cara su haraganería, su descuido y la ruina que su conducta traía a su familia».
Es posible que el autor sea un misógino o quizás quiera que nos demos cuenta de que la víctima no es Rip, sino la esposa. Lo cierto es que parece ser una mujer injustamente calumniada. El relato brilla por su misoginia encendida. En realidad la víctima es ella. Pónganse en sus zapatos y traten de entenderla.
El hecho es que, por más que él autor quiera dorar la píldora, Rip van Winkle, no cumplía con los suyos. Sólo un pariente, «un miembro de la familia tomaba partido por él, y era su perro: Lobo, tan perseguido como su dueño, pues la señora Van Winkle consideraba a entrambos como cómplices en la haraganería y hasta atribuía a Lobo el que su marido se perdiera por aquellos andurriales con tanta frecuencia».
«Cierto es que, en lo que respecta a las cualidades que deben adornar a un perro honorable, Lobo era tan valiente como cualquier otro animal que hubiera rastreado por los bosques. Pero, ¿qué coraje puede aguantar el eterno terror de una lengua femenina, que nada perdona?»…
Las cosas fueron empeorando con los años para el «pobre» Rip, pues como dice el autor, en otro alarde de misoginia, «el mal genio nunca mejora con la edad y la lengua es el único instrumento cuyo filo aumenta con el uso».
En fin, para “escapar al trabajo en su granja o a las vociferaciones de su mujer» Rip emprendía largas caminatas por las «elevadas regiones de los Kaatskill», acompañado siempre de su fiel perro Lobo y su fiel escopeta. En una de esas expediciones, cuando ya se disponía a regresar a su dulce hogar, tendría el encuentro de su vida.
Primero escuchó que alguien lo llamaba por su nombre y con insistencia y Rip van Winkle y Lobo tuvieron miedo en principio, pero ni él ni Lobo pudieron resistir al llamado…
Un encuentro inesperado
Pedro Conde Sturla
5 octubre, 2024
Muy pronto Rip van Winkle descubriría de dónde procedían los ruidos y las voces que había escuchado y conocería a un grupo de los más estrambóticos seres que hubiera podido imaginarse:
“Al entrar en el anfiteatro, aparecieron nuevos motivos de asombro. En el centro se encontraba un grupo de extraños personajes que jugaban a los bolos. Estaban vestidos de una manera realmente extraña y anticuada, que se parecía a la del guía de Rip Van Winkle. También sus caras eran peculiares: uno tenía una cabeza larga, una cara ancha y ojillos rodeados de grasa, como los de un cerdo; la cara de otro parecía consistir exclusivamente en nariz, y llevaba sobre la cabeza un sombrero cónico, en cuya cúspide lucía una roja pluma de gallo. Todos tenían barbas de las más diversas formas y colores. Uno de ellos parecía ser el jefe. Era un caballero de edad provecta, muy alto, y cuya apariencia demostraba que había pasado mucho tiempo al aire libre. Lo que extrañaba particularmente a Rip era que aquellas gentes, aunque estaban divirtiéndose, ponían unas caras muy serias, mantenían un silencio sepulcral y formaban el más melancólico grupo de personas que Rip hubiera visto jamás”.
Parecía que hubiera había entrado en una dimensión desconocida o en un cuadro del Bosco o de Brueghel, poblado de figuras exóticas y fantásticas. Lo que Irving describe con su habitual maestría es un ambiente mágico y surrealista a la vez, una inquietante escena que a Rip van Winkle no le inspiró mucha confianza y le hizo sentir en principio mucho miedo:
“Cuando Rip y su compañero se aproximaron, dejaron repentinamente de jugar y le observaron con una mirada tan fija, más propia de una estatua, y un aire tan extraño que el corazón se le dio vuelta y se le echaron a temblar las piernas. Su compañero vertió contenido del barril en grandes copas e hizo señas a Rip para que las repartiera entre los presentes. Obedeció asustado y temblando; los extraños personajes bebieron y continuaron su juego.
“Gradualmente desapareció el miedo y la aprensión de Rip. Hasta se atrevió, cuando nadie le miraba, a probar aquella bebida, en la cual encontró el sabor de una excelente ginebra. Como era de naturaleza sedienta, pronto se sintió tentado a repetir el trago. Como no hay dos sin tres, persistió en sus besos a la copa, con tanta asiduidad que finalmente perdió el sentido, le bailaron los ojos, inclinó gradualmente la cabeza y se durmió profundamente. Cuando se despertó, encontrose otra vez en la verde pradera, desde la cual había distinguido por primera vez al extraño viejo. Se frotó los ojos. Era una mañana estival. Los pájaros saltaban entre los árboles. Un águila volaba a gran altura, aspirando el aire puro de la montaña. ‘Supongo’, pensó Rip Van Winkle, ‘que no habré dormido aquí toda la noche’. Recordó los extraños sucesos ocurridos antes de que empezara a dormirse: el desconocido que subía con un barril a cuestas, la garganta entre las montañas, aquel anfiteatro rodeado de rocas, el juego de bolos, la copa. ‘¡Oh! ¡Aquella maldita copa!’, pensó Rip, ‘¿qué explicación le daré ahora a mi mujer?’
“Buscó su escopeta, pero en lugar de su arma bien aceitada y limpia, encontró a corta distancia de donde estaba un caño enmohecido, que tenía roto el gatillo y la culata carcomida. TambiénLobo había desaparecido, pero era probable que se hubiera escapado detrás de una liebre. Silbó y le llamó por su nombre, pero todo fue en vano: el eco repitió el sonido, pero el can no aparecía por ninguna parte”.
Rip van Winkle había dormido y había despertado, sí, pero no de un simple sueño. Casi de inmediato empezó a darse cuenta de que algo no andaba bien, de que se habían producido cambios que no podía explicarse. El perro fiel ya no estaba a su lado y la escopeta estaba oxidada o mejor dicho arruinada.
“Se decidió a visitar el lugar de la fiesta de la noche anterior y a pedir explicaciones a sus ocasionales compañeros acerca de su escopeta y de su perro. Al levantarse, comprobó que sus articulaciones no funcionaban como siempre. ‘Estas montañas no me convienen’, pensó Rip, ‘y si esta fiesta me ha de obligar a guardar cama con reumatismo, ¡vaya el escándalo que me armará mi mujer!’ Tuvo muchas dificultades para caminar, pero al fin llegó al principio del sendero que la noche anterior habían seguido él y su compañero; con gran asombro suyo halló que ahora era un verdadero río montañés, que saltaba de roca en roca, formando cascadas de espuma. Intentó ascender por sus orillas, atravesando con gran trabajo los arbustos, que parecían extender ante él una red impenetrable.
“Finalmente, llegó al punto donde se abría la garganta, pero no quedaban ni rastros de aquel camino. Las rocas presentaban una superficie sólida y unida, por la cual descendía el torrente formando una capa de espuma, cayendo en su lecho ancho y profundo. Aquí el pobre Rip no pudo proseguir. Otra vez silbó y llamó a su perro. Nadie le respondió. ¿Qué hacer? Avanzaba la mañana, y Rip sentía hambre, pues no había desayunado. Le dolía perder su perro y su arma; además temía encontrarse con su mujer, pero no quería morirse de hambre en las montañas. Sacudió la cabeza, se puso sobre el hombro su descabalada escopeta y con el corazón lleno de miedo y ansiedad se dirigió a su casa”.
Rip van Winkle no lo sabe aún, pero su mujer es el menor de sus problemas. Ha dormido la borrachera de su vida y la resaca va a ser tremenda, peor de lo que nunca pudo haber creído posible.
El hombre que se durmió
Pedro Conde Sturla
12 octubre, 2024

El retorno a la aldea, donde todo le había sido tan familiar, empezó a ser desconcertante. A su paso iba Rip van Winkle encontrando personas y cosas desconocidas y hasta el paisaje había cambiado. Nada parecía ser igual. La borrachera, al parecer, había alterado su sentido de la realidad.
«Al acercarse a la villa encontró diferentes personas, todas desconocidas, lo que le sorprendió sobremanera, pues creía conocer a todos los habitantes de aquella parte del país. También la manera como iban vestidas se diferenciaba de aquella a la cual estaba acostumbrado. Todos le miraban con iguales demostraciones de sorpresa y, en cuanto le veían, se acariciaban la barbilla. La constante repetición de este ademán indujo a Rip a hacer lo mismo, y observó entonces con gran asombro suyo que tenía una barba de casi medio metro».Ahora los chiquillos, que antes lo recibían con júbilo, eran otros chiquillos y se burlaban de él. Los amistosos perros también eran otros perros y le ladraban al pasar. Nadie parecía conocerlo.
«Finalmente, llegó a los suburbios de la villa. Una tropa de chiquillos desconocidos corría detrás de él gritando desaforadamente y burlándose de su barba. Los perros, ninguno de los cuales parecía conocerle, ladraban a su paso. La misma villa había cambiado: era más grande y más populosa. Encontró hileras de casas que nunca había visto; además habían desaparecido muchos lugares familiares. Las puertas tenían inscripciones de nombres desconocidos; se asomaban a las ventanas caras que nunca había visto; no podía reconocer nada. La cabeza le daba vueltas, y llegó al extremo de preguntarse si él o la villa estarían embrujados. Ciertamente este era su lugar natal, del cual había salido el día anterior. Allí estaban los Kaatskill; a una cierta distancia corría el plateado Hudson; cada colina y cada valle se encontraban precisamente donde debían estar. Rip estaba profundamente perplejo. «Esas copas de anoche -pensó- me han trastornado la cabeza”».
Lo que más le preocupaba, sin embargo, era el encuentro con su temida mujer, su vilipendiada esposa. Todo estaba tan cambiado que ni siquiera podía encontrar la casa y cuando por fin la encontró se llevó una sorpresa mayúscula.
«La casa estaba en ruinas: el techo se había desplomado; no quedaba puerta ni ventana en su sitio. Un perro famélico rondaba por allí. Como tenía un cierto parecido con Lobo, Rip le llamó por su nombre, pero el animal le mostró los dientes y siguió de largo. «¡Hasta mi mismo perro me ha olvidado!», dijo Rip con un suspiro.
»Entró en la casa, que, a decir verdad, la señora Van Winkle había mantenido siempre limpia y en orden. Estaba vacía y aparentemente abandonada. Una intensa desolación se apoderó de él. Llamó a gritos a su mujer y a sus hijos. Resonó su voz en los cuartos vacíos y después reinó otra vez un silencio completo».
De la casa salió hacia la taberna, pero la taberna ya no estaba y en su lugar había un hotel. Y donde había un árbol había ahora un mástil, un asta con una bandera salpicada de estrellas y barras. Además, la efigie de rey inglés Jorge III, señor de todas esas tierras, había sido cambiada por la de un general llamado Washington.
Más adelante encontraría un grupo de gente extraña que hablaba de cosas aún más extrañas para él. Pero igualmente extraña resultó para esa gente la aparición de Rip van Winkle. De inmediato lo rodearon, le preguntaron si era federal o demócrata y por quién iba a votar y otras cosas inteligibles para Rip, y además le preguntaron que «cómo se le ocurría venir a una elección portando armas…».
«-Ay, señores -dijo Rip algo asustado-. Yo soy hombre de paz, nacido en esta villa y fiel súbdito de nuestro señor, el rey Jorge, a quien Dios guarde.
»Los circunstantes estallaron en exclamaciones: «¡Un espía! ¡Un refugiado! ¡Fuera con él!» Con gran dificultad, aquel anciano caballero, que se daba tanto pisto, logró restablecer el orden. Con un fruncimiento de cejas, que indicaba una austeridad diez veces mayor, preguntó a aquel malhechor desconocido a qué había venido allí y qué buscaba. El pobre Rip aseguró humildemente que no tenía ninguna mala intención y que venía a buscar algunos de sus vecinos que acostumbraban frecuentar la taberna».
El problema es que ninguna de las personas que mencionó estaba viva y nadie podía corroborar su testimonio. Finalmente exclamó:
«-¿No conoce nadie aquí a Rip Van Winkle?
»-¡Oh!, ¡Rip Van Winkle! -exclamaron algunos-; claro, Rip Van Winkle está allí apoyado en un árbol.
«Rip miró y vio una reproducción exacta de sí mismo cuando se fue a las montañas. Por lo que se veía, seguía siendo tan haragán como siempre y su desastrado traje no había cambiado nada. El pobre Rip estaba completamente confundido. Dudaba de su propia identidad y no sabía si él era él o cualquier otra persona. En medio de su confusión, oyó que el anciano caballero le preguntaba su nombre.
«-¡Sólo Dios lo sabe! -exclamó sin saber ya qué pensar ni qué decir-. Yo no soy yo. Yo soy otro. Es decir, yo estoy allí. No, es otro que se ha metido en mis zapatos. Hasta anoche, yo era yo, pero me dormí en las montañas y me cambiaron hasta la escopeta. Quiero decir, todo ha cambiado. Yo he cambiado y no puedo decir quién soy ni cómo me llamo».
Todo parecía ir de mal en peor para Rip, que empezaba francamente a desesperar y a temer lo peor.
«En este momento crítico, una mujer que acababa de llegar se abrió paso a través de la muchedumbre, para poder observar a Rip. Tenía en los brazos un chiquillo de cara redonda, que, al verle, comenzó a gritar. «¡Vamos, Rip! -exclamó ella-, ¡tonto!, ese hombre no te va a hacer daño! El nombre del niño, el aspecto de la madre, el tono de su voz, todo despertó en Rip numerosos recuerdos.
»-¿Cómo se llama usted, buena mujer? -le preguntó.
»-Judit Gardenier.
»-¿Cómo se llamaba su padre?
»-Rip Van Winkle, ¡pobre hombre! Hace veinte años que desapareció en las montañas con su escopeta y desde entonces nadie ha sabido más de él. Su perro volvió solo a casa. No sabemos si se mató o si se lo llevaron los indios. Yo era entonces muy pequeña.
»A Rip le quedaba tan sólo una pregunta por hacer, la que formuló con voz temblorosa:
»-¿Dónde está ahora su madre?
-Murió hace muy poco tiempo. Sufrió un ataque a consecuencia de una discusión que tuvo con un vendedor ambulante que venía de Nueva Inglaterra».
Esa sería, a juicio del despiadado autor del relato, la única noticia reconfortante.
«El honrado Rip no pudo contenerse más tiempo. Abrazó a su hija y a su nieto.
»-Yo soy tu padre. ¿No conoce aquí nadie al viejo Rip Van Winkle?
»Todos se quedaron asombrados, hasta que una anciana salió de entre la multitud con paso tembloroso y, poniéndose la mano delante de los ojos, para ver mejor, exclamó: «¡Claro!, es Rip Van Winkle. ¡Es el mismo! Bienvenido, vecino. ¿Dónde has estado todos estos años?»
Rip van Winkle no lo sabía, entonces, ni tenía forma de saberlo, pero el sueño que pensó que había durado una noche fue mucho más largo.
El encuentro con los extraños seres de la montaña y la borrachera y el sueño de Rip van Winkle habían ocurrido en algún momento anterior a la guerra de independencia de las treces colonias norteamericanas y se había prolongado durante veinte años. Cuando despertó el mundo había cambiado por completo.
Lo que se quiera inferir sobre esta maravillosa fábula queda a opción del lector. Aparentemente es una alegoría política, quizás quiera decirnos que al holandés que se duerme se lo lleva la corriente, como de alguna manera sucedió a los holandeses. Pero también puede referirse al tipo de persona que vive sin darse cuenta. O puede ser una provocación, una idealización del hombre improductivo, tan contrario a los valores establecidos en aquella sociedad. En fin, es un texto abierto a innumerables interpretaciones.
Lo importante, como estructura literaria, es la forma en que el autor mueve los hilos de la trama y produce esa impresionante atmósfera de suspenso al final, las finas píncelas con que da vida al retrato de un vago y una mujer tan gruñona como vilipendiada, el extraordinario movimiento y vivacidad de los personajes y la creación de un mundo fantasioso, ficticio, que en ningún momento deja de parecer real. Quizás no es, como se afirma, el primer cuento de la literatura estadounidense, pero es el primer gran cuento, uno de los mejores. Un venerado objeto de culto.
Los demonios del gótico
Pedro Conde Sturla
19 octubre, 2024

La llamada literatura gótica, oriunda de Inglaterra, surgió en las postrimerías del siglo XVIII y se caracteriza por su tenebrismo, la trama de suspenso y misterio, su carácter fantástico y sobrenatural, su ambiente de terror en muchos casos, a veces terror y romanticismo. Generalmente se desarrolla en un lejano pasado, tan lejano como oscuro. El nombre remite a la arquitectura gótica o neogótica que sirvió de escenario a muchas obras del género, y a la tribu de los godos, que no tiene nada que ver.
Horace Walpole, el autor de la novela «El castillo de Otranto», subtitulada «Una historia gótica», fue el pionero, el que fundó o bautizó el género.Entre las cumbres del gótico se encuentran las obras de las hermanas Bronté, especialmente la claustrofóbica «Cumbres borrascosas», con su obsesiva y omnipresente presencia de la muerte. Se encuentran varios cuentos de Charles Dickens, y, por supuesto, «El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hayde »,de Robert Louis Stevenson.
Una de las más sorprendentes y persistentes obras del género es la novela «Drácula», del irlandés Bram Stoker, una truculenta historia de amor con un fondo de terror. La otra es el «Frankenstein» de Mary Shelley, la historia de un torpe monstruo solitario en busca de amigos.
Igualmente celebrada y tenebrosa en su época, hasta el punto de que infundía terror, es «Los elixires del diablo», una novela del polifacético músico y escritor alemán E. T. A. Hoffmann. Típico producto del gótico, del llamado romanticismo oscuro que desquició, según se dice, a algún estudiante y lo indujo al suicidio.
En los Estado Unidos se señala a Nathaniel Hawthorne y a Edgar Allan Poe, como representantes del gótico. Washington Irving, afiliado al romanticismo, también es autor de varios famosos relatos que encajan perfectamente en el molde del género gótico, en el de un romanticismo particularmente oscuro, cuando no fantástico, terrorífico, siniestro.
Pienso ahora en «La leyenda de Sleepy Hollow», pienso en «La novia del espectro» y pienso sobre todo en «El diablo y Tom Walker».
Tom Walker es otro que convive con una mujer gruñona, aunque él no lo es menos, se aman y se odian cordialmente y viven como perros y gatos en la mayor pobreza, una condición que acentúa todos los males. El encuentro de Tom Walker con el diablo no le produjo ninguna sorpresa, no fue mejor ni peor que el cotidiano encuentro o desencuentro con su mujer.
Ocurrió una tarde que regresaba a su desvencijado hogar por unos tétricos parajes de espanto donde moraban indios y seres demoniacos, según decía la gente…
«Tom Walker, empero, no era hombre que se asustara fácilmente con esos relatos. Se echó a reposar contra el tronco de un árbol caído, incluso se deleitó con los trinos de un pájaro, y mientras recuperaba las fuerzas comenzó a apilar barro con su bastón… Así estaba, removiendo el barro sin pensar en lo que hacía, cuando tropezó su bastón con algo que le ofreció dura resistencia; se levantó, removió un poco más de barro y sacó aquello contra lo que había chocado la punta de su bastón; era una calavera que tenía clavado un tomahawk indio. Por el estado del hacha supo que había pasado mucho tiempo desde que se produjera el ataque, así que no le dio más importancia a su descubrimiento, diciéndose que no era más que un triste recuerdo de aquellos días de lucha feroz entre los colonos y los guerreros indios.
»—¡Toma! —dijo entonces Tom Walker pegándole una patada a la calavera para sacudirle el barro que tenía encima.
»—¡Deje tranquilo ese cráneo! —oyó entonces Tom Walker que le decía una voz cavernosa.
»Tom alzó los ojos y vio a un negro muy alto y corpulento, sentado frente a él sobre un tronco, unos metros más allá. Su sorpresa fue grande, pues ni un solo paso había oído, pero mayor aún fue su extrañeza al darse cuenta de que el hombre que así le hablaba no era en realidad ni un negro ni un indio, eso lo pudo ver con absoluta certeza a despecho de la oscuridad, aunque su manera de vestir recordase la de los indios y llevara un grueso cinturón rojo. Pero el color de su tez no era negro ni cobrizo, sino más bien mugriento, como de hollín, lo propio de quien se desempeña habitualmente entre fraguas y llamas. Lucía además una cabellera negra y reseca que se agitaba a uno y otro lado de continuo y le caía sobre los hombros.
»Aquella aparición estuvo mirando un rato a Tom con sus ojos grandes y rojos.
»—¿Qué estás haciendo en mis dominios? —le preguntó entonces con su voz de ultratumba.
»—¡Tus dominios! —exclamó con sorna Tom—. Estas tierras son tan tuyas como mías; al fin y al cabo pertenecen al diácono de Peabody…
»—¡Que se muera el maldito diácono! —dijo violento el extraño—. Y te aseguro que morirá si no se preocupa más de sus pecados en vez de hacerlo por los de sus vecinos… Mira hacia allí y verás cómo le van las cosas al diácono…
»Miró Tom en la dirección que le señalaba el desconocido para ver un gran árbol, muy frondoso, pero que tenía el tronco enfermo, una hendidura enorme en la corteza, un hueco absoluto… El primer viento fuerte que soplara lo tiraría a tierra sin remedio. Mas vio también Tom Walker que en lo que de corteza sana le quedaba al tronco estaba grabado a navaja el nombre del diácono, un hombre respetado, prominente, rico por los muchos negocios de ventaja que había hecho con los indios… Miró después alrededor del árbol y comprobó que en casi todos los demás había un nombre, siempre de los hombres más respetables de la región y siempre en los árboles que parecían a punto de caerse. Pero vio más Tom; en el tronco del árbol contra el que se había echado para descansar estaba escrito el nombre de Crowninshield, un colono muy rico y famoso por hacer ostentación de su riqueza, que le venía, según el decir de muchos, de sus tratos con los piratas».
Lo interesante de la situación es que Tom Walker conversa y hace preguntas cómo si el engendro con el que estaba hablando fuese una persona que acabase de conocer en una reunión social.
»—Dime, te lo ruego, quién eres… ¿Me lo puedes decir? —le preguntó Tom, ahora con cierta angustia».
»—¡Oh!, tengo un montón de nombres… En algunas regiones soy el cazador furtivo, en otras me llaman el minero negro… Aquí, por ejemplo, aluden a mí como el leñador negro; los hombres de la piel cobriza me consagraron este lugar, y es cierto que, para honrarme, asaron algún que otro rostro pálido… Admito que me encanta el olor de la carne quemada en sacrificio… Desde que los pieles rojas fueron exterminados por vosotros, los salvajes rostros pálidos, me lo paso muy bien, sin embargo, persiguiendo a los cuáqueros y a los anabaptistas… Digamos que soy el gran patrón y protector de los esclavos negros y el maestro supremo de las brujas de Salem…
»—Lo que quiere decir, si no me equivoco —apostilló Tom, audaz y firme—, que eres ése al que de común llaman el Diablo.
»—El mismo, a tu servicio… —dijo el hombre oscuro, con una inclinación de cabeza muy cortés.
»Así, según lo refieren las antañonas historias del lugar, se produjo la conversación entre el Diablo y Tom Walker, aunque puede que, de tan apacible, resulte poco creíble… Uno puede pensar que en un encuentro semejante, con tal personaje, en un lugar lóbrego y apartado, lo normal hubiera sido que Tom Walker perdiera los nervios y la compostura, pero lo cierto es que se trataba de un hombre con buen temple, incluso frío, de esos que no se asustan así por las buenas… Además, al fin y al cabo llevaba muchos años viviendo con una auténtica furia, su esposa, por lo que ya no le daba miedo ni el Diablo…»
Más le hubiera valido, sin embargo, a Tom Walker no tomar las cosas a la ligera. Eso le habría aconsejado, sin duda, mi buen amigo Dinápoles, que entiende de estas cosas.
Un enredo del diablo y de la diabla
Pedro Conde Sturla
26 octubre, 2024

El encuentro de Tom Walker con el diablo fue tan cordial que empezaron a hacerse amigos. Basta decir que el siniestro personaje tuvo la gentileza de acompañarlo hasta su casa y empezó a contarle de unos tesoros que había enterrado el pirata Kidd en un lugar cercano. Unos cuantiosos tesoros que él mismo custodiaba y que podía poner a su disposición a cambio de ciertas condiciones.
«Se cuenta, igualmente, que después hizo Tom el camino de regreso a su casa acompañado por el siniestro personaje, lo que propició una conversación más en profundidad entre ambos. El hombre oscuro le habló de los tesoros enterrados por el pirata Kidd, en aquella colina próxima al pantano; unos tesoros, le dijo, de cuya custodia se encargaba él mismo, y que ponía a su entera disposición, si así lo quería… Dijo el Demonio a Tom Walker, además, que lo hacía por nada, porque le había resultado simpático, aunque, naturalmente, habría de establecer unas condiciones previas para ofrecérselo… No es difícil suponer cuáles eran… Tom Walker, empero, jamás se las dijo a nadie; acaso se trató de condiciones muy exigentes, pues le pidió tiempo para pensárselas antes de darle una respuesta definitiva, y eso que no era un hombre de los que se entretienen en tonterías cuando hay dinero a la vista… Llegaban ya a las lindes del pantano con la tierra habitada, cuando el Demonio se paró en seco, para despedirse.
»—¿Qué garantía me ofreces de que cuanto me has dicho es verdad? —le preguntó entonces Tom Walker.
»—Aquí tienes mi sello —dijo el hombre oscuro tocando con un dedo la frente de Tom.
»De inmediato volvió sobre sus pasos para perderse en lo más espeso de la ciénaga; pareció, según lo narraba el propio Tom Walker, que al irse se hundía poco a poco en el barro, hasta que no pudo ver de él más que los hombros y la cabeza… Nada más llegar a su casa comprobó que el sello del Demonio le había dejado en la frente, en efecto, una especie de quemadura imposible de borrar».
Tom Walker no estaba dispuesto en principio a acceder a lo que le proponía el maligno, pero cometió el error de contarle el cuento a su mujer, y a la mujer le pareció inmejorable el trato. Como no pudo convencer al marido decidió embarcarse sola en la empresa:
«Apenas hubo aludido al oro enterrado se despertó en ella toda la avaricia de que era capaz; urgió de inmediato al marido, pues, a que aceptara las condiciones puestas por el hombre oscuro, segura de que con aquel tesoro se acabarían de por vida sus miserias. Tom, empero, no estaba muy convencido de un aspecto tan fundamental como lo era el de vender su alma, menos, además, si negándose a ello conseguía molestar a su mujer; así, tan serio asunto no pudo más que provocar una gran bronca entre los esposos, que se insultaron con mayor fiereza que nunca, amenazándose y echándose en cara cosas innumerables e indecibles… Cuanto más hablaban del asunto, más se reafirmaba Tom en su negativa de vender su alma. No es que le importara en exceso condenarse; simplemente, sentía la necesidad perentoria de no concederle semejante placer a su esposa.
»Al final decidió ella tomar las riendas del asunto y negociar directamente; si le salía bien el negocio, se decía, podría quedarse con todo sin tener que compartirlo con Tom«.
***
A ella también la hubiera podido aconsejar Dinápoles, si no hubiera estado ocupado corrigiendo exámenes, pero además ciertas mujeres de los relatos de Washington Irving son poco menos o poco más que arpías y no hay forma de hacerlas entrar en razón:
«Era, no se olvide, de un temperamento valiente, muy parecido al de su marido. Así, una tarde de verano puso rumbo en dirección a la ciénaga, con la intención de ir hasta el viejo fuerte indio. Estuvo fuera de casa varias horas. Cuando regresó no contó gran cosa; dijo algo acerca de un hombre muy oscuro, al que apenas había podido vislumbrar en aquella penumbra, que parecía empeñado en tirar árboles a golpes de hacha… Y nada más; mantuvo un absoluto silencio sobre todo aquello; solo dijo que tenía que volver otro día para hacerle una oferta más convincente, sin otros detalles.
»Al día siguiente por la tarde salió de nuevo hacia la ciénaga llevando en su delantal varios útiles de cocina. Tom la esperó largamente, pero en vano; llegó la medianoche y seguía sin aparecer su esposa; se hizo la mañana siguiente, y nada; pasó la tarde y cayó otra vez la noche, sin que diera señales de vida. Entonces comenzó a preocuparse de verdad, temiendo que le hubiera ocurrido algo grave, aunque se tranquilizó al comprobar que entre las cosas que llevaba en su delantal estaba el juego de té de plata, cucharas, tenedores, y otros utensilios de valor, lo que podría servirle para negociar, acaso, con bien. Pero pasó otra noche entera y su mujer seguía sin regresar a casa… La verdad es que nunca volvió a tener nadie, en toda la comarca, noticia alguna de ella».
***
Lo poco que se sabe es que Tom Walker se pasó buscándola un día entero, recorriendo con notoria ansiedad los alrededores y llamándola a gritos sin cesar, hasta que por fin descubrió
«…algo que no pudo por menos que asombrarlo, algo que colgaba de la rama de un ciprés; algo, además, a medias envuelto en un delantal como el de su esposa… Un murciélago revoloteaba cerca, como si vigilase lo que tenía por suyo… Tom Walker, aun en aquellas circunstancias, y no obstante las aprensiones que sentía, experimentó cierta alegría al ver el delantal de su mujer… Mas no por otra cosa que porque supuso que aún contendría en su hatillo aquellos útiles de cocina. «Recuperaré primero lo que es mío, que ya sabré arreglármelas sin mi mujer, en caso de que no aparezca», se dijo.
»Comenzó a trepar por el árbol, y el murciélago, abriendo las alas cuanto le daban de sí, huyó para esconderse en lo más profundo del bosque… Alcanzó Tom Walker el delantal… mas al deshacer el hatillo no encontró otra cosa que un hígado y un corazón.
»Aquello, por cierto, y según lo refieren las más antañonas leyendas del lugar, que son las más fiables, fue cuanto se encontró de la pobre esposa de Tom. Es muy probable, por lo demás, que llegara a hacer un pacto con el hombre oscuro, y que discutiera con él, llegando incluso a gritarle y a insultarlo como hacía habitualmente con su marido, pues si bien una auténtica arpía como ella está de veras capacitada para librar un match con el mismísimo Diablo, acabó llevándose las de perder… Murió, pues, pero vendiendo cara su vida; no en balde encontró Tom Walker huellas numerosas de sus pies, como si se hubieran tratado de plantar firmemente en la tierra y en el barro, cerca y más allá del ciprés, y unos cuantos mechones de pelo negro, largo y reseco, que sin duda pertenecían a la cabellera de ése a quien llamaban el leñador negro… Bien había comprobado en sus carnes Tom, más de una vez, cuán diestra era su mujer para la pelea, y supo que, si bien junto a las huellas de los pies de ella había otras muchas de garras, al hombre oscuro le había costado bastante doblegarla. «¡Por todos los huevos de la serpiente! Hasta el Diablo se habrá llevado más de un mamporro», se dijo».
***
Al parecer, por alguna razón desconocida, lo que ocurrió es que el mismo diablo no quiso negociar con la diabla, los ánimos se caldearon y se trenzaron finalmente en una lucha feroz que dejó huellas visibles en el entorno. Aparte de insultarlo, la diabla le había tironeado los moños, lo había zarandeado, le había desgarrado el rabo y le había aruñado sin duda el pecho y la cara, hasta que finalmente sucumbió, como tenía que sucumbir. Nada hubiera podido hacer en este caso mi buen amigo Dinápoles, aunque no hubiera estado ocupado corrigiendo exámenes como de costumbre.
La perdición de Tom Walker
Pedro Conde Sturla
2 noviembre, 2024

Tom Walker no pareció darle mucha importancia a la desaparición de su mujer. De hecho, más bien se sintió complacido y agradecido por lo que consideraba un favor que le había hecho el hombre oscuro. En estos relatos de Washington Irving, por lo que se ha visto, las mujeres de su tipo están mejor muertas que vivas y no merecen al parecer el menor asomo de compasión.
Lo peor es que Tom Walker empezó ahora a interesarse por el asunto del tesoro. Lo sucedido con su mujer debió haberle servido de escarmiento, pero la codicia lo atosigaba, lo deslumbraba, quería ser rico y sería rico, aunque tuviera que empeñar el alma.Ahora sí, más que nunca, le hubieran sido útiles los buenos consejos que hubiera podido darle mi buen amigo Dinápoles si no hubiera estado ocupado corrigiendo exámenes como de costumbre. La tragedia, sin dudas, pudo haberse evitado si Tom Walker no hubiera sido tan obstinado y obtuso. Y tan empecinadamente codicioso
“Tom supo consolarse pronto de la pérdida de su esposa y de aquellas pertenencias, pues era hombre con los nervios templados. Mas aún, hasta sintió poco después cierta gratitud hacia el hombre oscuro, toda vez que le había hecho un favor; seguro que por eso intentó dar de nuevo con él, lo que hizo durante varios días, pero sin éxito.
El Diablo parecía evitarlo entonces, pues, aunque de común piensen las gentes lo contrario, no ha de creerse que acude siempre a la primera llamada de los hombres… El viejo patas negras sabe muy bien jugar sus bazas cuando está seguro de ganar la partida”.
***
Cuando por fin se dejó encontrar se hizo el indiferente, se hizo el desinteresado, se hizo rogar. Mientras más dispuesto se mostraba Tom, menos receptivo se mostraba el perverso leñador patas negras. Ponía una condición sobre otra y no parecía dispuesto a transigir.
“Una, por ejemplo, exigía que el dinero que obtuviera mediante su ayuda se empleara en su servicio… Propuso, pues, que Tom lo invirtiese en el comercio de esclavos negros, para lo cual habría de fletar un barco. Aquello, sin embargo, disgustó a Tom, que se negó en redondo; es verdad que su conciencia no era precisamente firme, pero en cualquier caso no le permitía convertirse en un negrero”.
“Al ver a Tom así de seguro en su negativa, no insistió más; cambió entonces de táctica el Diablo y le pidió que se convirtiera en una especie de prestamista, pues ha de saberse que el Diablo está muy interesado en que aumente la especie de los usureros, a los que ve como si fueran de su propia familia”.
“No puso objeción alguna Tom Walker en este punto y cerraron prontamente el trato”.
“—Abrirás tus oficinas en Boston antes de un mes —le dijo el hombre oscuro”.
….
Tom Walker instaló, pues, una lujosa oficina y en poco tiempo andaba multitud de gente detrás de él, o mejor dicho detrás de su dinero. Muy pronto se convirtió en un hombre rico y prestigioso. En un abominable y prestigioso prestamista:
“Ante las puertas de sus oficinas se amontonaban las gentes día a día, lo mismo necesitados que aventureros, lo mismo especuladores que contemplaban los negocios como si fueran un juego de naipes, que comerciantes arruinados y otros a los que nadie concedía ya más crédito… En suma, todo aquel que andaba desesperado por la falta de dinero, o por la premura con que se le exigía satisfacer una deuda, allí iba, a las oficinas de Tom Walker, dispuesto al sacrificio”.
“Tom se mostraba con todos como el amigo universal de los más necesitados, lo que quiere decir, en el fondo, que concedía préstamos, sí, pero con unas condiciones terribles e inflexibles, cuya dureza de por sí grande crecía según la debilidad de uno o según la fama de moroso de otro… Amontonaba pagarés e hipotecas, iba sangrando poco a poco a los incautos que le pedían un préstamo, y luego los abandonaba ante la puerta de su negocio como quien se deshace de una esponja ya vieja y reseca”.
“Así fue aumentando su riqueza paulatinamente, mientras él se sentaba a esperar en su despacho, mano sobre mano”.
***
Lamentablemente, la riqueza no le servía para nada. Tom Walker era un avaro, un pobre de espíritu con dinero. Su vida se había convertido en un absurdo: había dejado de ser pobre y seguía siendo un miserable.
Para peor, la vejez comenzaba a asustarlo. La vejez y la conciencia:
“A medida que fue haciéndose viejo comenzaron a preocupar a Tom Walker ciertas cosas. En realidad, y ya que en este mundo nada le faltaba, comenzó a temer por la otra vida… No tardó mucho en sentir angustia cada vez que recordaba el trato que había hecho con el Diablo, y cada vez más arrepentido de aquello quiso engañarle… Comenzó a frecuentar la iglesia como un devoto; rezaba a voz en grito con una entrega total, como si quisiera ganarse el cielo con la fuerza de sus pulmones. Por la manera en que hacía sus oraciones los domingos parecía que quería quitarse así la pesada carga de los pecados cometidos en el transcurso de la semana”…
“Mas, a despecho de tales demostraciones de fe, era el miedo que sentía ante la posibilidad de que el Diablo triunfase, a pesar de tanto fervor religioso como demostraba, lo que más le hacía sufrir. Seguramente ese miedo fue lo que hizo que, como cuentan, llevara siempre consigo una pequeña Biblia que guardaba en uno de los bolsillos de su levita… Tenía otra mucho más grande en un cajón de su escritorio, y era común verle leyéndola… Cuando acudía a sus oficinas algún cliente, Tom Walker dejaba sus lentes entre las páginas, con gesto muy teatral, despacioso y solemne, y ejercía como el implacable usurero que era”.
***
El final le llegaría de una manera que tal vez nunca imaginó. Un final que se propinó con sus propias palabras, el final de un deslenguado:
“Una calurosa tarde de verano, una de esas tardes de bochorno que anuncian tormenta, estaba Tom sentado ante su escritorio con su blanco guardapolvos puesto. A punto de desahuciar una hipoteca, con lo que hacía definitiva la ruina de un pobre infeliz, un negociante de poco fuste al que todo le había ido mal, y con quien aparentemente tenía el usurero una gran amistad, el pobre hombre le pidió que le ampliara el plazo unos pocos meses más… Tom, frío e irritable, le dijo que ni un día más”.
“—Eso supone la ruina para mi familia, su total desamparo —dijo el hombre.
“—Lo siento, pero la caridad empieza por uno mismo —le respondió Tom—. Son éstos tiempos muy difíciles y debo mirar por mi negocio…
“—Yo le he dado a ganar mucho dinero —adujo el otro.
“Tom perdió entonces toda mesura y hasta el mínimo de piedad que le quedaba”.
Si mi buen amigo Dinápoles no hubiera estado ocupado como de costumbre corrigiendo exámenes, sin duda le hubiera advertido que tuviera cuidado con lo que iba a decir. La gente se escuda muchas veces detrás de las palabras sin prestar atención a su significado. Y eso fue lo que le pasó a Tom Walker. Pronunció (como hacen muchos por costumbre) unas palabras con las que pretendía esconder la verdad y la verdad lo condenó:
“—¡Que el Diablo me lleve —dijo— si me he enriquecido con usted!
“Justo apenas acabó de decirlo se dejaron sentir en la puerta tres aldabonazos. Salió Tom Walker a ver de quién se trataba. En el dintel de la puerta un hombre oscuro llevaba de la brida un caballo negro, que resoplaba nervioso y golpeaba el suelo con sus cascos.
“—Tom, sígueme —le dijo sin más aquel hombre.
“Tom quiso dar un paso atrás y cerrar la puerta, pero ya era tarde. Tenía la Biblia pequeña en el bolsillo de la levita y la grande en la mesa, bajo la hipoteca de aquel infeliz al que estaba decidido a mandar a la ruina… Jamás hubo pecador tan desprevenido como él… El hombre oscuro lo subió de un tirón, lo sentó en la grupa de su caballo, como si fuera un niño, y salió a galope mientras rompía con estrépito la tormenta”.
***
La historia nada inusual de Tom Walker (del hombre dispuesto a todo para conseguir dinero) no deja de ser una pesada crítica a las instituciones bancarias y crediticias de la época, pero solo a Tom Walker se lo llevó el diablo.
Un maestro llamado Ichabod Crane
Pedro Conde Sturla
9 noviembre, 2024

La leyenda de Sleepy Hollow, esa exquisita y tremebunda obra maestra de Washington Irving, es uno de sus relatos más celebrados (y también distorsionados), uno de los sólidos pilares en que se asienta su fama de escritor. Sin duda otro de los textos fundacionales de la literatura usamericana.
Transcurre en un valle soñoliento, como su título indica, en esas tierras que poblaron los mismos holandeses de Rip Van Winkle a orillas del Hudson, a corta distancia de Nueva York. Tierras que Washington Irving conoció en su infancia y que describe con amorosos detalles y singular ternura.«Este lugar, desde tiempos remotos, desde que se asentaron aquí los primeros colonos holandeses, se conoce como Sleepy Hollow, sin duda por las características tan peculiares de los descendientes de los colonos holandeses, gente apacible, serena, acaso indolente… También desde antiguo se llama a los mozos del lugar, en los pueblos vecinos, los muchachos del valle soñoliento. Realmente, es como si esta tierra estuviera envuelta en una atmósfera de ensoñación y calma densa. (…) Y ciertamente parece este lugar, aún hoy, envuelto en un poderoso hechizo que llena de extrañas fantasmagorías las cabezas de esas buenas gentes que lo habitan, haciéndoles caminar de continuo en una especie de duermevela».
Lo que describe Washington Irving es, pues, un ambiente bucólico y romántico, el lugar propicio para que prosperaran leyendas, supersticiones y supercherías, todo tipo de cuentos de diablos y aparecidos. La más popular esas leyendas, la que ponía a todos los pelos de punta, era la de de un jinete sin cabeza, «un fantasma decapitado que se (aparecía) a lomos de un caballo…», quizás «el espectro de un soldado que sirvió en la caballería».
El jinete sin cabeza no es, sin embargo, el atractivo principal del relato, sino el maestro del lugar. Un tipo de anatomía quijotesca que respondía al nombre de Ichabod Crane. Washington Irving lo describe, o mejor dicho lo construye, con el mismo lujo de detalles con el que recrea el ambiente aldeano, sin dejar nada a la imaginación. Un personaje inolvidable.
«Era alto, extremadamente flaco, de largos brazos, de piernas no menos desmesuradas, con los hombros muy estrechos, con las manos que parecían írsele casi una milla de las mangas, con los pies que podían haberse utilizado como si fueran palas, con toda su estampa, en fin, como desmadejada, como si su cuerpo se mantuviese unido, extrañamente, en todas sus partes. De su cabeza pequeña y aplanada salían dos orejas gigantescas y parecían habérsele incrustado bajo la frente chata aquellos dos ojos verdes, como de vidrio; su nariz, de tan larga, parecía buscar de continuo algo en el suelo; digamos que su cabeza, de perfil, parecía una veleta con silueta de gallo, que hubiera sido puesta en la fina varilla de hierro de su cuello para indicar la dirección de los vientos. Quien lo viera en un día de viento, a zancadas por la ladera de una colina, con sus ropas que parecían bailarle en el cuerpo, bien podría pensar en una llegada a la tierra del espíritu del hambre… O que un espantapájaros se largaba de su campo de trigo…». (A mi querida amiga, la profesora Luisa Navarro, le habría encantado conocerlo).
La escuela se reducía a una casa de troncos con cristales rotos y una sola estancia y estaba situada en las afueras en un lugar boscoso, cerca de un rumoroso riachuelo. Ese era el reino de Ichabod. Allí oficiaba. Enseñaba y mantenía la disciplina de manera espartana.
«A decir verdad, era un maestro concienzudo; siempre tenía en mente esa máxima de oro que dice así: “La letra con sangre entra”. Desde luego, no mimaba mucho a sus alumnos el viejo Ichabod Crane…
«No quisiera que se le tuviese, sin embargo, por uno de esos maestros crueles y prepotentes que disfrutan haciendo sufrir y denigrando a sus discípulos; por el contrario, administraba justicia con claro discernimiento entre el bien y el mal, más que con severidad; exoneraba de peso las espaldas del más débil para hacerlo recaer en el más fuerte; castigaba con indulgencia al que se estremecía con los golpes de su vara, pero brillaba clamorosamente la llama de la justicia cuando sacudía sin contemplaciones a un muchacho holandés cabezota y terco, a un pilluelo que, aun soportando el castigo, se le volviera contumaz y altivo, gruñón y despectivo ante cada golpe de su vara. Era lo que él decía “cumplimiento de mi deber” encargado por los padres de sus alumnos; cabe señalar, además, que nunca infligió castigo alguno a cualquiera de los muchachos sin antes asegurarle, para dar el necesario consuelo al insolente, que lo hacía por su bien, añadiendo: “Me estarás por ello agradecido de por vida”».
Los alumnos de Ichabod al parecer no sólo le agradecían los castigos sino que también lo querían y lo aceptaban gozosos como compañero de juegos. Ichabod además los protegía, acompañaba a los pequeños a sus casas y de paso disfrutaba de los frecuentes bocadillos que le brindaban, se hacía querer por grandes y chicos. Pero lo que ganaba era una miseria. No había forma de que pudiera mantenerse con lo que le pagaban como maestro y tampoco tenía donde vivir. Sobrevivía gracias a «la costumbre de entonces para con los maestros”:
«Lo que cobraba en la escuela era poco, apenas le llegaba para comprarse el pan de cada día, y ha de hacerse notar que era hombre muy comilón y con unas tragaderas capaces de dilatarse como una anaconda, por lo que, a fin de vivir cual es debido, y siguiendo la costumbre de entonces para con los maestros, se alojaba y comía en las granjas de los padres de sus alumnos. Vivía una semana en cada granja; iba de granja en granja, pues, con sus escasas pertenencias mundanas metidas en un pañuelo de algodón».
Al estilo de Rip van Winkle, Ichabod Crane se hacía útil ayudando a los demás. Su presencia semanal en las granjas de turno no resultaba una carga para ninguna familia, por más pobre que fuese. A cambio de la comida y techo que recibía «procuraba hacerse grato y útil»:
«Así, y como no era cosa de exagerar, ayudaba a los labriegos en sus tareas más sencillas, apilaba el heno, reparaba una valla, iba a la pradera a buscar el ganado que pastaba, cortaba leña cuando comenzaba a dejarse sentir el frío del invierno…».
Pero además Ichabod era el maestro de canto del pueblo, el que enseñaba «a entonar debidamente los salmos a los jóvenes vecinos», el que se lucía los domingos en la iglesia dirigiendo un coro de cantores.
Ichabod era, pues, uno de los hombres importantes y queridos del pueblo, a pesar de su condición humilde, y no había actividad social en la que no estuviera presente. Por si fuera poco, Ichabod era el hombre mejor informado del lugar, el que todos esperaban para enterarse de las últimas “noticias”.
«De aquella su vida en cierto modo errabunda, le venía además otra condición, la de ser una especie de gacetilla rodante, pues llevaba de casa en casa noticias, rumores y chismorreos en general de toda la comarca; eso, por supuesto, hacía que su presencia fuera acogida con especial interés, sobre todo por parte de las mujeres de las casas, quienes además gozaban especialmente de su erudición por cuanto tenía hechas una cuantas y al parecer buenas lecturas, tales como la de la obra de Cotton Mather Historia de la brujería en Nueva Inglaterra, un asunto, el de la brujería, en el que, dicho sea de paso, creía firme y fervorosamente el maestro».
Escuchar y contar historias de muertos y demonios y aparecidos era para Ichabod y toda la comunidad una fuente de indescriptible interés, gozo y sufrimiento a la vez. Todos parecían disfrutar y sufrir de esa extraña forma de placer masoquista, la exacerbación de los sentidos que proporcionan los cuentos de terror.
Ichabod disfrutaba ciertamente «la compañía de aquellas mujeres holandesas en las noches de invierno, ante el hogar de cualquier casa, las cuales relataban historias de demonios y aparecidos mientras cosían y se asaban las manzanas al fuego»
Así transcurría y hubiera seguido transcurriendo la plácida vida de Ichabod «de no haberse cruzado en su camino la criatura que más turbaciones causa en la existencia del hombre, mayores aún que cualesquiera espectros, demonios y brujos juntos: una mujer».
La cabeza del jinete
Pedro Conde Sturla
16 noviembre, 2024

El maestro Ichabod era, como suele decirse, pobre como una rata, no tenía en qué caerse muerto y era tan atractivo como un pararrayos. Es decir, carecía de encantos físicos y pecuniarios, pero era un gran conversador y un gran bailarín y un discreto cantante, y no carecía de pretensiones, no carecía de ambiciones. Había puesto sus ojos en la muchacha más bonita y más rica del pueblo.
Ichabod no era el único pretendiente por supuesto. La bella y rica muchacha tenía admiradores a montones:
«El peor y más peligroso de todos era un muchacho vocinglero y engallado que se llamaba Abraham, o Brom Van Brunt, por decirlo a la holandesa; un tipo achulado, de mirada pícara, que era en la región todo un héroe merced a su fuerza y a sus baladronadas a menudo temerarias».
Ichabod lo evitaba, sabía que no era un contendiente con el que podía enfrentarse, pero persistía discretamente en su empeño, y como maestro de canto no le faltaban oportunidades de encontrarse con su pretendida.
La oportunidad de su vida le llegó la tarde en que recibió una invitación, «un recado según el cual aquella misma noche el matrimonio Van Tassel y su hija ofrecían una recepción a la que estaba invitado muy especialmente».
Ichabod se vistió con sus mejores galas. De hecho,«tardó más de media hora en arreglarse para acudir a la recepción, algo raro en él; cepilló con mimo el mejor de sus trajes, un terno negro muy sobrio, aunque algo resobado, y con tanto o mayor cuidado se peinó los rizos ante un trozo de espejo que aún le quedaba sano en una pared».
Después pediría un caballo prestado y una silla de montar a un granjero holandés y partiría con el corazón alegre rumbo a la casa de su amada. El autor lo describe en forma caricaturesca: el despreocupado boceto de un ser humano:
«Ichabod componía una figura idónea para semejante montura. Montaba con estribos cortos, por lo que llevaba las rodillas a la altura de la silla; sus codos, visto desde atrás, parecían las patas de un saltamontes por lo mucho que los sacaba; llevaba la fusta en perpendicular, como si fuera un cetro; al trotar el caballo, en fin, sus brazos parecían las alas abiertas de un pájaro…».
Al caer de la noche llegó el maestro a la espléndida casa del acaudalado granjero, que el autor describe con su acostumbrado lujo de detalles. Había gente por montones, toda la gente del pueblo, y había comida y bebida para alimentar a un regimiento.
La música no podía faltar, por supuesto, y el maestro Ichabod se lució en grande:
«Era su pareja de baile, por cierto, la dueña de su corazón, la hija del buen Van Tassel, y respondía con sonrisas a los guiños de ojos y otras morisquetas que él le hacía mientras se daba sin freno a las más diversas e imposibles contorsiones; a Brom, espectador impaciente de todo aquello, le hervían los huesos de rabia en el puchero de los rencores, mientras tanto; sentado en una esquina, ahora solo, sin nadie que le diera conversación ni le riese cualquier gracia, o lo alentara a una bravuconada, o a una apuesta, se mordía los puños por culpa de los celos».
Después algunos de los invitados, entre los que no podía faltar Ichabod, se reunieron a contar cuentos de gloriosas hazañas guerreras y de las acostumbradas historias de aparecidos y desaparecidos, sin olvidar al «jinete decapitado de Sleepy Hollow».
Más tarde, y con los nervios de punta, emprendería Ichabod el accidentado camino de regreso, sin sospechar que la rabia que había hecho pasar a Brom Van Brunt tendría consecuencias aterradoras.
«Todas las historias de aparecidos, de muertos y de fantasmas, que había oído contar aquella noche, comenzaron a agitarse entonces en su cabeza, cual si se le hubiera metido un torbellino en ella…».
Tanto el jinete como la montura se sentían cada vez más inquietos. La noche y la cabeza de Ichabod estaban llenas de espanto y por igual el caballo, el viejo pólvora. De repente se toparon con una sombra. La sombra de un jinete corpulento que llevaba su cabeza bajo un brazo:
«Mil escalofríos, como latigazos, sacudieron de arriba abajo el cuerpo de Ichabod, empavorecido».
Lo que sucede ahora en el relato es el inicio de una de las carreras más trepidantes y alucinantes y celebradas de la literatura usamericana, la de un supuesto jinete sin cabeza y el horrorizado maestro Ichabod Crane, la de innumerables lectores que la han sufrido y gozado a través de los años:
«No pudo pensar nada, ni considerar por más tiempo su situación; comenzó a pegar a su caballo con manos y pies… Pólvora, al menos, obedeció esta vez, lanzándose a galope tendido… Pero fue en vano, porque de inmediato tuvo de nuevo a su altura al jinete sin cabeza; galopaban en una enloquecida carrera, sacando chispas de las piedras los cascos de sus caballos; inclinado sobre el cuello de su penco, Ichabod sentía que su traje flotaba en el aire, lo que le complacía pues le daba la sensación de que podría dejar atrás al fantasma… Pero llegaron juntos hasta el cruce de caminos en el que se tomaba el que conducía hasta Sleepy Hollow».
Llegaron finalmente en la alocada carrera a un lugar que le infundió esperanzas al aterrado Ichabod. Parecía que todo estaba por terminar, que se libraría por fin del fatídico jinete:
«Un claro entre los árboles le hizo cobrar mayor confianza, sin embargo, y ansió embocar el puente que conducía a la iglesia cuanto antes, ya que era aquel el camino que había tomado inopinadamente su caballo. La luz de la luna, que caía trémula sobre las aguas, le hizo saber que no erraba en sus pronósticos. Vio casi acto seguido el encalado de la iglesia, que refulgía en la oscuridad a través de los árboles».
Lo peor, sin embargo, no había pasado todavía a pesar de lo que creía Ichabod ingenuamente:
«Si llego en cabeza al puente estaré a salvo», pensó; y justo en ese momento oyó a sus espaldas el resoplido del caballo del fantasma, un caballo igualmente fantasmagórico, que casi le quemaba; volvió a fustigar al viejo Pólvora y cruzó en cabeza el puente, levantando un estrépito de tablas bajo su galope. Ya del otro lado, no pudo evitar volverse con la esperanza de que, igual que en el relato del fanfarrón, y cual parecía norma en los fantasmas, se hubiera hecho una llamarada de fuego su perseguidor, esfumándose de inmediato… Pero lo que vio, empero, fue mucho más aterrador; se irguió el jinete en su montura sobre los estribos, tomó su cabeza con una mano y la lanzó con fuerza hacia Ichabod, que no pudo esquivar tan espantoso proyectil… La cabeza del fantasma se estrelló contra la suya con un sonido de piedras que se entrechocaran… Cayó a tierra; Pólvora, el jinete decapitado y su caballo negro pasaron por encima de aquel cuerpo yaciente como una simple brisa».
Después no volvió a saberse nada de Ichabod Crane:
«Encontraron sus huellas, y a un lado del camino, aunque enterrada casi por completo en el suelo arenoso y un tanto destrozada, hallaron también la silla de montar del viejo holandés. Las huellas conducían hasta el puente; desde allí vieron flotar el sombrero del infortunado Ichabod en la parte donde las aguas eran más negras y profundas; no muy lejos, cerca de la orilla, vieron también una calabaza partida».


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